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Coplas de rojo y negro, de José Julio Brossa. La taza que no se tira

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La taza que no se tira

En el armario de la cocina de mi abuela había una taza con un dibujo de gallos que nadie usaba. Estaba desportillada por un lado. Cuando murió, mi madre se la quedó, y cuando nos cambiamos de casa la envolvió en papel de periódico con un cuidado que no le ponía a las tazas buenas. La taza fea era la única que importaba. No me preguntó nada. Yo tampoco le pregunté. Hay cosas que se entienden sin tener que explicarlas, y casi siempre tienen que ver con alguien que ya no está y con un objeto que sobrevive.

Me acordé de la taza leyendo *Coplas de rojo y negro*, de José Julio Brossa, que es un libro lleno de tazas. De café, sobre todo. Hay un poema en el que el autor prepara el ColaCao caliente del muerto y lo deja en la mesilla. Otro en el que dice que ojalá pudieran no perderse «los cafés con leche a media tarde». Otro en el que pasa la mano por la taza del ausente y se prepara uno para él. Leí esos poemas y dejé de leer un rato para mirarme las manos, que es lo que hago cuando un libro me toca algún sitio que no sabía que tenía abierto.

No es un libro fácil de contar. Son poemas muy cortos, a veces de una sola línea. «Sangré lágrimas y me sequé.» Ya está. No hay más. Y una piensa: esto es muy poco. Y luego piensa: esto es exactamente lo que es. Porque el dolor no se explica, el dolor interrumpe. Te deja a media frase. Brossa escribe como se llora de verdad, a trompicones, diciendo una cosa y callándose tres. Aunque también lo ordena todo en siete etapas del duelo. Aunque también tiene estructura. Esa contradicción —el caos del dolor metido en un esquema tan limpio— es una de las cosas que más me ha gustado, no sé si porque me consuela o porque me incomoda. A lo mejor las dos.

Hay rabia en el libro, y la rabia me interesó más que la pena, porque la pena en los libros suele estar bien educada y la rabia no. Brossa se enfada. Se enfada con la muerte, se enfada consigo mismo, y sobre todo se enfada con Dios, al que le habla de tú y le pide explicaciones que no llegan. «Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?» Yo no sé si creo en Dios, la mayor parte de los días creo que no, pero entendí perfectamente ese enfado, porque es el enfado de querer que haya alguien a quien echarle la culpa. Cuando alguien se muere necesitas un culpable, y si no hay ninguno te lo inventas, y si encima tienes un Dios a mano, mejor. Brossa lo tiene a mano. Lo usa. Y luego, lo más raro de todo, lo perdona, o casi.

Lo que no me esperaba era reírme. Hay un poema en el que se acuerda del muerto y le dice «¡Qué pesadito eras!», y yo me reí en voz alta, sola, en el sofá, como una idiota. Porque es verdad que a los muertos los queremos también por lo pesados que eran, y que decirlo en voz alta, en un poema, es una manera de tenerlos un rato más. Ese «pesadito» me pareció el verso más vivo del libro. Más que todos los que hablan del cielo.

El autor pinta, además. Las ilustraciones son suyas. Y se nota, porque hay un poema en el que se pregunta cómo se pintan las penas y se contesta solo: «un punto rojo sobre un fondo negro». No lo explica. Menos mal. Si lo hubiera explicado se habría estropeado. Lo deja ahí, como una mancha, y una lo entiende con el cuerpo antes que con la cabeza: el dolor es eso, una cosa pequeña y roja que no ocupa toda la vida pero la pone toda del color que ella quiere.

Hay un poema que se llama «El parte» que me dejó pensando. El autor está viendo el parte del tiempo en la tele —chubascos, bajada de temperaturas, frente frío, posible nieve en las cumbres— y de pronto dice que ese es «el parte de tu ausencia» y que él se convierte en tormenta. Me gustó porque es exactamente así como funciona el duelo: te pilla viendo la tele, haciendo algo tonto, y de golpe todo lo que estabas mirando se convierte en otra cosa, en una metáfora de lo que te falta. No hay aviso. No hay frente frío que te lo anuncie. Brossa pone el duelo donde de verdad ocurre, que no es en los grandes momentos sino en los pequeños, en mitad de una previsión meteorológica. Eso es difícil de hacer sin que parezca un truco, y a él no le parece un truco. Le sale.

Otra cosa: el libro tiene siete partes, que son las siete etapas del duelo, y normalmente esas cosas me dan pereza, porque parecen un esquema de manual de psicología metido con calzador. Aquí no me lo pareció. A lo mejor porque el autor dice que la estructura la descubrió después, ordenando los poemas, no antes. Y le creo. Se nota cuando una estructura es de verdad y cuando es un andamio puesto para que parezca que hay edificio. Aquí hay edificio. Pequeño, con las paredes finas, pero en pie. Y dentro, mucha gente preparando cafés para alguien que no va a venir.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Es pequeño, es de una editorial pequeña, no tiene a nadie haciéndole ruido. Probablemente pasará desapercibido para casi todos, como pasan desapercibidas las tazas feas hasta que se muere alguien. Pero hay libros que están ahí, esperando, para quien le haga falta. Este es de esos. No voy a decir que lo compren. Voy a decir que existe, que es honrado, y que el día menos pensado, preparando un café de más sin darse cuenta, se van a acordar de que lo leyeron.

Yo todavía tengo la taza de los gallos en algún cajón. Sigue desportillada. Sigo sin tirarla.

— Gema Millán Nieto

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