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«Hacerse imagen», de Julen A. Carreño

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El Verbo que se hace Carne (y Silencio)

En un panorama poético a menudo saturado de confesionalismo vacuo o experimentación estéril, «Hacerse imagen» de Julen A. Carreño (I Premio de Poesía El Laberinto de Ariadna) surge como una anomalía luminosa. El libro no es solo una colección de poemas; es un tratado sobre la percepción, un ejercicio de mística cotidiana que intenta resolver la tensión entre lo que vemos y lo que realmente es.

Carreño fundamenta su obra en una premisa de Max Picard: la palabra como misión que emana del silencio. El autor estructura el libro mediante los «Silencios» (nombrados con letras del alfabeto hebreo: Alef, Bet, Guímel, Dálet) que actúan como columnas vertebrales de una reflexión profunda sobre la divinidad y la identidad. Para Carreño, el silencio no es ausencia, sino el «negativo» necesario para que la realidad se revele.

Lo más impresionante de este poemario es su capacidad para sacralizar lo doméstico. El autor utiliza la figura del padre y la mirada del hijo como lentes para observar el mundo. En la serie de las «Luminarias», el poeta recurre al haibun (prosa seguida de haiku) para capturar instantes mínimos: el croar de unos niños ante una fuente vacía, una ramita en el adoquinado tras la lluvia o el juego con un escarabajo «zapatero». Hay una ternura intelectualizada que recuerda a la poesía de lo sagrado.

El título, «Hacerse imagen», alude a la cita de Corintios que abre el volumen. El poeta sugiere que el ser humano pasa la vida intentando «comparecer ante su imagen». Es un viaje de despojo: para verse en el espejo, el hombre debe hacerse pequeño, casi invisible. Los versos «Hijo mío, ya verás qué pequeño / tendrás que hacerte, llegado el momento, / para comparecer ante tu imagen» encapsulan la humildad ontológica que atraviesa toda la obra.

Carreño maneja con soltura tanto el verso libre de ritmo pausado como la brevedad del haiku. Su lenguaje es limpio, «ferroso» (como él mismo describe el latir de la sangre) y cargado de referencias culturales que van desde Rulfo y su Comala hasta Descartes, pero sin caer nunca en el culturalismo pedante. La estructura es cíclica, coherente y está dotada de una musicalidad que busca, precisamente, imitar ese «vuelo de las aves» que menciona en el primer poema.

 «Hacerse imagen» es un libro de una madurez sorprendente. Julen A. Carreño ha logrado escribir un poemario que es, a la vez, una oración laica y un estudio sobre la estética de la mirada. Es una invitación a detenerse, a «entrecruzar las manos para no perder mundo» y a entender que, al final, somos lo que decidimos mirar en el silencio. Una obra imprescindible para quienes busquen en la poesía algo más que sentimiento: una búsqueda de verdad.

 

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