Inicio Reseñas y crítica «Ya no soy un istmo», de Noelia Hernández.

«Ya no soy un istmo», de Noelia Hernández.

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Analizar un poemario como «Ya no soy un istmo», de Noelia Hernández, requiere entender que estamos ante una obra de introspección severa, casi quirúrgica. El título ya es una declaración de intenciones. Un istmo es una lengua de tierra que une dos continentes; dejar de serlo implica una ruptura o una liberación. La autora explora la desposesión: de la voz, del nombre, del otro y de la propia identidad previa.

El libro no busca la belleza complaciente. Se mueve en la «antimateria del recuerdo» y en la «herrumbre de la guerra» personal. Hay una lucha constante entre el deseo de nombrar y la insuficiencia del lenguaje («Todo lo que es mío no puedo nombrarlo»).

Hernández tiene una capacidad notable para convertir conceptos abstractos en imágenes táctiles y visuales. Frases como «el silencio aquel era un bárbaro que disfrutaba marcando la carne con su párpado de espina» son de una fuerza expresiva brutal. Existe un ritmo pausado, casi fúnebre en algunos pasajes, que encaja perfectamente con la temática del «rigor mortis» emocional y la despedida.

Las citas de Clarissa Pinkola Estés y Antonio Machado no son adornos; funcionan como brújulas que ayudan al lector a entender que este viaje es una «bajada a los infiernos» para renacer (el despertar ante la propia hemorragia).

En algunos momentos, el poemario roza el exceso de melancolía canónica (cuervos, sombras, frío, naufragios). Son símbolos muy transitados en la poesía contemporánea que, de no ser por la potencia de sus metáforas originales, podrían caer en el cliché del «malditismo».

La voz lírica se repliega tanto en su propio silencio que, por instantes, levanta un muro frente al lector. Es un libro que exige un estado de ánimo muy específico para no resultar abrumador.

La voz de Noelia Hernández es desafiante. No pide permiso para romperse. «Ya no soy un istmo» es un ejercicio de honestidad brutal sobre la pérdida y la reconstrucción del yo. Es una obra para lectores que buscan en la poesía un espejo de sus propias grietas. No es una lectura ligera; es una autopsia emocional escrita con una elegancia sombría.

El hecho de ser un Accésit del Premio Vitruvio se justifica en la madurez de su léxico y en la valentía de sostener una tensión dramática tan alta sin despeñarse en el sentimentalismo barato. Es, en definitiva, el testimonio de alguien que ha decidido dejar de ser puente para ser, simplemente, ella misma.

 

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