Las horas que se pasan besando
Los del cuarto se despiden en la escalera cada mañana durante cuatro minutos exactos. Lo sé porque tengo prisa y el ascensor tarda lo mismo. Se besan, se sueltan, se vuelven a besar, y él dice algo que no oigo y ella se ríe. Al principio me molestaba. Ahora cuento los minutos como quien cuenta las campanadas de un reloj ajeno. Me he dado cuenta de que, si un día no estuvieran, echaría de menos la medida.
Me acordé de ellos con Nada de nada, de Piero Salabè, que Pre-Textos publica con prólogo de Claudio Magris y traducción de Juan Andrés García Román, Beatriz Brito y Abraham Gragera (doscientas treinta páginas, veintidós euros). Porque lo primero que subraya Magris, en el texto que reproduce la editorial, es justo eso: un amor capaz de la anotación exacta, cronométrica, de las horas pasadas besándose. Me hizo gracia que un prologuista de esa categoría haya reparado en lo mismo que yo en mi escalera.
Lo demás de lo que sé del libro me llega por esa vía, así que lo cuento como prologado y no como leído por mí. Magris habla de un canto ardiente que eleva la inmundicia hasta la incandescencia, hasta que solo quedan piedras blancas, diamantes tallados, formas perfectas y violentas. Habla de que de fragmentos sueltos surge una especie de narración épica: la historia de un yo herido pero fuerte que persigue el camino del éxtasis interior. De una lírica que se inscribe en la tradición de la poesía metafórica y de la poesía en guerra con las palabras, que fluye como un río hacia el silencio. Y de un canzoniere d’amore, un libro de amor, minucioso hasta lo maníaco, grotesco y conmovedor.
Son muchas cosas. Algunas, como lo de los diamantes, me suenan a prólogo, que es un género que come adjetivos. Yo me quedo con las dos palabras más modestas: río y silencio. Una poesía que fluye hacia el silencio no puede estar muy segura de sí misma, y eso me da confianza. Los libros que quieren acabar en silencio suelen tener algo que decir.
Pero hay un par de cosas que me dan pereza y que conviene decir. La primera es el éxtasis. Es una palabra que en poesía se usa mucho y casi siempre en vano. Un yo herido que persigue el éxtasis interior puede escribir páginas deslumbrantes o puede escribir catorce variaciones de lo mismo. No sé en cuál de las dos zonas está este libro y no voy a fingir que lo sé. La segunda es el título, Nada de nada, que es una frase que se dice en la cocina cuando alguien pregunta qué te pasa. Me gusta como título. Es lo contrario de lo que sugiere el prólogo: un título doméstico para un libro que, según Magris, aspira a lo absoluto. Esa distancia me parece lo más prometedor.
Y luego está la traducción hecha entre tres. No es raro, pero merece una línea: tres personas distintas para un mismo libro de amor. Imagino lo difícil que debe de ser mantener una sola voz, la de un yo herido, entre tres manos. Me gustaría saber cómo se lo repartieron. No lo cuenta la ficha.
Dicho todo lo anterior, hay un punto que me gustaría dejar claro. No me interesa saber si Nada de nada es un gran libro o uno que lo parece en el prólogo. Me interesa algo más pequeño: si hay un solo poema, uno, en el que el amor deje de ser tema y se vuelva casa. Los libros de amor son malos de reseñar porque todo el mundo ha amado y por tanto todo el mundo tiene opinión. Los buenos, sin embargo, hacen algo que no se discute: te dejan entrar en una habitación ajena y te hacen sentir que ya habías estado. Esa es la prueba. No sé si la supera. Tampoco sé si Magris, que firma el prólogo, me ayudaría a saberlo, porque los prologuistas no suelen hablar mal de lo que prologan. Lo normal, y lo sano, es leerlo con las dos cosas en la cabeza: lo que dicen y lo que uno encuentra.
La pareja de mi escalera se despide a las ocho y diez. Creo que ya no me molesta porque aprendí que, en el fondo, estaban haciendo lo que hace un libro de amor: tomar el tiempo con un cronómetro para no tener que decir lo otro, lo que no se puede decir. No sé si Salabè hace eso. Quizá sí.
El libro está en la mesa. Aún no se ha ido nadie.
— Gema Millán Nieto








