El espejo que no me devolvía
Hubo una época en que mi abuela se miraba en el espejo del recibidor cada vez que pasaba, muy rápido, casi de reojo, como quien comprueba que sigue estando. Nunca le pregunté por qué. Ahora que ella no está me acuerdo de ese gesto en los sitios más raros. Me acordé, por ejemplo, leyendo Detrás de ti, el primer libro de Nadina Fernández Caurel, en un poema donde una mujer se mira y no consigue ver «ni siquiera mi propio reflejo».
No sé muy bien cómo se reseña un libro así. Es un libro sobre la violencia, sobre lo que le hacen a una mujer y lo que esa mujer termina haciéndose a sí misma, y yo no soy quién para explicarlo desde fuera. Puedo decir cómo lo leí. Lo leí de una sentada, con incomodidad, parándome a veces a mirarme las manos.
Hay algo en su manera de escribir que me desarma, y es que no explica. No traduce sus imágenes. Cuando dice «hoy cavo dos tumbas juntas», una para cada mitad de sí misma, no viene detrás a aclararlo. Lo deja ahí, en el cajón, como esos objetos que una guarda sin saber por qué. Aunque también tiene estructura. Aunque también, a ratos, quiere ordenarlo todo en cuatro partes muy pensadas. Esa tensión entre el grito y el orden es lo que más me interesó.
Y luego está el flamenco, que aparece y desaparece, los tacones que se dejaron atrás, un cuerpo que bailaba y ahora se contorsiona de otra manera. Hay una hija, Paloma, que es lo único que en el libro no duele. Y hay una frase que copié en una libreta y no sé todavía para qué la quiero: «Ni una, ni otra más».
Me pasa con este libro una cosa rara, y es que cuanto más lo pienso menos quiero explicarlo. Hay una parte entera dedicada al maltrato —«Aquí me tienes amarrada» se llama— y yo la leí casi sin respirar, no por morbo sino porque estaba escrita de una manera que no te deja mirar hacia otro lado sin sentirte un poco cómplice. Y sin embargo no hay una sola imagen tremendista, de esas que buscan el escalofrío fácil. Todo pasa un poco de lado, como pasan las cosas de verdad, las que de verdad hacen daño.
También está el flamenco, que a mí me pilla lejos y aun así entendí. Una mujer que sabía bailar y que dejó «los tacones y las palmas» cuando entró él en su vida. Hay algo ahí, en el dejar de bailar, que me parece de las maneras más exactas que he leído de contar lo que se pierde sin ponerle nombre. Yo no sé bailar. Pero sé lo que es dejar de hacer cosas por alguien, ir apagándose una a una las luces sin darte cuenta, y creo que casi todo el mundo lo sabe, aunque no lo diga.
No todo me llegó igual. Algunos poemas me resbalaron, quizá porque decían demasiado, quizá porque yo estaba cansada. Con la poesía nunca sé si el fallo es del libro o mío. Pero los que me llegaron, me llegaron a un sitio hondo, de esos a los que no llega casi nada.
No sé si este libro va a encontrar a mucha gente. Ojalá. Hay libros que están ahí, esperando, para quien los necesite en el momento justo. Este es uno de esos. Y mi abuela, que se miraba de reojo en el espejo del recibidor cada vez que pasaba, probablemente lo habría entendido mejor que yo, sin necesidad de reseñarlo, solo pasando la mano por la portada. A veces pienso que los libros así no se explican. Se dejan encima de la mesita, por si acaso, para el día en que hagan falta.
— Gema Millán Nieto








