De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, de José Francisco Devís Capilla: Hay personas muertas que te conocen mejor que tú misma
Voy a confesaros algo que quizá no debería confesar en una reseña literaria, pero que me parece absolutamente relevante para lo que viene a continuación: cuando era pequeña y escuchaba a Gloria Fuertes en la televisión, yo no sabía que aquello era poesía. Nadie me lo dijo. Nadie me explicó que aquella señora con voz de terciopelo roto y gafas enormes estaba haciendo algo que los adultos llaman literatura. Para mí era simplemente una voz que me hablaba como si me conociera de toda la vida, como si supiera exactamente que yo, desde el otro lado de la pantalla, necesitaba que alguien me dijera que el mundo tenía gracia aunque no lo pareciera. Resulta que eso es exactamente lo que hace la poesía cuando funciona de verdad.
Este libro, De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes, es la prueba de que hay personas con las que puedes hacer un pacto antes de conocerlas, incluso antes de que esa persona sepa que tú existes, incluso después de que esa persona haya muerto. José Francisco Devís Capilla es abogado valenciano, podcaster y, según él mismo declara con una convicción que al principio desorienta y luego, curiosamente, te parece la única verdad posible, el hombre que pactó con Gloria Fuertes prestarle su voz veinticinco años después de su muerte para que el amor de sus poemas pudiera brotar de nuevo. ¿Os parece una locura? A mí también me lo parecía. Hasta que leí el libro.
El contexto importa, así que lo cuento: Devís lleva más de un año cerrando cada episodio de su podcast semanal, Qué bueno es vivir, con un poema. Doce minutos de filosofía positiva cada viernes, y al final, un poema. Como quien pone el punto y final a una conversación seria con una broma que en realidad es lo más serio de todo. Los oyentes le pidieron que juntara esos poemas en un libro. Él les hizo caso. Y aquí está el libro, con ilustraciones del pintor valenciano Juan José Lorente, que al leer los textos para ilustrarlos creyó que eran de Gloria Fuertes. Que no sabía que eran de Devís. Que se enamoró de «la energía de Gloria Fuertes» sin saber que estaba enamorándose de algo que no era Gloria Fuertes, o que quizá sí lo era, o que quizá esa distinción no importa tanto como creemos.
¿Cómo se aprende a escribir como alguien a quien admiras sin convertirte en una fotocopia mala de esa persona? Esa es la pregunta que me hice al empezar a leer este libro, y es también la pregunta que creo que se hizo Devís, aunque quizá con otras palabras. La respuesta, cuando sale bien, tiene que ver con entender no solo cómo escribía esa persona sino por qué escribía así, desde dónde, con qué necesidad. Gloria Fuertes escribía con sencillez porque creía en la sencillez como forma de respeto hacia el lector. Devís lo ha entendido, y eso es lo que distingue este libro de un homenaje cualquiera.
Los poemas tienen animales. Muchos animales. Serafín el delfín, que ha aprendido a surfear las olas en lugar de pelearlas. Julio el junco, que se dobla ante el viento y sobrevive porque sabe que doblarse no es lo mismo que rendirse. Rosa la hoja, que cae del árbol sin saber que al caer se convierte en abono que hace posible la siguiente primavera. Hay en esa forma de contar la resiliencia —porque eso es lo que son todos estos poemas, lecciones de resiliencia disfrazadas de fábulas— una honestidad que se agradece. Devís no dice «sé resiliente». Dice: mira al delfín. Mira al junco. Mira a la hoja. Y funciona porque las imágenes llegan antes que las ideas, porque el cuerpo entiende lo que a veces la mente rechaza cuando viene etiquetado como consejo de autoayuda.
Hay un poema que se titula «La única verdad» y que me ha tenido pensando un rato largo. Ahí Devís escribe, con una palabra que chirría en el contexto y que por eso mismo es exactamente la palabra correcta, que tienes que sentir «al que te importa una mierda» como parte de ti mismo, que eso es la única verdad. No el amor fácil, no la compasión que ejercemos con los que ya nos caen bien. La otra. La difícil. La que cuesta. Eso no es autoayuda. Eso es filosofía estoica con las entrañas al aire. Y eso, os lo juro, es mucho más difícil de escribir de lo que parece.
Podría quejarme de que algunos poemas son más afortunados que otros, que en alguno la rima gana a la imagen y el texto se queda en superficie, que la filosofía positiva como género tiene sus trampas y que Devís no siempre las esquiva. Podría. Pero no voy a hacerlo, o no solo, porque lo que me interesa de este libro no es solo si cada poema funciona individualmente sino lo que el libro completo dice sobre cómo elegimos a nuestros maestros, sobre cómo los muertos nos siguen formando sin pedirnos permiso, sobre cómo la gratitud puede convertirse en arte cuando no tiene miedo de ser sencilla.
El libro tiene un apartado que se llama «Historia de este libro» y que es, sin ninguna duda, una de las piezas de prosa autobiográfica más honestas que he leído últimamente. Devís habla de cuando vio a Gloria Fuertes en la televisión de los años setenta, de «El camello cojito», de la pregunta que se hizo al releerlo de adulto: «¿Quién ha podido ser capaz de escribir algo tan hermoso?», y de la respuesta que llegó, años después, en forma de poema. Habla también de cómo tardó seis horas en leer el correo en el que le decían que publicaban el libro. Que al leerlo se quedó clavado a la pantalla. Que se puso a llorar. «Me caí muerto», escribe. ¿Sabéis cuántos escritores os contarían eso? Muy pocos. Casi ninguno. Porque contarlo implica admitir que te importa, y a muchos escritores les aterra más que los pillen importándose algo que lo que les pueda decir cualquier crítico.
A mí me parece un libro sobre los pactos que hacemos con las personas que nos forman sin que seamos conscientes de ello. Sobre las voces que guardamos en lugares a los que no sabemos volver hasta que un día, de pronto, volvemos. Sobre lo que hacemos con esa gratitud cuando por fin somos capaces de nombrarla. Y sobre la pregunta, que Devís formula de una manera o de otra en casi todos los poemas, de si es posible devolver lo que alguien te dio sin haber estado ahí para dártelo. La respuesta que da el libro es que sí. Que se llama poesía.








