Lo que el espejo no devuelve
Mi madre tenía un cajón en la mesita de noche donde guardaba papeles que no quería tirar: recetas escritas a mano por una vecina, esquelas, un papelito con mi letra de los seis años. Algunos los releía de vez en cuando, casi nunca. Pero no los tiraba. «Total, para qué», me decía. «Si total, al final, todo se vuelve papel». Me acordé de ella leyendo «El tiempo huele a papel», de Joseba Sasia Muñoz, porque es exactamente eso: un libro que entiende, sin explicarlo, que las personas se vuelven papel, que el tiempo se huele en una hoja escrita, y que un poemario, al final, es una manera de dejar la propia vida en un cajón que alguien, algún día, puede abrir.
Sasia es de Barakaldo, nació en 1957 y tiene dos libros anteriores a este. Ganó el Premio «Poemas de la Mar y sus Gentes» y, en 2025, la Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales. No es un desconocido. Pero «El tiempo huele a papel», publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026, no es un libro para desconocidos: es un libro que pide lectores de tiempo lento, de los que subrayan con el dedo, de los que vuelven a la página. Aunque también se puede leer de un tirón, claro. Aunque también funciona como una sola respiración.
Lo que más me ha gustado es la manera en que Sasia trata el paso de los años. No hay nostalgia gruesa, no hay moraleja. Hay, en cambio, un poema —«Sencillamente, la vida… / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos»— que deja la cosa dicha con la economía del que ya no necesita adornarse. No hay queja. Hay una forma de aceptación que, leída en frío, no tiene nada de triste. Es, si se quiere, una descripción. Pero hecha con tanto tino que se vuelve diagnóstico de toda una generación: la de los que nacieron en los cincuenta y ahora empiezan a contar, en voz baja, las hojas que se han quedado atrás.
Hay también humor, del que aparece sin buscarlo. «Nasciturus por dentro, / 60 años, por fuera…» es un verso que se recuerda a la primera lectura y que uno se lleva puesto el resto del día. Aunque también puede ser un verso triste, según cómo se mire. Aunque también funciona como rechazo del patetismo. Esa ambigüedad, en un libro de edad, no es defecto. Es la única forma de no caer en la trampa del propio argumento. Y Sasia lo sabe, y por eso lo deja así, sin resolver, porque sabe también que las cosas importantes, a los sesenta, no se resuelven: se miran.
No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Probablemente no. Pero hay libros que están ahí, esperando, para quien los encuentre. Este es uno de esos. Lo dejé en la mesita de noche, junto al cajón donde mi madre guardaba sus papeles, y no sé por qué me pareció que estaba en su sitio. Igual porque los dos, mi madre y Sasia, sabían lo mismo: que al final, todo se vuelve papel, y que el tiempo, mientras tanto, huele. Aunque también es verdad que el libro, leído del derecho y del revés, da para más de lo que aquí cuento. Aunque también puede leerse como un cuaderno de bitácora de un viaje en tren que, al final, no va a ninguna parte. Aunque también —y esto lo dejo aquí sin terminar, como Sasia deja sin terminar algunos de sus mejores poemas—.
— Gema Millán Nieto








