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Zaida, de Ángel Martín González. Diez años de mujer encerrada en una roca y la pregunta que no se va

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Mi abuela tenía un sobre de papel manila guardado en el segundo cajón de la cómoda donde, según ella, estaban las cartas que le había escrito mi abuelo durante la guerra. Nunca abrió ese sobre delante de mí. Tampoco delante de nadie, creo. Cuando murió, mi madre lo abrió y dentro había siete cartas, ninguna escrita por mi abuelo, todas escritas por ella. A su marido. Sin terminar.

Pensé en eso al cerrar Zaida (Versos en la celda), de Ángel Martín González, que ha publicado Ediciones Amaniel. No tiene mucho que ver, no me hagan caso. O sí. La novela es la historia de una mujer encerrada por su marido durante diez años en una celda excavada en la roca, al pie del Tajo de Ronda, en el siglo VIII. Su marido es un jefe bereber que la condena por haberse enamorado de un esclavo cristiano. Le tira por los barrotes pergaminos y plumas para que vaya escribiendo su muerte. Y ella escribe poemas. Diez. Uno por año. Algunos son malos, otros son muy hermosos, ninguno está hecho para nadie.

Eso es lo que me ha ocupado el rato de pensar después. La idea de escribir sin destinatario. La pluma metida en una celda, las palabras puestas sin saber si alguien va a leerlas. Mi abuela escribiendo cartas que no enviaba. Mi madre abriendo el sobre cuarenta años después. Yo leyendo en mi salón, en pijama, una novela en la que una mujer del año 715 escribe un verso que dice he plantado rosas rojas en los barrotes de mi celda y no quiero, no me sale, dejar de pensar en él.

El libro está bien. No es perfecto. Tiene una capa de información histórica que a veces pesa más de lo que necesita —campañas, salinas, comercio del vino, gusano de seda— y a uno le entran ganas de saltarse esos párrafos para llegar al siguiente verso. Pero tampoco es justo eso. Es como decir que la celda pesa demasiado: la celda es lo que hay. Lo de fuera de la celda también es lo que hay. Lo entiendo. Aunque también pienso que hay un libro mejor dentro de este libro, un libro más corto, más concentrado, en el que se quedaran solo Zaida y los versos de Zaida y el verso final, el verso once que escribe con su propia sangre antes de morir, y nadie más.

Hay otra mujer en el libro y se llama Tayri. Es la hija que Zaida tuvo en la celda con el esclavo cristiano y a la que le arrebataron a las dos semanas de nacer para criarla en el palacio. La crían para luchar y para morir, esas son las palabras del marido bereber. Y la cría un hombre llamado Said, que la sumerge en agua helada cuando todavía no anda, que la abandona en el bosque a los siete años para ver si sobrevive y le da una semana entera de palizas que el libro llama, sin pestañear, la semana de Alá. Tayri sobrevive. Tayri se hace guerrera. Tayri al final se cobra la cuenta de todos. Hay una página en el último capítulo donde mata a su padre con una flecha desde treinta metros y dice me enseñaste a matar y eso es lo que voy a hacer. Yo paré. Bajé el libro. Volví a leerla.

A veces leyendo este libro pensaba en la edad que tienen las mujeres en él. Zaida tiene veintipocos cuando entra en la celda. Tayri tiene meses cuando se la llevan, siete cuando empieza a empuñar dos espadas, nueve cuando lidera un ejército, diez cuando dispara la flecha. Y luego está Mina, la última mujer del marido bereber, una chica que él compra a su padre por diez monedas de oro porque le sirvió un té con una sonrisa. La novela tiene una atención muy concreta a la edad a la que les pasan las cosas a las mujeres del libro. No subraya nada. Pone los años delante. Pone los meses. Cumple cuatro años, cumple cinco, cumple seis. Y una sigue leyendo y piensa en el cumpleaños de la sobrina, en las niñas del parque, en cuántas veces hemos repetido alguna versión doméstica de esa misma frase: prepárala para luchar.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Sospecho que no. Está publicado en una editorial pequeña, lo firma alguien que no es de la profesión —director de hotel en Jerez, sesenta y dos años, dos poemarios anteriores—, no tiene faja de prestigio ni cita rimbombante en la contraportada. Es uno de esos libros que aparecen y se pierden y luego, dos años después, alguien los rescata en una columna como esta y la gente piensa cómo es posible que no lo leyera antes. Está ahí, sin prisa, esperando.

Yo lo cerré, dejé el sobre de mi abuela donde estaba, y todavía sigo pensando en una mujer que escribe poemas en una celda y no se los lee nadie. Y, por algún motivo que no sé explicar, me parece importante que ahora sí alguien los lea.

— Gema Millán Nieto

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