Escribir donde no va a pasar nadie
Mi abuelo tenía la costumbre de escribir la fecha en el reverso de las fotografías. No el lugar, ni quién salía: la fecha, y nada más. Cuando murió aparecieron cajas enteras de gente que no sabíamos identificar, perfectamente fechadas. Agosto del 61. Marzo del 74. Como si el tiempo fuese lo único que mereciera la pena dejar anotado y las caras tuvieran que apañárselas solas.
Me acordé de esas cajas leyendo el tercer volumen de la poesía completa de Raúl Zurita, que recoge lo escrito entre 2002 y 2024 y que Visor acaba de sacar. Me acordé por una razón que tardé un rato en entender. Zurita es el hombre que hizo escribir con excavadoras, en el desierto de Atacama, una frase de tres palabras que solo puede leerse entera desde el aire. Ni pena ni miedo. Está ahí desde 1993, borrándose despacio, en un sitio donde no vive nadie. Mi abuelo fechaba fotos que nadie iba a mirar. Zurita escribe en un desierto por el que no va a pasar nadie. Hay una terquedad ahí que me resulta familiar y que no sé si llamar esperanza.
La editorial presenta este volumen apoyándose en una idea que me parece exacta: en la obra de Zurita la redención no existe, el dolor persiste y es la raíz de la historia. Lo que me interesa no es la afirmación, que suena grande, sino lo que hace con ella. Un poeta que no cree en la redención podría escribir tres versos amargos y callarse. Zurita hace lo contrario. Escribe kilómetros. Escribe en la tierra, en el cielo de Nueva York, en los acantilados de la costa chilena. Cuanto menos cree que el lenguaje sirva para salvar a alguien, más superficie del mundo ocupa con él. Es un comportamiento contradictorio y es, creo, lo único honesto que se puede hacer con una desesperación de ese tamaño.
Leerlo así, todo junto, veintidós años de una vez, tiene algo de abusivo. No es un libro para llevar en el bolso. Lo tuve tres días en la mesa de la cocina, que es donde acaban los libros que no sé por dónde coger, y lo iba abriendo mientras se hacía la cena. No lo recomiendo como método y a la vez creo que fue el método correcto: hay una escritura que no se deja leer del tirón porque no está pensada como recorrido sino como territorio. Se entra, se sale, se vuelve. Uno no lee el desierto de Atacama de principio a fin.
Hay una idea en la presentación del volumen que me tuvo dándole vueltas más tiempo del que pensaba dedicarle: la de que en Zurita las palabras convierten la página en superficie real, que están en el espacio, que el paisaje se registra como masa y como fuerza y no como símbolo. Suena a formulación de crítico y sin embargo describe una experiencia física de lectura. Los poemas pesan. Ocupan. Hay páginas donde el texto se comporta menos como algo que dice y más como algo que está puesto encima. Yo leía y me sorprendía a mí misma pasando el dedo por el papel, que es un gesto ridículo, porque el papel estaba liso.
No voy a fingir que este es un libro cómodo ni que lo entendí entero. Hay tramos en los que Zurita repite, insiste, vuelve sobre lo mismo con variaciones mínimas, y en esos tramos yo me perdía y me impacientaba y pensaba cosas poco elegantes. Después entendí —o me convencí de haber entendido, que no es igual— que la insistencia es el asunto. Un hombre que fue torturado en 1973 y que lleva medio siglo escribiendo sobre lo que le hicieron a su país no tiene por qué buscar formas nuevas de decirlo cada vez. La repetición es lo que hace el dolor. Reprocharle a un libro que repita cuando está imitando el funcionamiento del daño es no haber estado escuchando.
Lo que más me removió, con todo, no fueron los poemas grandes. Fue darme cuenta de que un volumen así, una poesía completa, es un objeto raro y un poco fúnebre. Se publica cuando ya se puede trazar la línea entera. Zurita está vivo, escribiendo, y aun así este libro tiene la forma de un inventario, de una caja de fotos fechadas que alguien ordenó antes de tiempo. Hay algo generoso y algo triste en dejarlo todo puesto en orden para quien venga después.
No sé quién va a leer esto dentro de cien años. Zurita tampoco, y ha escrito igual, con excavadoras y con avionetas y con este tercer tomo que ahora está en las librerías. Las letras del desierto siguen ahí, cada año un poco más borrosas, esperando que alguien pase por encima en avión y mire hacia abajo por casualidad.
— Gema Millán Nieto








