Actualizarse es olvidar un poco
El otro día mi móvil me pidió una actualización y yo le dije que sí, como siempre, sin leer. Cuando terminó, había cambiado el sitio de dos botones y yo estuve diez minutos buscando el que usaba cada día. No pasó nada. Pero me quedé con una sensación rara, que no sé nombrar bien: como si alguien hubiera entrado en mi casa, mueble a mueble, y lo hubiera movido todo un palmo a la izquierda.
Me acordé de eso con La dimensión conocida, de Diego Rodríguez Reis, que Pre-Textos publica en cincuenta y dos páginas por diez euros. Es de los libros más finos que he tenido esta semana. Se abre sin esfuerzo. La editorial, además, ha puesto como extracto un poema que casi se resume solo: de la experiencia moderna, dice, queda una moraleja, y la moraleja es que a veces actualizarse es perder memoria. Ese poema se llama Combatiendo el algoritmo.
Lo cuento tal como aparece en la ficha, y no más: el poema es un extracto, y de un extracto no se puede sacar un libro. Pero ya con eso se entiende algo del tono. Un tono bajo, sin aspavientos, que dice la cosa en seis versos cortos y no la explica. Yo, que prefiero siempre a quien no explica la metáfora, lo agradezco.
La editorial recoge también un fragmento de prensa, de La Nación, que apunta que los textos hablan de los espacios cotidianos, a veces con amabilidad y a veces alienados, falseados o desnaturalizados, y que lo bueno, como escribió Kafka, es siempre en cierta forma algo triste. No sé en qué contexto lo dijo Kafka; la ficha lo recoge y yo lo repito sin comprobarlo. Pero la idea de que lo bueno es siempre un poco triste me parece verdadera y peligrosa a la vez, porque justifica cualquier cosa.
Esa es mi reserva principal. La poesía sobre lo cotidiano y lo digital tiene una trampa, y es que el tema es tan reconocible que el lector asiente antes de leer. Todos hemos sentido eso del algoritmo. Todos hemos perdido un botón. Un poema que apela a esa experiencia gana puntos sin esfuerzo, y por eso mismo tiene que esforzarse el doble para decir algo que no sepamos ya. No sé si lo consigue el libro entero. Con un solo poema delante no se puede saber.
Lo que sí me gusta, y mucho, es el tamaño. Cincuenta y dos páginas son una conversación, no una conferencia. Se puede leer entre dos paradas de metro. Eso, en un libro que habla de lo que se pierde con la velocidad, me parece casi una declaración de principios: ser breve para no abusar de nadie.
Una nota que me parece importante: los poemarios sobre lo digital envejecen mal cuando se agarran a los nombres de las cosas. Si el poema depende de que sepas qué es tal aplicación o tal pantalla, a los diez años será un fósil. Los que sobreviven son los que hablan de lo que las aplicaciones hacen en el cuerpo, esa desorientación leve, esa pequeña pérdida de suelo. El extracto que tengo delante va por ahí: no nombra una marca, nombra un efecto, la pérdida de memoria. Es buena señal. Habría que ver si el resto del libro mantiene el pulso, porque un poema aguanta cualquier cosa y un libro entero no. Pero el comienzo es de los que invitan a seguir.
Me pregunto también a quién se dirige un libro así. A los que se sienten culpables por no leer las condiciones antes de aceptar, supongo, que somos casi todos. A los que han perdido un botón y han sentido, por un momento, un duelo pequeño y ridículo. A los que todavía miran por la ventana cuando esperan. A esa gente, que no es poca, el libro le habla bajito, y creo que ha acertado con el volumen.
Hace unos años me habría burlado de alguien que dijera que los espacios cotidianos son poéticos. Hoy me burlaría de mí, que paso media vida mirando el pasillo de mi casa a las siete de la tarde, cuando la luz hace lo que hace. La dimensión conocida, supongo, es eso: lo que ya conoces, justo antes de que te lo muevan un palmo a la izquierda.
Mi móvil, por cierto, volvió a actualizarse anoche. No sé qué ha cambiado esta vez. No me he atrevido a mirar.
— Gema Millán Nieto






