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La plegaria encendida, de Javier Asiáin. Rezar sin saber muy bien a quién

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En mi casa nadie rezaba, pero había un cajón con estampas de comunión de gente que ya ni siquiera recordábamos bien. Mi abuela las guardaba por si acaso, decía, aunque nunca aclaró por si acaso de qué. Cada estampa tenía detrás un nombre, una fecha, una iglesia, y ese pequeño archivo de devociones ajenas terminó siendo, para mí, más interesante que cualquier oración que hubiera podido aprenderme de memoria. Me gustaba pensar en toda esa gente rezando en un momento muy concreto de su vida, sin saber que años después una niña que no había nacido todavía iba a mirar la estampa preguntándose quiénes eran.

La plegaria encendida reúne, en selección y prólogo de Alfredo Rodríguez, veinte años largos de la obra de Javier Asiáin, un poeta que ha ido acumulando premios —José Zorrilla, San Juan de la Cruz, Claudio Rodríguez, León Felipe— con la discreción de quien trabaja despacio y no necesita hacer ruido para que se note el oficio. La antología funciona como esas estampas de mi abuela: cada poema lleva detrás una fecha y una intención que ya no es del todo recuperable, pero que sigue produciendo un efecto, aunque el lector actual no comparta ni conozca el contexto exacto.

El título es engañoso, o al menos lo fue para mí. Esperaba una religiosidad explícita y me encontré más bien con una insistencia, libro tras libro, en la idea de dirigirse a algo o a alguien sin tener del todo claro quién está al otro lado. Eso me parece más honesto que cualquier fervor declarado. Rezar, en esta poesía, se parece bastante a escribir: uno lo hace sin garantías de que haya destinatario, y sigue haciéndolo de todas formas, porque el gesto mismo produce algún alivio, aunque no venga acompañado de respuesta.

Hay un tramo de la antología, correspondiente a sus libros de mediados de los dos mil, donde el verso se vuelve más corto y más cortante, como si Asiáin hubiera decidido de golpe que no tenía tiempo para preámbulos. Ese tramo es, para mí, el más incómodo de leer y también el que más se me ha quedado pegado después de cerrar el libro, que suele ser la señal de que algo funcionaba mejor de lo que parecía en el momento de la lectura.

Lo que se agradece de una antología así, hecha con dos décadas de perspectiva, es que permite ver los cambios de tono sin que el propio autor tenga que explicarlos. Hay una etapa más nerviosa, más pendiente de la forma, y otra más suelta, donde el verso respira con menos miedo a equivocarse. No sabría decir cuál me gusta más. Probablemente depende del día en que la lea, que es la manera más honesta que tengo de leer poesía: sin fidelidad fija a ninguna etapa, dejando que cada libro elija el momento en que me toca.

Alfredo Rodríguez, en la selección, ha hecho un trabajo que se nota cuidadoso, casi de restaurador: no fuerza una narrativa de progreso ni de superación, y eso es de agradecer, porque las antologías que insisten en contar una evolución acaban pareciendo currículums. Aquí hay, en cambio, una acumulación más parecida a la vida real, donde uno no mejora en línea recta sino que va y vuelve, insiste en las mismas preguntas con palabras distintas, y a veces retrocede sin que eso sea necesariamente un fracaso.

Asiáin no es de esos poetas que aparecen mucho, ni que buscan que se hable de ellos fuera de los libros. Los premios que ha ido ganando a lo largo de los años funcionan más como archivo que como escaparate: quedan ahí, citados en la solapa, pero no explican del todo por qué merece la pena leerlo. Eso hay que averiguarlo dentro, poema a poema, sin que nadie te lo resuma antes.

No sé qué habría hecho mi abuela con este libro. Probablemente lo habría hojeado, habría dicho que estaba bien escrito, y lo habría dejado en algún estante sin volver a abrirlo, igual que hacía con el cajón de las estampas. Pero quizá esa es la manera en que este tipo de poesía quiere ser leída: no de una sentada, sino a ratos, como quien vuelve a mirar algo antiguo sin necesidad de sacar ninguna conclusión definitiva sobre ello.

— Gema Millán Nieto

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