La carta que se escribe por si acaso
Mi padre me llamaba los domingos a las ocho. No teníamos gran cosa que contarnos, así que hablábamos del tiempo que hacía en su ciudad y del que hacía en la mía, como si fuéramos dos corresponsales meteorológicos destinados en frentes distintos de la misma guerra pequeña. Cuando colgaba me quedaba siempre con la sensación de que la conversación importante no la habíamos tenido y de que ninguno de los dos sabía cómo empezarla.
Defender El Álamo, el libro con el que Joaquín Pérez Azaústre vuelve a la poesía después de ocho años, va de esa conversación que no se tiene. El jurado del Premio Generación del 27 lo describió como un discurso construido en torno a la paternidad vivida en la distancia, con la imagen de sostener un baluarte afectivo pese a la separación geográfica, y con la escritura entendida como resistencia frente al tiempo y la ausencia. La palabra se vuelve carta y legado para el hijo. Eso dice el jurado y es verdad, aunque leído así parezca más ordenado de lo que resulta el libro por dentro.
El Álamo del título es la misión de Texas, el sitio donde un puñado de hombres decidió quedarse a defender algo que ya estaban perdiendo. Como metáfora de la paternidad a distancia es de una crudeza que agradezco. No dice: estoy lejos pero te quiero igual. Dice: estoy defendiendo una posición indefendible y no me voy a mover. Hay una diferencia enorme entre esas dos frases y el libro entero cabe en ella.
Pérez Azaústre viene de un Adonaís de 2001 y de una lista larga de premios —el Loewe joven, el Loewe, el Jaime Gil de Biedma—, y también de haberse pasado los últimos años escribiendo novelas, una de ellas sobre los hermanos Machado. Se le nota. Este es un libro con narración dentro, con escenas, con un tiempo que avanza. El propio jurado habla de un estilo entre el verso narrativo y una intensidad lírica alta, y esa mezcla es exactamente lo que hace que unos poemas funcionen y otros no. Cuando la escena manda —un aeropuerto, una despedida, una habitación de hotel— el libro está vivo. Cuando el poema se pone a explicar lo que la escena ya había dicho, se apaga un poco. Me pasó dos o tres veces y las dos o tres veces pensé que el poeta no se fiaba del todo de sus propias imágenes.
Lo que sí me atravesó es el gesto de fondo, y es un gesto que tiene algo de siniestro además de conmovedor. Escribir un libro para un hijo es escribir para alguien que todavía no puede leerlo. Es dejar un mensaje en una lengua que el destinatario aún no domina, confiando en que dentro de quince años lo abra y lo entienda y no le dé vergüenza. Es una apuesta desmesurada. Y también es una forma discreta de decir: yo no voy a estar siempre, esto es lo que dejo, léelo cuando puedas.
Hay un canto de amor con advertencias sobre la dureza del futuro, según la formulación del jurado, y esa parte de advertencia es la que menos suele contarse cuando se habla de poesía de la paternidad. Se espera ternura. Se espera el niño dormido, la mano pequeña, la lista de deseos buenos. Aquí hay algo de eso, pero hay sobre todo un padre que sabe que el mundo al que llega el hijo no va a ser amable y que duda si mentirle o no. Yo, que no tengo hijos, leí esa duda con una incomodidad rara, la de estar viendo a alguien tomar una decisión que no me corresponde.
El libro tiene un problema de dosis, creo. Ochenta y tantas páginas de intimidad sostenida a esa temperatura acaban pesando, y hacia el último tercio yo ya iba pidiendo un poco de aire, un poema que mirase hacia otro lado, algo. Puede que sea culpa mía y de haberlo leído de un tirón un martes por la noche, que es la peor hora para leer nada sobre padres.
De lo que no tengo duda es de que aquí hay un hombre haciendo lo único que sabe hacer con una distancia que no puede reducir. Mi padre usaba el parte meteorológico. Pérez Azaústre usa esto. Ambos métodos son insuficientes y no hay otros.
— Gema Millán Nieto








