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Don de la invocación de Raúl Gimeno: Lo que ocurre cuando le pides al silencio que hable

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Don de la invocación de Raúl Gimeno: Lo que ocurre cuando le pides al silencio que hable

Hay poemas que te afectan en el cuerpo antes de que el cerebro procese lo que acaba de ocurrir. No es metáfora. Es una sensación física, algo que se mueve en el esternón o en las costillas, un pequeño daño que uno no sabía que necesitaba recibir. Con Don de la invocación me ha pasado eso, y soy alguien que desconfía bastante de la poesía mística, que la he encontrado muchas veces hueca, un postureo espiritual con palabras bonitas y sin carne dentro. Esto tiene carne.

Raúl Gimeno es filósofo. Lo cual podría ser una señal de alarma —los filósofos que escriben poesía pueden ponerse muy pesados muy rápido—, pero aquí funciona al revés: el pensamiento no aplasta el poema, lo tensa. Como una cuerda que vibra más cuando tiene resistencia. El libro se abre con esa pregunta de Hölderlin que ya es casi un meme entre cierto tipo de lectores, «¿Para qué poetas en tiempos de miseria?», y sin embargo Gimeno la coloca en el primer poema sin vergüenza, porque la pregunta sigue sin tener respuesta y eso es precisamente lo que justifica el libro. No es arrogancia, es honestidad.

La estructura parte en dos: una primera mitad que se llama «Y la herida se hizo boca» —qué título, qué forma de nombrar cómo el dolor aprende a articularse— y una segunda que se titula «Palabras al silencio originario». Si la primera parte es el descenso, la angustia, el yo que se disuelve y no sabe si eso es una pérdida o una liberación, la segunda es el intento de quedarse ahí, en ese estado posterior a la disolución, y ver qué queda cuando el ruido se calla. Un caracol, un vencejo, el campo castellano. El detalle concreto y mínimo como acceso a lo absoluto. Sin grandilocuencia.

Lo que hace Gimeno que a mí me cuesta mucho hacer y me parece difícil de lograr es hablar de lo sagrado sin que suene a secta ni a autoayuda. Hay un poema llamado «El tiempo del poema» donde escribe: «Nombrar es matar. / El poeta que no abre un espacio / al silencio / es culpable / del mayor de los crímenes: deicidio.» Ese verso es una declaración de principios que el libro cumple. El silencio no está ausente de estos poemas: está construido dentro de ellos, en los blancos, en los versos cortos que se quiebran, en los textos en el margen que no explican sino que añaden otra voz, como si el poema se desdoblara y se mirase a sí mismo desde un lado.

El final es un diálogo dramático entre un Poeta, un Filósofo y un Místico que podría ser ridículo y no lo es, porque los tres convergen en la misma conclusión imposible: que el silencio es la respuesta y que el silencio no puede explicarse sino habitarse. «Dios es su fruto», dice el Místico al cierre. Qué afirmación tan rara para terminar un poemario en 2026. Y qué valiente, porque decir eso hoy, en serio y sin aspavientos, sin ironía protectora, requiere cierto tipo de disposición al ridículo que no todo el mundo está dispuesto a asumir.

Este es el primer poemario de Gimeno, aunque no lo parece. No parece el libro de alguien que está aprendiendo cómo funciona la voz; parece el libro de alguien que ha esperado hasta saber exactamente lo que quería decir. Eso puede leerse como prudencia o como exactitud. Creo que es las dos cosas. ¿Cuántos libros de poesía publicados este año tienen esa combinación? Me hago la pregunta y no contesto, porque ya sé que la respuesta me va a resultar incómoda.

 

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