La voz que no termina de llegar a las palabras
Mi madre tenía una voz para cada habitación de la casa. En el salón era la de las visitas. En la cocina, una más baja y más cierta. En el pasillo, de noche, no tenía ninguna: hablaba en el idioma de los pasos. Cuando murió mi tía descubrí que lo que más echaba de menos de ella no eran las palabras, sino el sonido de la voz sin las palabras, esa especie de rumor que llegaba desde otra habitación y que no hacía falta entender.
Pienso en eso con Servidumbre de luces, seguido de Poesía selecta (1983-2022), de Luis Pérez Oramas, que ha publicado Pre-Textos en un volumen de trescientas cincuenta y ocho páginas y veintisiete euros. Es un libro grande. Reúne un poemario nuevo y una selección que cubre casi cuarenta años, de 1983 a 2022. Eso es, ya de entrada, una manera de decir: aquí no hay prisa. Aquí hay una vida de escritura puesta en fila.
Lo que sé del libro lo sé, en buena parte, por dos lecturas ajenas que la editorial recoge, y las cito como lo que son, ecos de otros. Octavio Armand ve una poesía asentada en el homoerotismo de la propia identidad y de los propios placeres, que dice tú y yo, que se entrega en monólogos dialogados y diálogos monologados. Adalber Salas Hernández señala algo más raro y más bonito: que en esta poesía la voz parece existir con independencia de quien habla, una voz sin palabras, sonoridad pura, resonancia sin vocablo. Una voz, añade, que ha huido, que está lejos, que siempre se aplaza. Una poética de la sed y del duelo.
Y yo me quedo con eso, porque es exactamente lo que le pasaba a mi madre en el pasillo. La voz sin las palabras. La voz que no termina de derramarse. Pero ojo: es una lectura de dos críticos, y yo no puedo confirmarla verso a verso. Lo que puedo hacer es contar por qué me atrae y qué me gustaría comprobar.
Me gustaría comprobar, primero, que el libro aguanta la mezcla. Un volumen que une lo nuevo con lo antiguo corre el riesgo de que lo antiguo pese más, o de que lo nuevo parezca un apéndice. Segundo, me gustaría saber cómo suena el tú. Hay poemas de tú que se leen como una carta y poemas de tú que se leen como una puerta cerrada, y la diferencia entre unos y otros es todo. La nota dice que el tú y el yo se dialogan y se monologan, lo cual en abstracto es precioso y en concreto puede ser agotador. Ya veremos.
También me da curiosidad el título. Servidumbre de luces. Una servidumbre es una carga que un terreno tiene sobre otro, y una servidumbre de luces, en el derecho inmobiliario, es el derecho a que entre luz por una ventana ajena. No sé si es eso lo que quiere decir Pérez Oramas. Lo digo porque me hizo sonreír: un poeta que llama a su libro con una palabra de notaría. Tiene humor, pues. O tiene la ventana abierta a la casa del vecino. Las dos cosas, creo, son buenas señales.
No me voy a atrever a resumir cuarenta años de poesía en un artículo, y menos sin haber leído cada página. Lo que sí puedo decir es que este es de esos libros que obligan a escoger cómo leerlos: de principio a fin, como una biografía, o a saltos, como un álbum. Yo lo abriría por la mitad. Siempre abro los libros gordos por la mitad, a ver si me reconocen.
Y me queda una duda de las que no se pueden resolver desde fuera: cómo se lee una selección de un autor que uno no conoce. Se lee mal, la verdad. La selección presupone una familiaridad que el lector nuevo no tiene, y entonces uno entra por cualquier puerta y se pregunta si ha entrado por la buena. Quizá eso sea una ventaja. Quizá un libro así sea más generoso con quien lo descubre por casualidad que con quien lo esperaba, que siempre echará en falta un poema.
Mi madre murió con la voz del pasillo, la de la noche, que no decía nada. A veces me parece oírla en alguna casa ajena. Este libro, por lo que cuentan, anda detrás de eso mismo, de la voz que ha huido, y no sé si la alcanza. Tampoco sé si hace falta. Está ahí, con sus trescientas cincuenta y ocho páginas, esperando.
— Gema Millán Nieto








