La herida en el labio y lo que no cabe decir
Me muerdo el labio cuando pienso. Es un gesto tonto y automático que llevo haciendo desde niña y que me deja, en las semanas malas, una herida pequeña en el mismo sitio exacto, por dentro, que se abre y se cierra y se vuelve a abrir. Nadie la ve. No duele casi. Es una cosa mínima que me acompaña desde hace treinta años y de la que no había hablado nunca hasta esta frase.
Abrí Gramática locura, el nuevo libro de Ada Salas en Pre-Textos, y lo primero que me encontré fue esto: lo pequeño no tiene importancia, hoy tiene una herida en el labio. Dos líneas. Se me cayó un poco el estómago, con esa mezcla de vergüenza y alivio de cuando alguien nombra una cosa tuya que creías que era solo tuya.
Ada Salas escribe así desde hace treinta años. Con poco. Con muy poco. Martín López-Vega ha dicho de sus versos que no son difíciles pero que no admiten lectores apresurados, que en ellos el tiempo se suspende por una escritura que se abre en varias direcciones a la vez, con cada palabra guardando puntos de fuga. Álvaro Valverde ha señalado que en el panorama actual hay pocas obras tan vertebradas y tan ajenas a la moda como la suya. Las dos cosas son ciertas y las dos se quedan cortas, porque describen el resultado y no lo que uno siente leyéndolo, que es más bien una especie de vértigo administrado.
La operación de Salas consiste, básicamente, en quitar. Quita adjetivos, quita conectores, quita el andamiaje que en otros poetas sostiene el sentido. Lo que queda son palabras sueltas separadas por espacios grandes, y esos espacios no son decorativos: son donde ocurre el poema. Uno tiene que cruzarlos. Y cada lector los cruza por un sitio distinto, con lo cual el libro no dice exactamente lo mismo a dos personas. Esto suena a tópico crítico y sin embargo es literal: le leí en voz alta dos páginas a una amiga y entendimos cosas incompatibles.
El título mete dos palabras que no deberían ir juntas. Gramática es orden, regla, sitio para cada cosa. Locura es lo contrario. Ponerlas una al lado de la otra sin ni siquiera una conjunción que las medie —ni gramática de la locura, ni gramática y locura— es ya el programa entero del libro. La sintaxis rota como forma de pensar lo que la cabeza hace cuando se desordena. Y una advertencia: aquí no hay romantización de nada. No es un libro que celebre la locura ni que la use de adorno. Es un libro que intenta darle una estructura, que es un gesto mucho más humilde y mucho más difícil.
No todo me llegó. Hay poemas en los que la elipsis se me quedó del lado de acá y no conseguí cruzar, y después de tres intentos pasé de página con la sensación de estar fallando yo. Puede que fallara yo. Con Salas nunca sé si el vacío es la puerta o es el muro, y sospecho que ella tampoco lo sabe siempre, y que eso forma parte del trato. Es una poesía que exige mucho y no promete nada a cambio. Hay algo casi antipático en esa honestidad.
También hay una cuestión de respiración que conviene avisar. Estos poemas están construidos para ser dichos despacio, con paradas que no coinciden con las que marcaría la puntuación si la hubiera, porque no la hay casi. Yo empecé leyéndolos como leo todo, deprisa y por encima, y no funcionaba: salían frases mochas, cosas sin sentido. Hubo que aprender a respirar dentro del libro, que es una expresión que en cualquier otra reseña me parecería una cursilada y que aquí describe una tarea concreta y algo fatigosa. Al tercer intento el mecanismo encajó. No sé decir qué cambié.
Pienso también en lo que supone publicar así en 2026, cuando lo que circula y se comparte es lo que se entiende a la primera. Salas lleva tres décadas haciendo lo contrario sin levantar la voz ni explicarse, y ahí sigue, en Pre-Textos, con la misma economía de medios y sin un gramo de concesión. Eso, en el panorama que hay, se parece bastante a la terquedad.
Lo leí en dos tandas de media hora, con días de por medio, que es la única manera que he encontrado de leer a esta mujer sin acabar mareada. En la segunda tanda me di cuenta de que estaba leyendo más despacio de lo que leo normalmente, y no por decisión: el libro te frena. Baja tus revoluciones. Sales de él con el pulso de otra persona.
Sigo con la herida en el labio. Sigue sin tener importancia. Ada Salas ha escrito un libro entero para explicar por qué esa frase es falsa, y lo ha hecho sin decirlo en ningún momento, que es lo suyo.
— Gema Millán Nieto








