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«Cuando todo está dicho», de Saúl Braceras

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El cinismo como arte de supervivencia

El inicio de «Cuando todo está dicho» nos sumerge de lleno en una voz narrativa que es, a la vez, repulsiva y fascinante. Braceras construye un protagonista que se define a sí mismo como un «paracaidista»: un tipo que atraviesa la vida con el mínimo esfuerzo, movido por la inercia del alcohol, los contactos de alcurnia y un cinismo absoluto.

Lo más potente del texto es su primera persona. El narrador no intenta caer bien al lector; se confiesa alcohólico, clasista y oportunista desde las primeras páginas. Esta honestidad brutal, despojada de moralismo, dota a la historia de un realismo sucio y sofisticado. La referencia inicial a Borges no es gratuita: establece un juego entre la realidad y el recuerdo, sugiriendo que lo que estamos por leer es la versión subjetiva (y probablemente distorsionada por el whisky) de un superviviente.

Braceras maneja un estilo ágil, trufado de ironía y críticas sociales mordaces. Es especialmente brillante el pasaje sobre el cambio de nombres de las calles (de George Canning a Scalabrini Ortiz) y cómo el protagonista utiliza la ambigüedad lingüística («Lange Ley» frente a «Langley») para fingir un pasado vinculado a la CIA. Este detalle revela la naturaleza del personaje: un simulador que conoce bien los hilos de la vanidad humana.

El escenario inicial —una gala de premios en un hotel— sirve como marco perfecto para desplegar el contraste entre la «sonrisa implantada» de la alta sociedad y la decadencia interior del protagonista, que soborna camareros para mantener su vaso lleno. El ritmo es fluido, con anécdotas que saltan del presente al pasado  sin perder el hilo conductor.

Bajo la superficie de una novela de «periodismo basura» y excesos, se percibe una reflexión sobre la identidad y el destino. El protagonista se ve a sí mismo como alguien que hace «lo menos posible para obtener cualquier cosa», una oda a la abulia que choca con el mundo hiperactivo y exitista que lo rodea.

«Cuando todo está dicho» promete ser una novela de picaresca moderna. Saúl Braceras logra capturar esa decadencia elegante de quien ha visto los bajos fondos desde las suites de los mejores hoteles. Es una lectura recomendada para quienes disfrutan de narradores poco fiables, antihéroes declarados y una prosa que no teme ser políticamente incorrecta.

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