Esta tormenta ya va a Carmona
Mi madre desenchufa la tele cuando hay tormenta. La nevera no, porque se le estropea lo de dentro, pero la tele y el microondas y el router sí, uno detrás de otro, con un orden que no ha cambiado desde que yo era pequeña. Luego se sienta en el sofá a oscuras, con el móvil apagado encima de las rodillas, y cuenta los segundos entre el relámpago y el trueno. No reza, pero mueve los labios. Una vez le pregunté por qué desenchufaba la tele si en su casa nunca se había quemado nada. Me dijo que en el pueblo de su madre sí. Y ya está. Esa fue toda la explicación.
Me acordé de ella, de sus labios moviéndose en la oscuridad, leyendo “Tormenta”, uno de los poemas de Sinencuentro, el libro que han escrito entre Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero. En el poema hay una mujer que se llama Encarnita, «más que septuagenaria señorita» (p. 20), a la que le dan miedo las tormentas, y una noche entera de truenos vista desde un salón. Y en mitad del poema, cuando la cosa se pone fea, aparece mi madre. O alguien que hace exactamente lo mismo: «Hay que desconectar los aparatos, / consecuencias del cercano pasado, / cuando la electricidad se iba / en todo un pueblo con las tormentas.» (p. 21). Lo leí dos veces. Luego le mandé un mensaje a mi madre que no tenía nada que ver con nada, solo para ver si contestaba.
Encarnita reza a santa Bárbara, de la que ya no se acuerda casi nadie, y al Sagrado Corazón. Los rayos son cada vez más y la tormenta da miedo y también, de pronto, da admiración, que es una cosa que pasa y que casi nadie cuenta: el momento en que el miedo se convierte en espectáculo y te quedas mirando por la ventana aunque no deberías. «Nos hace minúsculos, pequeñuelos.» (p. 21), dice el poema. Y luego la tormenta se aleja y el poema la despide con una frase que me ha hecho más gracia que nada en mucho tiempo, porque es lo que se dice allí, en esas tierras, cuando ya ha pasado lo peor: «Esta tormenta ya va a Carmona.» (p. 22). Como si la tormenta fuera una vecina pesada que se marcha a molestar a otro pueblo. Y vuelve la tele. Y hay que acostarse, que es tarde.
Lo que viene ahora cuenta cómo acaba la historia, aunque el título ya lo cuenta antes que yo. No sé si es la misma tormenta que la de la segunda parte. Creo que sí. Creo que él, Graciani, cuenta la tormenta a través de Encarnita porque no puede contar la suya, la de verdad, la que le pilló dentro de un coche con la mujer a la que llevaba años escribiendo. Esa la cuenta ella. Eloísa Zapata Tinajero, en dos páginas de prosa que he leído con el estómago encogido: una comida, un cielo que se pone a echar rayos, él que la acerca a casa en el coche por ese motivo «o pretexto» (p. 77), y que se declara mientras fuera caen las aguas. Y ella dentro del coche, con el cuerpo diciendo una cosa y la cabeza diciendo otra: «El corazón me latía con la fuerza de los truenos.» (p. 78).
Lo que hace después es lo que me ha dejado pensando. Dice que no. Se baja del coche. Y entonces escribe la frase que más me ha costado leer de todo el libro, porque es tan pequeña que da vergüenza: «Me encerré en mi habitación.» (p. 78). No dice que llorara. Dice que se abrazó a la almohada y se hizo una pregunta: «¿Por qué este sinencuentro? Me pregunté abrazada a la almohada.» (p. 78). Una mujer mayor abrazada a una almohada después de decir que no. Yo eso no lo había leído nunca. No sé por qué, porque seguro que pasa todo el rato, en muchas casas, con la persiana bajada.
La primera parte, la de él, la he leído con más distancia, la verdad. Hay poemas que son felicitaciones de Navidad y no sé muy bien qué hacer con ellos, y hay otros en los que el verso se enreda en giros antiguos que a veces me sacaban del libro. Pero me ha ganado cuando se ríe de sí mismo, que lo hace a menudo y sin avisar. Después de dos páginas enteras rimando año con tiempo, se para y dice: «Qué rollo he parido este año.» (p. 43). Y pide perdón por hacer perder el tiempo, aunque no lo siente en absoluto, se nota. También me ha ganado el estribillo que repite, «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28), porque es verdad, y porque ella lo repite casi igual en su parte, como quien devuelve una cosa prestada.
Hay un poema que me gustó por raro. Se llama “Acta Notarial” y en él habla la ciudad, como si Sevilla fuera una señora en bata que se asoma al balcón y lo ve todo: «Yo Sevilla, de ambos residencia, / que Testigo fui de la incidencia.» (p. 19). Me hizo pensar en las vecinas de mi abuela, que sabían quién salía con quién antes que los interesados. Y me hizo pensar que este libro también es eso, una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce, donde dos personas que estudiaron en la misma facultad siguen comiendo juntas tantos años después, donde un hombre se declara en un coche y al día siguiente lo sabe, por lo menos, la ciudad. La ciudad y nosotros, que ahora también lo sabemos.
El libro termina con un señor y una señora mayores, vecinos de Sevilla, que van a volver a comer juntos con otros amigos dentro de quince días. Ella no sabe si irá. Él tampoco, supongo. «¿Asistiré? ¿Asistirá él?» (p. 78). Mientras tanto, él le sigue mandando los buenos días por WhatsApp, y ella contesta con unas gracias muy cortas. Eso no es un final. Es lo que pasa después de las tormentas, que todo vuelve a enchufarse y parece que no ha pasado nada, aunque haya pasado.
Mi madre me contestó el mensaje al rato. Me puso que estaba bien, que por allí no llovía. No le pregunté si había desenchufado la tele.
— Gema Millán Nieto





