Parajes Impares de Mia Reig: Veinte años guardando el mundo en un cajón y luego el cajón se abre
La primera vez que leí este libro pensé en todas las personas que llevan décadas haciendo algo que no es escribir y que sin embargo escriben. No sé si eso les pasa a todos los que enseñan, pero tiene sentido que le pase a alguien que se pasa veinte años aprendiendo exactamente cómo funciona el daño y cómo se repara. Mia Reig es pedagoga, especialista en educación inclusiva, formadora de adultos en Gandía. Y de repente, un poemario.
¿De repente? No. Parajes Impares no tiene el aspecto de algo escrito de repente. Tiene el aspecto de algo que ha estado esperando. Los poemas cargan con esa densidad particular de las cosas que han madurado solas, sin que nadie las mire, y que cuando salen ya saben perfectamente lo que son.
Lo que son, en este caso, es esto: itinerarios emocionales donde el punto de partida es siempre algo concreto, algo que se puede tocar o respirar o probar. Reig no empieza por la abstracción y baja hacia la imagen. Empieza por la imagen y desde ahí se cae hacia todo lo demás. «Ya no tuve más remedio que dibujar / una infinita nube de tiempo / de agua de coco / para que descanses en ella.» Una nube de tiempo de agua de coco. Me pregunto cuánta gente habrá escrito sobre el duelo y cuánta habrá llegado al agua de coco. No muchas. El agua de coco es de las que se quedan.
Hay poemas en el libro que funcionan como pequeñas trampas de precisión. «Día azul plateado» empieza con un día rojo dorado y termina con la liberación de algo que se llama «mi mejor enemiga» y que oscurece hasta desaparecer. La pregunta que el poema deja en el aire —»¿intervino un dios, el azar o la suerte?»— es exactamente la pregunta que no tiene respuesta y que por eso funciona: porque le devuelve al lector la responsabilidad de decidir qué era ese miedo, qué forma tenía en su propio cuerpo. Eso es lo que hacen los buenos poemas. No te dicen qué sentir. Te ponen delante de algo y se apartan.
Y luego está la sección de Margarita Gil Roësset, que para mí es donde el libro se vuelve más raro e interesante. Gil Roësset fue escultora, escritora, artista de la Generación del 27. Murió con veintiocho años. Su obra estuvo décadas en una especie de olvido selectivo, de esos olvidos que no son casualidad sino elección colectiva. Que Reig, en su primer libro, le dedique una sección entera no es un gesto decorativo. Es una postura. Es decir: esta mujer importa, y si nadie la nombra con frecuencia, la nombraré yo. Viene de alguien que lleva veinte años enseñando a reparar lo que está roto. Tiene toda la lógica del mundo.
Parajes Impares es un debut con sus irregularidades, sí. Hay momentos en que el impulso de nombrar supera al criterio de elegir. Pero también hay momentos en que Reig da exactamente en el centro de algo que no se sabía cómo decir. «En el cielo, ¿cómo darás conmigo? / Te he dejado migas de pan, / idea de Hansel y Gretel.» Eso. Eso exactamente. Migas de pan para que alguien que ya no está pueda encontrarte cuando tú tampoco estés. No sé si hay una imagen más extraña ni más exacta para hablar de cómo nos preparamos para la propia muerte. Y si la hay, que la traiga alguien.








