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La mujer del sanatorio de Esteban Urrea Lázaro: Cuerpos sin nombre, mujeres sin expediente

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La mujer del sanatorio de Esteban Urrea Lázaro: Cuerpos sin nombre, mujeres sin expediente

Hay algo que me revienta cuando leo novelas donde una mujer muere en la primera página y tardamos trescientas en saber cómo se llamaba. No como recurso de intriga —eso lo entiendo, lo acepto, incluso lo disfruto— sino por algo más antiguo y más sucio: porque ese anonimato reproduce exactamente el mecanismo que mató a la mujer en primer lugar. Que sea ficción no lo hace menos real. Esteban Urrea Lázaro lo sabe, o al menos su novela lo sabe, que a veces es lo mismo.

La mujer del sanatorio arranca en enero de 1962 con una bata ensangrentada y una orden: que esa mujer muerta en la habitación 19 del Sanatorio de tuberculosos de Sierra Espuña no exista. El doctor Felipe Campillo Martínez firma su desaparición con un puñetazo sobre el escritorio y la instrucción de que se la etiquete «como a los pobres vagabundos que nos vienen al Sanatorio sin documentación alguna». Sin nombre. Sin causa real de muerte. Sin historia. El cuerpo entra al sistema como anónimo y el sistema lo digiere sin arcadas. Eso también es una forma de violencia. De las más antiguas.

La mujer es Hermana Tamara, novicia, y lo que la mató fue una institución —la Iglesia, el sanatorio, la España de entonces, el miedo de los hombres a las consecuencias— que decidió que su cuerpo y lo que cargaba dentro no podían existir. Urrea no lo dice con panfleto, lo dice con paredes: «Las paredes conservan la memoria de los que tosieron sangre contra ellas.» Las paredes del sanatorio son el único archivo que no mintió esa noche. El único que no firmó nada.

Lo que me parece más honesto en esta novela —y lo honesto raramente coincide con lo cómodo— es la simetría que el autor establece entre los dos tiempos narrativos sin forzarla. En 2017, Ainara Cilleruelo llega a Alhama de Murcia con una prueba de embarazo en el bolsillo de la chaqueta y dos líneas en la pantalla. «Vas a ser aita», le dice a su novio con voz emocionada, y hay algo en esa escena doméstica y tierna —la cena semidesnudos en la habitación 217 del hotel, la película en la tele, las patatas bravas que recomendó el recepcionista— que duele de manera específica cuando se lee contra el fondo de 1962. Dos embarazos, dos mujeres, dos cuerpos. Uno celebrado. Otro enterrado sin nombre. La distancia entre ambos no es solo temporal: es política.

¿Qué cambia entre una mujer que en 1962 muere porque su maternidad era imposible dentro del orden institucional que la rodeaba, y una mujer que en 2017 puede anunciar un embarazo no planeado en una habitación de hotel de dos estrellas sin que nadie tenga que firmar nada para hacerla desaparecer? Mucho. No todo. Urrea no lo dice, pero está ahí, entre los dos tiempos, como un dedo en una herida que todavía no ha cicatrizado del todo.

Hay momentos donde la novela se distrae de sí misma —el turismo de Alhama, la burocracia municipal, el alcalde de apellido Bueno Ladrón de Guevara— y yo lo entiendo, el escritor ama su tierra y se nota, pero en esas páginas la tensión se escapa entre los dedos y hay que recuperarla. La parte que nunca falla es la de 1962: el doctor con la pluma estilográfica que le tiembla en la mano, la jefa de enfermeras que no puede levantar los ojos del suelo, ese «Que Dios nos perdone» dicho a la ventana mientras el carro del sepulturero se acerca. Ahí Urrea escribe desde la certeza.

Es una primera novela con los defectos de las primeras novelas y las virtudes que solo tienen las historias que el autor necesitaba contar. Necesitaba. No quería: necesitaba. Hay una diferencia, y se nota.

La mujer del sanatorio al final tiene nombre. Se lo devuelve el libro. Que haga falta un libro para devolvérselo dice algo sobre los expedientes que firmamos colectivamente durante décadas. Y también sobre los que seguimos firmando, con distinto nombre y distinta letra, pero con la misma mano.

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