El cajón donde mi abuelo guardaba los mapas
Mi abuelo tenía un cajón con mapas. No mapas buenos, de los que se cuelgan: mapas de gasolinera, doblados mal, con las carreteras marcadas a bolígrafo y un cerco de vaso encima de Extremadura. Nunca viajó a ninguno de esos sitios. Los abría los domingos, los miraba un rato con las gafas en la punta de la nariz y los volvía a doblar peor de lo que estaban. Cuando murió los tiré casi todos. Me quedé con uno de América del Sur que sigue en un cajón mío, doblado igual de mal, y que no he vuelto a abrir en once años.
El Hilo Hispanoamericano es un libro de trescientas páginas sobre diecinueve países y yo lo empecé pensando en ese mapa. No por nostalgia. Por desconfianza. Los libros que abarcan un continente entero suelen tener el mismo problema que los mapas de gasolinera: te lo enseñan todo y no te dejan estar en ningún sitio. Aunque este no. Aunque este sí se para.
Se para, por ejemplo, en una pupusa. En el poema de El Salvador, después de la matanza del treinta y dos, después de doce años de guerra y de un autobús que apunta al norte, aparece esto: «Pupusa, redonda como luna doméstica, / revienta el hambre con queso y frijol». Y a continuación: «un país rehecho en la palma de la mano». Yo leí eso en la cocina, de pie, con el libro apoyado en la encimera, y me quedé pensando en la cantidad de cosas que caben en la palma de una mano y en lo poco que suele pesar aquello que de verdad sostiene a la gente. No sé si eso es crítica literaria. Es lo que me pasó.
Hay un poema, el de Puerto Rico, que dice que los que se fueron a Nueva York se llevaron «fotografías, / recetas, / canciones, / y una forma particular de pronunciar la nostalgia», y justo después: «Pero nadie se lleva una isla completa». Me acordé de mi abuelo y de su cajón. Él no se llevó nada de ningún sitio porque nunca fue a ninguno, pero guardaba los mapas igual, como si hubiera algo que devolver. Hay una palabra para eso y no la sé. El libro tampoco la dice. Se limita a poner los mapas encima de la mesa y a esperar.
El autor tiene un nombre para lo que hace: Versolumen, que es verso más luz, y una teoría entera detrás, y un glosario de casi cien páginas al final donde explica qué es una ceiba, qué es el añil, qué es una encomienda. Yo el glosario lo abandoné por la mitad. Me pasa con casi todos. Es raro: un libro que ha entendido tan bien que la memoria no se explica, se enciende, y que luego se pone a explicarlo todo por si acaso. Como si no se fiara del lector, o no se fiara de sí mismo. Lo mejor está en otro sitio, en los siete interludios, que son justamente las páginas donde no explica nada. El cuarto dice que la piedra vio pasar imperios y revoluciones y que «sigue allí. / Guardando en silencio / las voces antiguas». Punto. Para eso no hay glosario.
Una cosa que no me esperaba: antes de cada poema hay unas páginas en prosa que te cuentan la historia del país como si estuvieras en clase. Fechas, virreinatos, independencias, acuerdos de paz. Las primeras las leí enteras, con esa culpa de cuando crees que si te saltas algo el libro se va a enterar. Luego dejé de leerlas y me fui directa a los poemas, y a los tres días volví a ellas por mi cuenta, ya sin culpa, porque necesitaba saber quién era Árbenz. Creo que ese es el orden correcto y creo que el libro lo sabe, aunque no lo diga. La prosa está ahí como está el prospecto dentro de la caja: no para leerlo antes, para leerlo cuando hace falta. Lo que pasa es que el prospecto de este libro tiene cien páginas, y a ratos da la sensación de que alguien tuvo miedo de que no te enteraras.
Yo prefiero no enterarme del todo. Prefiero la parte que no me explican: el interludio segundo, por ejemplo, que habla del Caribe y de los barcos y no menciona ni una sola fecha, y que empieza diciendo que el agua parece distancia y que nunca lo fue. Ahí no hay glosario, no hay virreinato, no hay acuerdo de paz. Hay una frase corta y detrás un agujero enorme, y una se queda mirando el agujero. Eso es lo que yo le pido a un libro y lo que casi ningún libro sobre un continente entero me da, porque suelen estar demasiado ocupados abarcando.
No sé si el libro es igual de bueno en sus diecinueve países. Creo que no. Hay poemas que corren y hay poemas que enumeran, y a veces se nota el trabajo de documentación asomando por debajo como el borde de una etiqueta que pica. Cuando llega a las dos últimas décadas de cada país, el autor baja la voz y empieza a hablar de que «Nuevas recetas llegaron a la plaza» y de que «el país volvió a debatirse», y una entiende por qué —no querrá pelearse con nadie, o querrá que el libro le dure más que la actualidad— pero se nota igual. Y aun así hay diecinueve canciones al final, con letra y música suyas, y códigos QR, y un día me puse una en el autobús sin saber muy bien qué esperaba de aquello.
Era la de Puerto Rico. Iba en el 27, era de noche y sonaba «Borikén, / isla de espuma y tambor». No me pasó nada especial. Miré por la ventanilla, pensé otra vez en el cajón y llegué a mi parada. Pero al día siguiente saqué el mapa de América del Sur y lo desdoblé encima de la mesa, con el cerco del vaso y todo, a ver si me acordaba de por dónde iban las rayas de bolígrafo. Once años. Un libro que consigue eso no necesita que yo diga si es bueno.
— Gema Millán Nieto








