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Caminantes, de Isabel Martín Grande. Lo que se queda cuando se va lo que se quiere

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Lo que se queda cuando se va lo que se quiere

Leí Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, en dos sentadas y con un nudo en el estómago que no era literario, era físico. Me pasa pocas veces. La poesía del duelo suele dejarme fría, porque casi toda está escrita desde una solemnidad que parece más preocupada por quedar bien delante del cadáver que por el cadáver mismo. Este libro no. Este libro tiene las uñas sucias de haber escarbado de verdad.

La autora es psicóloga clínica, lo cual me hizo arquear una ceja al principio, porque me imaginé un libro con diagnóstico incorporado, las cinco fases del duelo en verso. Y resulta que es justo lo contrario. Lo primero que hace es renegar de su propio gremio: avisa de que aquí no hay manual, que «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra». Y más adelante, por si quedaba duda, sentencia que las respuestas de los libros «son cenizas y no sirven». Una psicóloga diciendo que la teoría no sirve cuando duele de verdad. Eso, viniendo de quien viene, es casi una traición a la corporación, y a mí las traiciones bien hechas me encantan.

El libro va de la muerte de alguien a quien se quiso mucho. Está dividido en tres partes que cuentan, por orden, cómo apareció esa persona, cómo fue tenerla y cómo es no tenerla. Me parece importante que empiece por el principio y no por la tumba, porque el duelo no es la muerte, el duelo es todo lo que viene después de haber amado, y para entender lo segundo hay que haber visto lo primero. La autora lo sabe y se toma su tiempo. No tiene prisa. En un mundo que te da una semana de baja por defunción y luego espera que vuelvas sonriente a la oficina, tomarse tiempo para el dolor es un acto casi político.

Hay cosas del cuerpo aquí, y eso me gusta, porque el duelo es del cuerpo antes que del alma. La voz habla de la piel de las manos, de los surcos de la cara donde quedan grabados los besos del otro, de un amor que era «un pulso de sal y cal viva». La sal y la cal: lo que escuece y lo que quema. No hay nada etéreo en este duelo, todo tiene textura, peso, temperatura. Cuando la autora escribe que la soledad «se torna un óxido muerto», una entiende perfectamente de qué habla: esa cosa parda y corrosiva que se te instala dentro y no hay viento que se la lleve.

Lo que más me descolocó, en el buen sentido, fue un poema en el que el idioma se rompe a propósito. De repente la lengua se vuelve trabalenguas, palabras inventadas, un galimatías tierno «para reírnos de todo. Para vivirnos de nuevo». Me reí y se me saltaron las lágrimas a la vez, que es la reacción más honesta que puede provocar un poema. Porque eso es exactamente lo que se pierde cuando se muere alguien con quien compartías una vida: el idioma privado, las palabras tontas que solo entendíais los dos. Que alguien tenga el valor de meter eso en un libro de duelo, y encima haciéndolo sonar como suena, me parece de una inteligencia emocional brutal.

No es un libro perfecto ni falta que le hace. A veces la belleza de las imágenes está a punto de domesticar demasiado el horror, de ponerle un lazo. Pero entonces llega un verso seco, sin adorno —«No puede ser verdad que un cuerpo ya no te tenga»— y todo vuelve a su sitio, al sitio incómodo donde tiene que estar la poesía del duelo. La autora tiene el oído entrenado para saber cuándo callar la música y dar el golpe.

Y luego está el final, que podría haber sido un desastre cursi y no lo es. Lo perdido, dice, «crecéis en semillas de versos». Podría sonar a taza de desayuno motivacional, pero no suena, porque para entonces ya te has tragado todo el dolor con ella y te has ganado el derecho a la esperanza. No es que el muerto vuelva ni que todo se arregle. Es que el dolor, removido lo suficiente, acaba dando de sí otra cosa. A veces esa cosa es un libro. Este libro.

Lo recomiendo a todo el que esté en mitad de un duelo y esté harto de que le digan que sea fuerte. Aquí nadie te dice que seas fuerte. Aquí alguien que ha pasado por ello se sienta a tu lado, te enseña sus heridas sin pedir nada a cambio, y te recuerda que mientras quede alguien escribiendo y alguien leyendo, «nadie camina solo». A mí me bastó.

Hay una cosa que no he dicho y que es, quizá, la que más me removió. Este libro va de una pareja, de un amor adulto que se acaba con la muerte, pero por debajo va de algo más grande y más incómodo: de lo que hacemos con el tiempo que nos queda cuando ya sabemos que se acaba. La autora cuenta las horas, literalmente, las cuenta como una avara cuenta monedas, y en esa contabilidad obsesiva hay una verdad que preferimos no mirar: que el amor, mientras dura, no sabe que se va a morir, y que solo después, cuando ya no está, empezamos a contar lo que tuvimos. Leerlo me hizo llamar a mi madre. No sé si hay elogio más alto que ese para un libro.

Y sobre la autora siendo psicóloga, que al principio me echaba para atrás: ahora pienso que es justo lo que hace especial el libro. No porque aplique la teoría, que ya he dicho que la manda a paseo, sino porque ha pasado años escuchando a otros contar sus pérdidas y eso se le ha quedado en el oído. Sabe cómo suena el dolor de verdad, el que no posa para la foto. Por eso sus versos, hasta cuando son hermosos, tienen siempre un fondo áspero, una arenilla que no deja que te relajes. Es la diferencia entre el que escribe sobre el duelo y el que escribe desde dentro del duelo. Caminantes está escrito desde dentro, y se nota en cada página. Léanlo. Incomoda lo justo y acompaña mucho.

— Gema Millán Nieto

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