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Cien poemas de amor, de José Carlos Turrado de la Fuente. La badila de mi abuela

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La badila de mi abuela

Mi abuela tenía una badila de latón con el mango torcido que vivía colgada de un clavo junto a la mesa camilla. En invierno, después de comer, se agachaba —con un quejido que era más costumbre que dolor—, levantaba las faldas de la mesa y removía el brasero hasta que las ascuas se ponían otra vez naranjas. Nadie le dijo nunca que aquello fuera bonito. Tampoco lo era, supongo. Era calor. Era que a las cinco de la tarde no se nos helaran los pies.

Me acordé de ella, de la badila y del clavo, en la página treinta y tres de Cien poemas de amor, de José Carlos Turrado de la Fuente, cuando un poema dedicado a Rebeca empieza así: «Te observo utilizando la badila». Ni una diosa ni una ninfa saliendo del agua con el pelo pegado a la espalda. Una mujer que aviva el fuego. Y el hombre que la mira piensa que su belleza «se acrece con la vida cotidiana». Lo leí dos veces. Luego me levanté a hacer café, que es lo que hago cuando algo me toca y todavía no sé dónde.

El libro es exactamente lo que dice el título, y eso ya es raro. Cien poemas, cien nombres de mujer —diosas griegas, musas, ninfas, Rut, Ester, Betsabé, Isis, Freya, Morgana, la Viviana del lago— y para cada una su poema de amor, medido y rimado: endecasílabos, heptasílabos, liras, cuartetas, octavas reales. Un solo soneto en todo el libro, el de Sirona, y encima con estrambote, como si al poeta se le hubiera escapado un poco más de lo que cabía en la caja. Turrado es profesor de Lengua en un instituto de Laguna de Duero, lleva más de cuarenta libros publicados y ganó el Álvaro de Tarfe con Danzas. Escribe en 2026 como si la rima consonante no se hubiera pasado nunca de moda. O como si le diera igual. Me inclino por lo segundo.

Lo que más me sorprendió no fue la forma sino quién habla. Esperaba —no sé por qué, quizá por tanto nombre con mayúscula— a un poeta subido a un pedestal tirando versos hacia arriba. Y me encontré a un hombre que pide perdón todo el rato. «Soy muy torpe con la pluma, me equivoco», le dice a Faetusa, y se pasa el poema probándose apelativos como quien se prueba camisas en un probador con mala luz: preciosa le parece manido, serrana le suena a pueblo, y al final se rinde y la llama por su nombre. A Morgana le confiesa que con la tinta no consigue «nada más que emborronarme». A Rosmerta: «no soy un genio, sólo corrección». En el de Circe, ya convertido en animal, pregunta «¿por qué trocarme en un bascoso cerdo?», y yo me reí sola en el sofá, que es una manera de reírse que tiene algo de vergüenza ajena y algo de vergüenza propia.

Esa humildad es el corazón del libro y también, para mí, su problema. Al principio enternece. Hacia el poema cuarenta empieza a parecerse a ese amigo que antes de coger el micrófono del karaoke avisa de que canta fatal, que no le hagáis caso, que lo siente mucho, y luego canta bien. Turrado no canta mal. Lo sabe él y lo sabe quien lee, y la disculpa número treinta pesa un poco. Hay además páginas en las que el diccionario se pone delante del poema como un mueble mal colocado en un pasillo —eubolia, crisopeya, espolique, cadañegas— y tuve que levantarme a buscar palabras más veces de las que me gusta admitir. A veces la palabra rara es un regalo. Otras es una puerta con tres cerrojos para entrar en una habitación pequeña.

Y otra cosa, que me cuesta decir sin que suene a sermón. Son cien mujeres miradas. El hombre que mira se arrodilla, se humilla, se declara menos que ellas; pero mirar sigue siendo cosa suya. En el poema de Maya las ninfas quedan desnudas ante el pastor, «a merced del ansia más inconveniente», y yo no sabía muy bien dónde ponerme. No creo que el poema lo celebre; creo que lo enseña. Aun así me quedé con ganas de que ellas hablaran más a menudo. Cuando lo hacen, el libro cambia de temperatura. Herodías, borracha después de conseguir lo que quería, pide «olvido, ven y acuéstate en mi mente». Idía le ruega a su hija Medea que no se vaya, que vuelva a casa, que no son manías de vieja «lo que el dolor de madre sabe y siente». Ahí el libro se me quedó pegado a la piel.

Luego están los poemas pequeños, los que no presumen de nada. Isabel, la prima de María, que conforta a la embarazada «con huevos y lentejas». Nemea, que empieza «Huele a pebre en mi morada y ajo y pan», compara esa cocina pobre con el paraíso perfumado de la ninfa y elige —claro— quedarse oliendo a ajo. Tique, la Fortuna, convertida en el calendario de una relación desastrosa: «el lunes tú me besas», «el jueves me traicionas», y así toda la semana, que es como funcionan algunas cosas. Y Rea, que para mí es el mejor poema del libro: un hombre agotado que le pide a su mujer el regazo, que no quiere salir ahí fuera a hablar con los monstruos aunque sin ellos no haya pan. «por favor, mujer, amor, quiero dormir». Lo leí un martes a las once de la noche, después de un día de esos, y no necesité ninguna diosa para entenderlo.

La sinopsis habla de automóviles. Dice que hace doscientos años no existían, que tuvimos que fabricarlos, y que nos hemos olvidado de embellecernos los unos a los otros. Al principio me pareció una ocurrencia de contraportada. Ahora creo que el libro va de eso y casi solo de eso: de que alabar a alguien es un oficio, se aprende, se hace con las manos, con torpeza, como se aprende a remover un brasero sin quemarse los dedos. Hay un poema, el de Hestia, en el que el amante le pide a la amada que no se asome a la ventana porque fuera «está ardiendo Roma, amor, y las hogueras» huelen a carne quemada. Él le ha traído albahaca, menta, salvia, jazmines. Ha bajado la persiana. No sé si eso es amor o es miedo. Probablemente las dos cosas, como casi siempre.

Cuando mi abuela murió, la badila se quedó en su clavo hasta que vendieron la casa. No sé quién se la llevó. Nadie, supongo; la tirarían con todo lo demás. Terminé Cien poemas de amor, lo dejé encima de la mesa al lado del café, que ya estaba frío, y me puse a pensar en cuántas veces le dije a ella que estaba guapa. Creo que ninguna. Creo que no se me ocurrió que hiciera falta.

— Gema Millán Nieto

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