Inicio Reseñas y crítica El mosaico del duende, de Igor Wilk. Lo que se guarda en...

El mosaico del duende, de Igor Wilk. Lo que se guarda en un cajón de la cocina

83
0

En la cocina de mi abuela había un cajón que no cerraba bien, uno de esos cajones donde se guarda todo lo que no tiene sitio en ningún otro sitio: gomas del pelo, pilas sueltas, un mechero sin gas, una cuchara de madera partida que nadie tiraba porque había sido de su madre. Nunca entendí ese cajón hasta que empecé a leer «El mosaico del duende», de Igor Wilk, y me di cuenta de que el libro entero funciona un poco como ese cajón: cosas que no deberían ir juntas, y que sin embargo, cuando las abres todas de golpe, cuentan exactamente quién eres.

Wilk es matemático. Lo dice la solapa, y lo dice también el libro, sin necesidad de la solapa: hay un poema, «80 latidos por minuto», donde el amor se declara con la altitud exacta, la hora del amanecer, la fecha, «603 metros sobre el nivel del mar, viernes, el 8 de agosto de 2025» (p. 48), como si el poeta no se fiara de decir «te quiero» sin antes comprobarlo con un GPS. Y luego, cuando ya ha medido todo, se rinde igual: «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda» (p. 48). Conozco a gente así. Gente que necesita ordenarlo todo antes de poder sentir algo, y que cuando por fin lo sienten, lo sienten más fuerte que nadie, precisamente porque se han resistido más.

El libro tiene cuatro partes y no intento explicarles la estructura porque para eso ya hay reseñas más serias que esta. Lo que quiero contarles es lo que me ha pasado leyéndolo, que es distinto. En «miga de pan», el primer poema, hay una araña que se lleva una miga «por el ascensor que él mismo construyó» (p. 13), y el poeta se pregunta si se nos escapan muchos detalles en la vida. Yo llevo días pensando en esa pregunta mientras hago cosas que no tienen nada que ver con el libro, fregando platos, esperando el autobús. Se nos escapan. Claro que se nos escapan.

Hay una grapadora en este libro. Una grapadora de oficina que se queda sin trabajo porque ya nadie firma en papel, «por falta de movimiento» (p. 22), dice el poema, y a mí me dio pena de verdad, pena física, la misma que me da cuando tiro algo que funciona pero que ya no usa nadie. No sé explicar por qué un objeto de plástico gris me puede doler tanto. Wilk tampoco lo explica. Simplemente lo cuenta y ya está ahí, doliendo.

Hacia el final hay un poema que me costó más, «hacen juego con una vida», hecho tachando frases de un anuncio de electrodomésticos rosas de gama alta. «Venden corazón, artesanalmente, fundido esmaltado» (p. 67), dice, y no sé si es un poema o es solo la verdad dicha de otra manera. Aunque también es un poema. Aunque también tiene estructura, y decisión, y un tachado que alguien ha hecho con cuidado.

El libro no me preparó para el final, y eso que lo leí sabiendo que algo iba a pasar, porque el título ya avisa de que hay un duende, y los duendes, en poesía, casi nunca son buenas noticias del todo. El último poema, «huella sin firma», tiene cuatro voces que se van turnando, la arena, la marea, la madre, el hijo, y en la voz del hijo hay una frase que no me esperaba y que todavía tengo metida en algún sitio del cuerpo que no sabría señalar: «carente de esperanza, de estar a tu lado» (p. 73). La madre del poeta, dice el poema, es «erradicadora de cáncer», «sobreviviente» (p. 73). No sé más de esa historia que lo que el poema quiere contarme, y probablemente esté bien que sea así.

Cerré el libro y me quedé un rato sin hacer nada, que es lo que me pasa con los pocos libros que de verdad me tocan. No sé si esto es una reseña muy ortodoxa. Probablemente no. Pero el libro tampoco lo es del todo, así que a lo mejor está bien que se encuentren así, los dos igual de raros, un martes cualquiera, en un cajón que no cierra bien.

— Gema Millán Nieto

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí