Mi tía guardaba las cartas de su primer novio en una lata de galletas que llevaba vacía de galletas desde mucho antes de que yo naciera. La abría muy pocas veces, casi siempre para enseñarme que las cosas antiguas huelen distinto, y volvía a cerrarla sin leer nada, como si el gesto de guardar fuera ya la lectura completa. Durante años pensé que aquello era una forma rara de fidelidad: conservar sin repasar, tener sin usar. Ahora creo que era más sencillo. Algunas personas necesitan saber que el pasado sigue ahí, cerrado, disponible, antes de decidir si quieren volver a mirarlo.
Biografía imperfecta, de José Manuel Benítez Ariza, es una lata de galletas de casi cuarenta años. Recoge lo que el autor escribió entre 1986 y 2025, con la obra dispersa que había quedado suelta en revistas y plaquettes de las que ya nadie se acuerda, y añade al final un libro inédito, como quien mete una foto reciente en un álbum que se daba por cerrado. Se nota la mano de alguien que decidió que había llegado el momento de abrir la lata delante de la gente, y que lo hizo sin vergüenza pero también sin ceremonia innecesaria.
Jordi Doce ha escrito de esta poesía que dialoga con los rincones más humildes y despeinados de la realidad. Estoy de acuerdo, aunque a mí despeinado me suena a algo que se puede peinar luego, y esta poesía no parece tener ninguna prisa por hacerlo. Hay en ella una atención muy paciente a lo pequeño —una calle, una hora del día, una costumbre que ya nadie practica— que no busca convertir lo pequeño en símbolo de nada más grande. Se queda ahí, en su tamaño real, y eso, con los años, resulta menos modesto de lo que parece a primera vista.
Leer un libro que cubre cuatro décadas es un ejercicio raro, y no se parece a leer un poemario de un tirón buscando la unidad de un proyecto. Se parece más a ordenar una casa después de una mudanza: uno va encontrando cosas que había olvidado que tenía, y cosas que preferiría no haber vuelto a encontrar. Hay poemas de los años ochenta que suenan a alguien joven tratando de sonar más viejo, y poemas recientes que suenan a alguien que ya no necesita sonar de ninguna manera concreta. Entre medias queda el libro inédito, que es el que más me ha costado leer sin comparar, porque comparar es lo primero que uno hace ante una biografía, imperfecta o no.
Hay una cosa que me ha llamado la atención y que quizá no se note tanto si se lee el libro de un tirón: la ciudad vuelve todo el tiempo, con nombres de calles que a mí no me dicen nada y que sin embargo funcionan, como funcionan las calles ajenas en las novelas que uno lee sin haber pisado nunca esas aceras. No hace falta conocer Cádiz para entender que ahí hay una geografía sentimental muy precisa, construida a base de repetición y de paciencia, dos palabras que no suelen ir juntas cuando se habla de poesía y que aquí, sin embargo, parecen ser la misma cosa.
No sé si a Benítez Ariza le interesaba hacer un balance. El título ya avisa de que no: imperfecta, no completa, no definitiva. Pero el efecto de reunir tanto tiempo en un solo volumen es inevitablemente el de un balance, se quiera o no, y en ese balance hay algo que se agradece: la ausencia de solemnidad. No hay aquí un poeta posando para la posteridad. Hay alguien que ha escrito durante mucho tiempo sin dejar de fijarse en las cosas de siempre, y que ahora, cuando ya podría permitirse cierta grandilocuencia, sigue prefiriendo el rincón despeinado a la fotografía oficial con marco dorado.
Hay también, hay que decirlo, tramos desiguales. Cuarenta años de escritura no caben del todo bien en quinientas páginas, y se nota en las costuras: secciones que respiran distinto entre sí, poemas que uno agradecería que alguien hubiera dejado fuera sin que eso ofendiera a nadie. No es un defecto grave, es casi inevitable en cualquier reunión de esta envergadura, pero conviene decirlo para no convertir esto en un panegírico. La honestidad, en estos casos, vale más que el entusiasmo de encargo.
Pienso otra vez en la lata de galletas de mi tía. Ella nunca hizo un libro con las cartas, claro. Las guardó y punto, y con eso le bastaba. Benítez Ariza ha hecho lo contrario: ha abierto la lata en público, ha puesto fecha a cada cosa, ha dejado que se vea lo que no encajaba del todo. Es un gesto más generoso, pero también más expuesto. Quizá esa es la parte más honesta del libro: no pretende ser un edificio armónico, sino más bien una casa a la que se le han ido añadiendo habitaciones según hacía falta, sin plano general, y que vista ahora desde fuera tiene una lógica que nadie planeó del todo pero que tampoco resulta caótica.
No sabría decir si eso es mérito del autor o simple efecto del tiempo, que acaba dándole forma a casi todo, incluso a lo que se resistía a tenerla.
— Gema Millán Nieto








