La casa que se hereda por dentro
Vaciamos la casa de mi abuela en abril, entre cuatro, en un fin de semana. Lo que más costó no fueron los muebles: fue la cocina. Los muebles se los lleva un camión y ya está. La cocina no. En la cocina había un cajón con gomas elásticas, tapones sueltos, un abrelatas que solo funcionaba si lo sujetabas de una manera concreta que mi abuela sabía y nosotras no. Tiramos todo. Y sin embargo, meses después, sigo haciendo un gesto raro con la muñeca cada vez que abro una lata, un gesto que no me enseñó nadie y que viene claramente de mirarla a ella. La casa se vació. El gesto no.
Mira la palabra cómo brilla, de Helena Mariño, que publica Pre-Textos tras ganar el VI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Estepona, va exactamente de eso, o al menos eso es lo que yo leí, que no siempre es lo mismo. Son sesenta y cuatro páginas. Se lee en cuarenta minutos y luego se queda dando vueltas varios días, que es la proporción que a mí me parece correcta en un libro de poemas.
El acta del jurado dice cosas sobre la casa como refugio de un nosotras que es genealogía y futuro, y habla de palimpsesto. Cuando leí eso, antes que el libro, me dio una pereza considerable. Palimpsesto es una palabra que suele anunciar cuarenta páginas de metaliteratura sobre el acto de escribir, y a estas alturas de mi vida prefiero casi cualquier cosa a un poemario sobre lo difícil que es escribir un poemario. Lo digo porque el libro es mucho mejor que su acta, y sería una pena que alguien se lo perdiera por culpa de la nota de prensa.
Lo que hay dentro es más concreto y más raro. Hay una casa, sí, pero es una casa con habitaciones que cambian de sitio, donde las mujeres de la familia entran y salen sin llamar, y donde el tiempo no va hacia delante sino en círculos, como va el tiempo en las casas de verdad. Mariño escribe con una limpieza que engaña. Frases que parecen sencillas, sin adorno, y de pronto una que se tuerce y te deja apoyada en un sitio que no esperabas. Hay poemas que se cierran una línea antes de donde uno creía que iban a cerrarse, y esa línea que falta hace todo el trabajo.
Mariño nació en Madrid en 1990, es traductora, y tiene un currículum que impone: Derecho, Ciencias Políticas, Literatura Comparada, un máster de escritura creativa en Iowa. Digo esto con una desconfianza que reconozco que es mía y probablemente injusta: los currículums brillantes me ponen en guardia, porque a veces producen libros perfectos y muertos, poemas que han pasado por tantos talleres que ya no les queda ningún borde. Aquí no pasa. Hay oficio, se nota, pero hay también algo sin domesticar, sobre todo cuando aparece la abuela y cuando aparece la lengua de la abuela, y el libro deja de estar tan bien escrito y se pone a estar vivo, que es mejor.
Lo que menos me funcionó fueron un par de poemas del tramo central donde la reflexión sobre el lenguaje se sube al primer plano y desplaza a las mujeres. Ahí el libro se vuelve, durante dos páginas, un libro más. Se recupera enseguida. Pero se nota el bache, y como el conjunto es tan breve, un bache de dos páginas pesa más de lo que pesaría en un libro de ciento veinte.
También quiero decir algo del título, que al principio me pareció excesivo y ahora me parece bien elegido. Mira la palabra cómo brilla suena a celebración y no lo es del todo. En castellano ese mira imperativo tiene algo de madre señalando: mira, mira lo que has hecho, mira cómo se te ha quedado. Hay un poco de ese tono en el libro, un asombro con reproche dentro. Las cosas brillan y además te están mirando.
Lo leí en el tren de vuelta de casa de mi madre, que ahora tiene en su cocina tres cosas que eran de mi abuela y que se salvaron del camión. Un mortero. Un colador. Y una lata de membrillo vacía donde guarda los botones. Ninguna de las tres sirve para nada especial. Mi madre las usa todos los días.
No sé si Helena Mariño tiene una lata de membrillo en algún sitio. Imagino que sí, o algo parecido, algo que no se puede tirar aunque no valga. Este es de esos libros que se escriben para que uno pueda seguir usando lo que ya no sirve. Está ahí, tiene sesenta y cuatro páginas, y cabe perfectamente en el cajón donde se guardan las gomas.
— Gema Millán Nieto








