Nadie le hizo sitio en ninguna parte
Había una amiga de mi madre, Charo, que hablaba muy alto. No gritaba: hablaba alto, que es distinto. En las cenas se la oía desde la cocina y desde el descansillo. La gente le hacía gestos con la mano hacia abajo, ese gesto horrible de bajar el volumen a una persona, y ella lo entendía perfectamente y seguía. Yo tenía nueve años y me parecía la mujer más interesante del mundo. Mi madre la quería mucho y a la vez se avergonzaba un poco de ella, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo, y creo que Charo lo sabía. Cuando se murió, todos dijeron que era un carácter. Nadie dijo que no le habíamos hecho sitio.
Me he acordado de Charo leyendo Es ligera mi marcha, la antología de Marina Tsvietáieva que publica Pre-Textos en La cruz del sur, con traducción y prólogo de Reyes García Burdeus. Doscientas ocho páginas. La leí en dos noches con una sensación física de estar molestando a alguien, o de estar siendo molestada, no sabría decir.
A Tsvietáieva le pasó de todo y contarlo tiene su peligro, porque la biografía se come a la escritora. Vivió el hambre de Moscú, dejó a su hija pequeña en un orfanato creyendo que allí comería y la niña se murió de hambre igual. Se exilió a Berlín, a Praga, a París. Volvió a la Unión Soviética en 1939, en el peor momento posible, y allí fusilaron a su marido y se llevaron a su hija mayor. En 1941, evacuada a un pueblo del que nunca había oído hablar, se ahorcó. Todo eso está en las cronologías y no hace falta que lo repita nadie, y sin embargo se repite siempre, y a mí me parece que hacerlo tiene algo de indecente. Como si nos tranquilizara. Como si el sufrimiento explicara los poemas y así no tuviéramos que enfrentarnos a lo que de verdad incomoda de ellos, que es la energía.
Porque lo que hay aquí no es una víctima. Es una mujer con una potencia verbal que en algunos poemas resulta casi insoportable, del mismo modo que es insoportable estar en una habitación pequeña con alguien que tiene demasiada vida encima. Escribe con guiones, con cortes, con frases que se interrumpen a media respiración y siguen dos versos más abajo. Va a toda velocidad. Se para en seco. Vuelve a arrancar. No pide permiso en ningún momento y no hay una sola línea en la que parezca preocuparle si la estás siguiendo.
Hay un poema en el que se pone del lado de los enemigos, de los tigres, de las águilas, de los juegos donde todo el mundo es altanero y malvado, y donde lo que quiere es que la noche se pelee con ella. Lo leí tres veces seguidas. Tuve que dejar el libro y mirarme las manos, que es lo que hago cuando algo me da un poco de miedo y no quiero admitirlo. Es un poema de una alegría feroz, y la palabra alegría suena rara aplicada a Tsvietáieva, y por eso mismo hay que decirla.
De la traducción no puedo hablar como me gustaría, porque no sé ruso y me niego a fingir lo contrario. Sé que a Tsvietáieva se la considera de las más difíciles de traducir, porque buena parte de lo suyo pasa por el sonido, por la rima interna, por un uso del ritmo que en español no tiene equivalente natural. Así que lo único que puedo decir con honestidad es si el poema respira en castellano. Y respira. Hay momentos en los que se nota el esfuerzo, en los que una intuye que debajo había algo que aquí se ha perdido y que el traductor ha decidido, con buen criterio, no maquillar. Eso me gusta más que la alternativa. Prefiero una traducción que deje ver la costura a una que suene demasiado cómoda.
El prólogo de García Burdeus hace algo que le agradezco: no convierte la vida en una película. Contextualiza, ordena, se aparta. Con Tsvietáieva la tentación hagiográfica es enorme y aquí no se ha caído en ella.
Lo que sí echo de menos, y lo digo sabiendo que en una antología siempre falta algo, es más de la Tsvietáieva prosaica, la de las cartas, la que se peleaba por dinero y por casas y por hombres. La antología elige, legítimamente, a la poeta de alto voltaje. Pero la que hablaba alto en las cenas también existía y a veces se echa en falta ese contrapunto doméstico, esa mujer que tenía que comprar leña.
Cerré el libro con una idea incómoda: que a la gente con demasiada energía la queremos mucho más muerta que viva. En vida se la baja de volumen, se le hacen gestos con la mano, se la coloca en el sitio donde molesta menos. Después se le publican antologías bonitas de doscientas páginas y se dice que era un carácter.
Charo tenía una risa que se oía desde el descansillo. Todavía la oigo. No creo que a nadie se le ocurriera nunca decírselo.
— Gema Millán Nieto








