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De entre sonidos de David García Lamela: una paloma en el dormitorio

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Una paloma en el dormitorio

Mi abuela tuvo durante años un canario que no cantaba. Se llamaba Pepito, como todos los canarios de las abuelas, y vivía en una jaula colgada junto a la ventana de la cocina, encima del fregadero, de modo que el pobre pasó la vida entre vapores de lentejas. Mi abuela le hablaba todas las mañanas. Le decía cosas muy concretas: que hacía frío, que había que ir al mercado, que mi madre no llamaba. El canario no contestaba nunca. Cuando se murió, mi abuela dejó la jaula colgada, vacía, otros dos años. Decía que la cocina sonaba rara sin él. Yo era pequeña y no entendía cómo podía echar de menos el ruido de alguien que no hacía ruido.

Me acordé de Pepito leyendo De entre sonidos, de David García Lamela, que está lleno de animales. Un gato, una paloma, un pichón, un jilguero, perros que ladran lejos, vencejos, un cisne. Y ninguno está ahí para decorar. Están porque el libro trata de eso que mi abuela sabía y yo no: que lo que suena de verdad en una casa no siempre es lo que hace ruido.

El poema que más me ha durado es uno de los últimos, “Lista de cosas fáciles de perder” (pp. 93-94), dedicado a Simon Armitage. Un hombre ha recogido una paloma, o un pichón caído, no queda del todo claro y no importa, y la tiene en casa, y antes de soltarla quiere grabarla con el teléfono. Así, tal cual: «quiero grabarte hinchando pecho / y zureando al compás de tu danza, / con el móvil por el dormitorio» (p. 93). Me hizo gracia y me dio pena a la vez, que es como me dan casi todas las cosas que importan. La imagen del móvil en el dormitorio, siguiendo a una paloma que se pavonea por el suelo, es ridícula y es tierna y es exactamente lo que haría cualquiera. Lo que yo haría. Lo que hizo mi abuela con la jaula, más o menos, pero en su versión de entonces.

Y luego el poema se pone a pensar en lo que se pierde. En que hay que soltar a lo que se quiere. En que la paloma no es un perro que vuelve con la pelota llena de tierra. Y termina con una frase que tiene ese humor seco de quien está a punto de llorar y decide no hacerlo: «Habrá que hacer una doble lista, Simón» (p. 94). No sé muy bien qué es una doble lista. Creo que el poema tampoco lo sabe. Me gusta que no lo sepa.

Hay otro animal, antes, en “El cielo deshabitado” (p. 32), y ese es más difícil. El hablante encuentra a un animal herido y lo levanta del suelo, y hay un momento en que el gesto se vuelve casi un vuelo: «Te arranqué del suelo con mis manos / y te sentiste volar como de nuevo» (p. 32). Después vienen las dudas, que son las de cualquiera que haya recogido algo moribundo en la calle (yo lo hice una vez con una cría de gorrión, y no sé si hice bien, y todavía no lo sé). Si salvarlo o dejarlo. Si uno se mete donde no le llaman. El poema lo dice con una ironía contra sí mismo que me pareció muy honesta: «O tal vez soy yo quien tiene las manos largas» (p. 32). Manos largas. Para ayudar y para entrometerse. Las dos cosas a la vez.

Y está la gata. En “Nada ha cambiado, Wisława” (p. 50), un homenaje a Szymborska, habla una gata que se ha quedado sola en el piso. Me gustó que el poema le diera a la gata la voz entera, con su orgullo y su rencor, y que no la usara de excusa para hablar del dueño. La gata está enfadada. Mira al techo por si aparece algún signo. Promete bufar. Y no cuenta lo triste que está porque los gatos no cuentan eso, lo hacen. Las comidas, dice, ahora son espaciadas y dosificadas «como en los hospitales» (p. 50). Esa comparación me dejó quieta un rato. Es la clase de detalle que solo pone alguien que ha estado en un hospital esperando a alguien. O eso me parece.

No todo el libro me ha llegado igual. Hay muchos poemas sobre el silencio que hablan del silencio, y eso, a veces, es como explicar un chiste. La palabra alma aparece tantas veces que en algún momento dejé de oírla, como dejas de oír la nevera. Me pasó más en los poemas largos de naturaleza que en los pequeños. Y hay versos que no se fían de su imagen y la terminan traduciendo. Pero luego llega otra cosa muy concreta, muy pequeña, como un poema de la primera parte en el que unas palabras se manchan «como un rímel corrido / de trasnoche y sudor» (p. 19), y ya está. Vuelves a creer. El libro es así, o lo he leído yo así: a ratos se aleja y a ratos se te sienta al lado.

García Lamela es de Cádiz, vive en San Fernando y trabaja con personas mayores y con niños. Lo dice su biografía y lo dice también el libro, que está lleno de aulas, de tiza, de abuelas que esperan en un rincón de la casa a que vuelva alguien. No sé si eso tiene que ver con los animales. Probablemente sí. La gente que cuida suele fijarse en los que no hablan.

Hay un poema muy corto, “Notas perdidas” (p. 95), de cuatro versos, en el que un jilguero negro está mojado al borde de un charco, sin canto, y alguien dice que perdió sus notas en el agua. Lo leí y pensé en Pepito otra vez, en la jaula vacía encima del fregadero, en mi abuela hablándole al hueco. Nunca le pregunté qué le decía en esos dos años. A lo mejor le seguía contando que hacía frío. A lo mejor el canario, al final, sí cantaba, y era yo la que no sabía oírlo.

— Gema Millán Nieto

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