En el botiquín de mi casa hay un cajón de esos que no cierran del todo bien, con blísteres a medias, cajas sin prospecto, un termómetro que ya no marca nada fiable. Nunca lo ordeno. Cada vez que lo abro pienso que debería tirar la mitad, y cada vez lo cierro sin tirar nada, como si esas cajas a medias fueran un diario que no sé leer pero tampoco quiero destruir. Pensé en ese cajón leyendo Desde el Tártaro, el primer libro de poemas de Iván Martín Yáñez, que también parece un cajón así: lleno de cosas técnicas, con nombre de fármaco o de material de obra, que en vez de curar o de construir, aquí sirven para nombrar lo que le pasa a un cuerpo que lleva tiempo doliendo.
El tipo ha sido de todo, dice la solapa: guionista, científico de datos, programador, agente inmobiliario, Scrum Master. Yo no sé bien qué hace un Scrum Master, la verdad, pero sí sé que cuando alguien ha cambiado tantas veces de oficio es porque algo, en algún sitio, no ha terminado de encajar. Y ese no encajar se le nota en el libro, aunque no lo cuente directamente: se le nota en que, cuando llega el momento de escribir sobre el dolor, no usa las palabras que se supone que hay que usar. Usa hormigón. Usa polímero. Usa vertedero.
«No hay poros en esta piel de cemento», escribe en un poema que se llama «Hormigón crudo», y a mí esa frase me dejó un rato sin saber qué hacer con las manos. Porque no habla de la piel como si fuera cemento. Dice que es cemento, sin el «como», sin la metáfora que suaviza, y eso es lo que hace que el poema duela de otra manera, más seca, más parecida a como duelen las cosas de verdad.
Hay un poema, «Sin servir», que empieza así: «No hay nada que le pueda agradecer, / a la maldita medicación». Lo leí dos veces. La primera porque me sonó a algo que había oído antes, en boca de alguien de mi familia, dicho entre dientes, sin ganas de que nadie le llevara la contraria. La segunda porque quise comprobar si era verdad que decía eso, tan directo, sin ningún adorno alrededor. Era verdad. A veces los poemas más simples son los que más cuesta escribir, porque hay que quitarles todo lo demás primero.
Hay otro poema, «Al final de la escalera», que también me paré a releer. Dice: «Cuatro horas comprimidas en un segundo. / Tu córnea segmentaba el aire». No sé explicar bien por qué esa imagen de la córnea segmentando el aire me pareció tan exacta, pero pensé en esas veces en que el tiempo, cuando algo duele mucho, deja de portarse como se supone que debe portarse, y cuatro horas caben, en efecto, en un segundo, o un segundo se estira cuatro horas, según el día que se tenga.
El libro está lleno de palabras que a mí no me suenan a poesía y que sin embargo funcionan mejor que las palabras que sí suenan a poesía: encofrado, vertedero, entropía, algoritmo. Supongo que eso es lo que pasa cuando alguien escribe desde un oficio distinto al de escribir. Trae las herramientas que tiene, no las que se supone que debería tener, y a veces esas herramientas prestadas hacen mejor el trabajo que las que llevan siglos usándose para lo mismo.
No sé si el libro entero funciona igual de bien. Hay una parte central, un poema larguísimo que se llama «Planeta» y que ocupa casi la mitad del libro, donde el autor se suelta del lenguaje técnico que domina tan bien en el resto y se pone a acumular imágenes de ciudad, de deseo, de gente joven en la calle, y ahí yo me perdí un poco. No sé si es que no encajaba con el resto o si es que necesitaba leerlo en otro momento del día. Aunque también pienso que quizás no hacía falta que encajara del todo. Los libros, como los cajones del botiquín, no tienen por qué estar ordenados.
Hay una parte del libro, la segunda sección, donde el autor deja un poco de lado el hormigón y el vertedero y se pone a describir una escalera, un descenso por escalones, cada uno peor que el anterior, con palabras como «oscuridad afilada, entornada». Me gustó ese cambio de registro, aunque solo fuera por un rato, como cuando en una conversación muy densa alguien de pronto cuenta algo raro de un sueño y todos respiran un poco.
Donde vuelvo a reconocer el libro es en «La metamorfosis», un poema corto que dice «Soy larva que se ignora en el sustrato» y que termina, no en mariposa, como uno espera con esa palabra, sino en «insecto de asfalto». Me gustó que no diera la vuelta esperada. Que no premiara al lector con la transformación bonita. Aunque también pensé, leyéndolo, en cuántas veces una espera salir de algo transformada en algo mejor, y en cuántas veces sale, simplemente, distinta. Ni mejor ni peor. Distinta.
Hay un poema de amor en medio de todo esto, «Unidos podíamos», que me sorprendió porque el resto del libro no se permite casi nunca esa ternura sin ironía. «Deseé parar el tiempo / y al veneno que nos hizo sordos», dice, y me quedé pensando en si el veneno era la enfermedad o era otra cosa, y el poema no lo aclara, y creo que está bien que no lo aclare.
No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Probablemente no, porque no tiene ni el nombre ni la campaña para eso, y porque exige paciencia en varios tramos, sobre todo en un poema que repite una cifra, «38:», una y otra vez, como un tic que no se puede parar. Pero hay libros que están ahí, esperando, para quien los necesite en el momento justo, cuando esté abriendo un cajón del botiquín y no sepa muy bien qué hacer con lo que encuentra dentro.
— Gema Millán Nieto








