Anotar el nombre de la calle y marcharse
En casa de mis padres hay una caja de zapatos llena de postales que nadie envió nunca. Mi padre las compraba en cada ciudad a la que iba por trabajo, escribía en el reverso el nombre del sitio y la fecha, a veces una línea más, y luego se le olvidaba echarlas al buzón. Hay una de Oporto de 1987 con dos frases y media. Hay una de Estrasburgo en la que solo puso el nombre de un café. Durante años pensé que aquella caja era un pequeño archivo del fracaso, correo muerto, un hombre que no terminaba lo que empezaba. Este verano volví a abrirla y pensé otra cosa: que mi padre llevaba treinta años escribiendo poemas breves sin enterarse.
Luces lejos, la antología poética de Juan Manuel Bonet que acaba de publicar Renacimiento con prólogo y selección de Juan Marqués, se lee bastante parecido a esa caja. Doscientas setenta y dos páginas que recorren casi toda una vida de escritura y que, sin embargo, no pesan. Los poemas son cortos. Muchos caben en cinco versos. Están llenos de nombres propios: ciudades de provincias europeas, pintores que casi nadie recuerda, hoteles, estaciones, revistas que duraron tres números. Bonet anota y se va. No explica quién era ese pintor. No te sienta a tomar café para contarte por qué esa estación importa.
Lo raro es de quién viene esto. Bonet ha dirigido el Reina Sofía y el Instituto Cervantes, ha comisariado exposiciones, ha escrito el diccionario que todo el mundo consulta cuando quiere saber algo de las vanguardias españolas. Es un hombre de instituciones, de despacho grande, de discurso inaugural. Y su poesía es exactamente lo contrario: mínima, lateral, dicha en voz muy baja, como si le diera un poco de apuro. Hay algo conmovedor en eso. Como si el mismo señor que firma los catálogos se guardara para sí una libreta donde solo apunta lo que no sirve para el catálogo.
Leí el libro en tres tardes, casi siempre de pie, que es como se leen los libros que no exigen que te sientes. Y me pasó algo que no me esperaba: empecé a leerlo mal a propósito. Es decir, dejé de buscar en el móvil quién era cada nombre. Al principio lo hacía, porque una tiene la ansiedad del que no quiere quedar como una ignorante ni delante de un libro. Después lo dejé y el libro mejoró muchísimo. Resulta que los nombres propios funcionan aunque no sepas a quién nombran. Funcionan como funcionan los nombres de las calles de una ciudad extranjera: como sonido, como promesa, como sitio al que no vas a ir.
No todo me convence. Hay tramos en los que la acumulación de referencias se convierte en una lista de claves y ahí el libro se cierra un poco, se pone de espaldas. Uno intuye que existe un lector ideal, probablemente alguien que sabe mucho de arte del siglo veinte, para quien cada nombre suena a algo y por tanto vibra el doble. Yo no soy esa lectora. A ratos me quedé fuera, mirando por la ventana de un tren que no era el mío. Y no estoy segura de que eso sea culpa mía. Un poema puede permitirse ser hermético; una serie larga de poemas herméticos empieza a parecer un club.
Aunque también es verdad que el club deja la puerta abierta. Aunque también es verdad que Bonet nunca presume. Esa es la diferencia entre lo difícil y lo pedante, y aquí no hay pedantería: hay alguien que se acuerda de cosas y las apunta antes de que se le olviden, con la urgencia tranquila del que ya sabe que se le van a olvidar. Marqués, en la selección, parece haber entendido eso perfectamente. La antología no está montada para demostrar que Bonet es importante. Está montada para que el libro se pueda leer del tirón, que es un favor que muy pocas antologías le hacen a su autor.
Hay una idea que se me quedó dentro y que no viene de ningún poema concreto sino del efecto acumulado de todos: que viajar es sobre todo una forma de perder cosas, y que escribirlas es la manera menos ridícula de fingir que no. Los sitios de Bonet no son destinos. Son sitios de paso, vistos desde una ventanilla, iluminados un momento. De ahí lo de las luces lejos. Uno pasa de noche en tren por un pueblo cuyo nombre no llega a leer y ve tres bombillas encendidas, y durante un segundo piensa en la gente que vive ahí y que está cenando, y luego el tren sigue y no vuelve a pensarlo nunca más. Salvo que lo apunte.
Volví a la caja de zapatos después de terminar el libro. Saqué la postal de Estrasburgo, la del nombre del café. Busqué el café. Sigue abierto. Está en una esquina y tiene toldos verdes y en las fotos de la gente que ha ido se ve que dan un desayuno bastante caro. No sé qué hacía mi padre allí en 1994 ni por qué apuntó ese nombre y no otro. Tampoco se lo voy a preguntar. Hay cosas que funcionan mejor así, encendidas a lo lejos, sin que una llegue del todo.
— Gema Millán Nieto








