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Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: Este libro me dejó con el cuerpo raro y tardé tres días en entender por qué

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Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: Este libro me dejó con el cuerpo raro y tardé tres días en entender por qué

Hay libros que lees con el cerebro y libros que lees con el estómago. Este lo leí con algo que no sé muy bien cómo nombrar, algo que está entre el esternón y la garganta, esa zona donde se instala la incomodidad cuando algo te toca en un sitio que creías ya cicatrizado. Me lo mandaron con una nota escueta, sin aparato crítico, sin el pequeño teatro de recomendación que suele acompañar a los libros que te envían esperando algo de ti. Solo el libro. Fuera de la Jaula. Andrés Martínez Díaz. Jumilla, Murcia, guitarra, cantautor, poeta. Todo lo que los circuitos literarios de Madrid procesan con esa condescendencia tan nuestra, tan perfectamente ensayada, tan absolutamente impenetrable a lo que no lleva el sello de lo que se supone que debe ser la poesía ahora mismo.

Me costó empezarlo. No por el libro, sino por mí. Porque cuando abro un poemario escrito por un hombre y el primer ciclo habla de amor conyugal —cuarenta y siete años de amor conyugal, para ser exactos— algo en mí activa una alarma pequeña y ridícula que dice: aquí viene el hombre que le explica el amor a todo el mundo desde su altar de marido feliz. Y entonces lees esto: «Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido, siempre en la misma dirección, / imparable, funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso.» Y la alarma se apaga. Se recarga de amor por año de uso. Si yo hubiera escrito eso me habría dado vergüenza por lo preciso que es, por lo mucho que lo dice sin aspavientos, sin el numerito del amor eterno con orquesta.

El libro se llama Fuera de la Jaula y la prologuista, Ana María Olivares Tomás, que claramente lo conoce bien y lo quiere bien también, escribe que la jaula de la que este hombre quiere salir «no tiene barrotes visibles. Es esa jaula más sutil que nos construimos con renuncias, silencios, miedos.» Y ahí me quedé un momento, con esa frase, pensando en cuántas conversaciones he tenido sobre jaulas visibles e invisibles, sobre las que te construyen desde fuera y las que tú misma te fabricas con el material que tienes a mano: el miedo a no ser suficiente, el miedo a ser demasiado, el miedo a ocupar espacio, el miedo al silencio, el miedo al ruido. Porque la jaula que describe este libro no es una jaula de género, no es una jaula política etiquetada, es la jaula del ser humano que ha aceptado su domesticación y ya no sabe ni que está enjaulado.

Hay un poema que se llama «Prefiero» y tiene un verso que no me ha salido de la cabeza desde que lo leí: «Prefiero correr, ser un fugitivo / que se niega a ser domado, / a ser un cuadro muy bonito / de una pared colgado.» Un cuadro muy bonito de una pared colgado. ¿Sabes cuántas veces he sido ese cuadro? ¿Sabes cuántas veces he conocido mujeres que eran ese cuadro sin saberlo, decorativas y perfectas y completamente inmóviles, ajustadas al marco que alguien había elegido para ellas? Y lo está diciendo un hombre de Jumilla que toca la guitarra, no un poeta de la experiencia con beca de creación y columna en un suplemento cultural.

La parte política del libro es rabiosa con esa rabia específica del que no tiene partido al que pertenecer, que es la rabia más incómoda de todas porque no sabe a quién votar y no puede ser cooptada por ningún bando. «Es propio de la fuerza actuante / aprender a vivir del bulo, / cuando se es gobernante / interesa un pueblo inculto.» Cuatro versos. Cero ambigüedad. Y lo que me interesa no es el contenido, que no es nuevo —nadie descubre nada aquí que no supiéramos ya—, sino el tono. El tono de alguien que escribe esto porque necesita escribirlo, no porque le hayan encargado un artículo sobre el deterioro democrático con dos mil caracteres y foto de archivo.

Lo más brutal del libro, para mí, está en las elegías. José Luis, Francisco, Carlos. Tres muertos nombrados con sus nombres, no convertidos en símbolo, no sublimados en abstracción. Muertos concretos con cara y historia. «Guardo tu canción y el disco de oro / del día que completamos aforo, / aunque no sea un archivo sonoro, / ni pueda sonar en tu gramófono, / sabes que ni el metal, ni el formato, / pueden enmudecer este alegato.» Un alegato que no puede ser enmudecido. Y no puede porque está escrito, porque salió del cajón y de la carpeta del ordenador y llegó a este libro que ahora estoy leyendo yo, que no conocí a José Luis ni a Francisco ni a Carlos pero que entiendo perfectamente qué significa escribir el nombre de alguien que se fue como único acto de resistencia posible contra el olvido.

Lo que me pasó con este libro, lo que tardé tres días en entender, es que me hizo pensar en mis propias jaulas. No en las abstractas, en las mías. En el verso que no escribí porque parecía demasiado simple. En la canción que no escuché porque no venía con las credenciales correctas. En el afecto que no di porque parecía excesivo. «Cuanto te limita te hace más pequeño, / más vulnerable a quienes te manipulan», dice el poema titular, y yo estaba ahí, diciéndome sí, sí, eso es exactamente eso, y luego pensando en cuánto tiempo llevamos todas — no solo los hombres, todas — fabricando cerrojos magnéticos para nuestras propias puertas. Porque la jaula más sofisticada es la que uno cree que es su casa.

No sé si este libro va a llegar a donde debería llegar. Probablemente no. El sistema literario tiene sus propias jaulas y en ellas no caben cantautores de Jumilla sin discográfica y sin el pedigrí adecuado. Pero eso es un problema del sistema, no del libro. El libro está vivo. Y a veces eso es lo único que importa.

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