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Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Lo que pasa cuando alguien se pone a nombrar las cosas bien

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Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Lo que pasa cuando alguien se pone a nombrar las cosas bien

Me puse a leer esto y tardé exactamente dos páginas en tener la sensación de que llevaba años haciendo algo mal. No una culpa literaria grande, no el tipo de vergüenza que te aplasta, sino esa pequeña incomodidad de quien descubre que ha estado usando una palabra de forma imprecisa toda su vida y ahora ya no puede ignorarlo. La palabra es verso. Y lo que Balagué Doménech —que firma josecarlosbalague, todo en minúscula, como si el nombre propio también pudiera soltarse de sus reglas— propone desde el prefacio es sencillo y contundente: verso es lo que tiene métrica, rima y cadencia. Lo que no las tiene no es verso. Es averso. Y llamarle de otro modo es, básicamente, mentir.

¿Y a quién le importa eso? A ti. A quien escribe poesía o a quien la lee. A quien se ha pasado años leyendo «verso libre» pensando que libre significaba libertad formal cuando en realidad significaba otra cosa, un territorio distinto que merece su propio nombre. El problema de no nombrar bien las cosas no es semántico. Es que si no sabes qué estás haciendo, no puedes saber si lo estás haciendo bien.

El libro lo demuestra sin ponerse a explicarlo. Cuando lees «Enseñame a amar que no me acuerdo. / Tanto tiempo hace que no he amado / que el placer de amar se me ha olvidado / y solo quedó en mi vago recuerdo», sabes dónde estás: en una redondilla, en la forma que lleva siglos dando forma al desamor porque funciona, porque la forma no es el corsé sino el esqueleto que lo sostiene todo. Y pocas páginas después el mismo poeta escribe averso: «Necesitaba compartir con otro ser / que coincidiera conmigo en la irrealidad, / sin limitaciones impuestas por disciplinas absurdas.» Ya no hay métrica. Hay otra cosa. Un ritmo distinto, una apertura, algo que respira de modo diferente. Los dos caben. Los dos sirven. Solo que no son lo mismo y hay que decirlo.

Esto que parece poca cosa es bastante más de lo que hace la mayoría.

Luego el libro se complica, y ahí es donde me empezó a entrar ese vértigo raro que a veces da la poesía cuando se va más allá de lo que uno espera. Los poemas surrealistas y abstractos. Vocablos que no pertenecen a ninguna lengua. «Albarduesco ugrade evan sentilifiero / Berguinduce grelario estrefani lardo.» Primera reacción: ¿esto es una broma? Segunda reacción: espera. El prefacio lo advierte: estas composiciones no tienen explicación posible. Igual que los cuadros de Kandinsky no tienen explicación posible. Igual que ningún abstraccionismo la tiene ni la necesita. Forma pura. Ritmo sin referente. La poesía haciendo en el lenguaje lo que la pintura hizo con el color hace un siglo: emanciparse de la obligación de representar algo reconocible y ver qué queda cuando se hace eso. Queda ritmo. Queda sonido. Queda una arquitectura que te produce algo aunque no sepas nombrarlo. ¿Es poesía? El autor dice que sí. Y, mirándolo con la definición que él mismo ha establecido, tiene sus propias razones para decirlo.

La segunda parte del libro es otra cosa. Los poemas dedicados a sus dos esposas fallecidas, Mayte y Graziela. Aquí la teoría se queda fuera. Se queda absolutamente fuera. Lo que entra es la pérdida, directamente, sin aspavientos, sin la distancia que construye la experimentación. Y resulta que eso también funciona. Resulta que el mismo hombre que ha construido un sistema taxonómico sobre las formas poéticas es capaz de escribir desde el duelo sin blindarse con él. Eso no se aprende en los talleres. Eso o lo tienes o no lo tienes.

¿Cabe todo esto en un mismo libro? Resulta que sí. La pregunta que me queda es por qué no habíamos decidido antes que necesitábamos una palabra para lo que no es verso.

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