¡Lo callado, a gritos! de Myrna L. Betancourt: Gritar en voz baja también es una forma de romper algo
Hay un momento, cuando lees este libro, en que tienes que parar. No porque sea difícil. Sino porque de repente reconoces algo que creías tuyo y resulta que también era de otra persona, de una mujer que creció descalza en un campo de Puerto Rico con seis hermanos y un toro negro persiguiéndolos cuesta abajo. ¿No te ha pasado eso alguna vez? ¿Leer algo y pensar: esto no lo había leído pero lo sabía?
Myrna L. Betancourt empieza su libro con una confesión que podría parecer una disculpa y no lo es: «Nunca fingiré ser escritora, / pero me apasiona escribir.» Lo dice como quien pone las cartas sobre la mesa antes de que alguien se las ponga a ella. Es un gesto que conozco bien. El de la mujer que llega a un espacio y antes de ocuparlo, antes de sentarse, explica por qué tiene derecho a estar ahí. Y entonces una piensa: basta ya de explicarse. Siéntate. Escribe. Que ya está.
¡Lo callado, a gritos! es una colección de poemas publicada por Editorial Poesía eres tú que tiene dos cuerpos distintos, casi dos libros que conviven con cierta incomodidad, como pasa en las familias. La primera parte trabaja desde el dolor más reciente: el acoso laboral, la invisibilidad, la herida que dejan las palabras de quien tiene poder sobre ti. Hay poemas que dicen demasiado, que explican lo que el verso ya contiene sin necesidad de que nadie lo subraye. Pero hay también líneas que golpean sin avisar: «No soy víctima de mis cicatrices, / solo prueba de supervivencia.» Eso no se aprende en ningún taller. Eso se aprende estando.
La segunda parte es donde el libro respira de otra manera. «Crónicas de un Bambú Familiar» es una inmersión en la infancia rural caribeña con una corporalidad y una concreción sensorial que pocas veces se encuentra en la poesía de memoria. Aquí no hay nostalgia de escaparate. Hay barro, hay tormenta, hay el olor de las guayabas caídas después del aguacero, hay el ruido del zinc en el techo cuando llueve y siete cuerpos de niños apretados contra la oscuridad escuchando. «Entrábamos al bosque cruzando un arroyo, / escuchando el viento en el bambú soplar; / las cañas se inclinan con leve apoyo, / con una venia nos ven pasar.» Eso es un cuerpo en el mundo. Eso es la infancia antes de que alguien te enseñe a tenerle miedo al mundo.
El bambú es la figura que vertebra toda la segunda parte, y Betancourt la trabaja desde adentro, no como símbolo importado sino como algo que vivió primero con el cuerpo y luego nombró con las palabras. La familia como sistema de raíces que no se ven. Los hermanos como tallos distintos de un mismo rizoma. La flexibilidad como forma de resistencia que no cede en lo esencial. ¿Cuántas veces nos han dicho que doblegarse es rendirse? Este libro dice que no. Que hay una diferencia entre romperse y inclinarse. Que sobrevivir también es político.
Lo que más duele del libro, y lo digo en el buen sentido, es el poema del éxodo. Cuando la familia deja el campo y llega a la ciudad: rejas en las ventanas, cemento, vecinos que vigilan, niños a los que de repente les dicen que no corran, que no griten, que no sean lo que son. «El cemento ahoga aquel grito puro, / sellando el paisaje tras un alto muro.» Ese poema es un documento. No de tristeza, sino de algo más preciso: de lo que le hacemos a la infancia cuando la civilizamos demasiado rápido.
Este libro tiene costuras visibles. Hay momentos en que la voz no acaba de soltar, en que la poeta parece no fiarse del todo del lector y añade una explicación donde el poema ya había hecho su trabajo. Pero eso también forma parte de lo que es: un libro honesto, sin artificios de escuela, escrito por alguien que tenía algo que decir y lo dijo. Y eso, en este paisaje editorial donde tanto libro llega perfecto y vacío, es bastante más de lo que parece.








