De pequeña me perdía en los centros comerciales con una facilidad que preocupaba a mi madre más que a mí. No era angustia lo que sentía, sino una especie de curiosidad práctica: cuánto tardarían en encontrarme, por dónde empezarían a buscar, si al final del recorrido habría alguien esperando o tendría que volver yo sola sobre mis pasos. Nunca me pasó nada. Siempre apareció alguien antes de que el juego dejara de ser divertido. Pero me quedó la sospecha de que volver a casa no es un acto automático, sino algo que hay que reconstruir cada vez, con paciencia, casi con método.
La nueva Odisea que publica Hiperión, en traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal, es exactamente eso: un método para volver a casa contado en hexámetros castellanos. Rodríguez Tobal ya había traducido para esta misma colección a Safo, a Catulo, a Teognis, a Virgilio, a Ovidio, así que no llega aquí como quien se atreve por primera vez con un clásico, sino como quien lleva media vida conversando con la lengua griega y ha decidido, por fin, ponerse con el poema que todos los demás dan por sabido sin haberlo leído entero.
Confieso que me acerqué a este libro con cierta pereza, la misma pereza con la que uno se acerca a cualquier clásico del que ya cree saberlo todo por ósmosis cultural: el caballo, las sirenas, Penélope tejiendo y destejiendo, el perro que reconoce a su amo antes que nadie. Pero la traducción tiene un ritmo que no deja demasiado espacio para la pereza. El hexámetro castellano no suena como uno espera que suene el griego antiguo —nada suena como uno espera, esa es la trampa de las traducciones— pero tiene una respiración propia, una cadencia que empuja hacia adelante sin prisa, como quien camina un trayecto largo sabiendo que no hay atajo posible.
Hay decisiones de traducción que se agradecen especialmente, como la de no maquillar la extrañeza del original con soluciones demasiado cómodas para el oído actual. Los epítetos repetidos, esas fórmulas que un lector moderno tendería a considerar redundancia o pereza del autor, se mantienen con una fidelidad que al principio choca y luego convence. No es un texto que busque parecer recién escrito. Busca, más bien, que se note que viene de muy lejos, y eso me parece más respetuoso con el original que cualquier intento de disimularlo.
Lo que más me ha interesado, más que la aventura, es la insistencia del poema en la hospitalidad y en sus fallos. Cada casa a la que llega Odiseo es una prueba sobre cómo se trata a un extraño, y el poema no es nada ingenuo respecto a esas pruebas: sabe que la hospitalidad puede convertirse en trampa, y que la violencia a veces entra por la puerta que se abrió con buena fe. Leído hoy, ese asunto no resulta en absoluto antiguo. Resulta, más bien, incómodamente actual, aunque el libro no necesite subrayarlo para que se note.
Hay pasajes de la traducción que me han parecido espléndidos y otros que se sienten más forzados, como ocurre siempre que alguien intenta hacer caber una lengua dentro de otra sin que se note la costura. No creo que eso sea un reproche serio: es, más bien, el precio de intentarlo con ambición, en vez de conformarse con una prosa cómoda que no se la juega en nada. Prefiero mil veces una traducción que tropiece alguna vez a una que no arriesgue jamás.
No sé qué habría pensado mi madre de este libro. Ella no leía clásicos, leía novela negra y alguna revista del corazón, y a mí me parecía bien, cada quien vuelve a casa por el camino que puede. Pero me habría gustado contarle que existe una palabra griega, ya la olvidé, o nunca la aprendí del todo, para nombrar a quien ha viajado mucho y ha vuelto distinto. Ese hombre milerrante que da vueltas y vueltas antes de llegar, y que cuando llega ya no es exactamente el mismo que se fue, ni la casa es exactamente la misma casa. Puede que ese sea el verdadero argumento del poema, más que el regreso en sí: la sospecha, razonable, de que nunca se vuelve del todo.
— Gema Millán Nieto








