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La pura superficie, de Guido Mazzoni. Lo que se veía en la tele con el volumen bajo

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Lo que se veía en la tele con el volumen bajo

En casa de mis padres la tele estaba siempre encendida y casi nunca puesta. Quiero decir que nadie la miraba, pero nadie la apagaba tampoco. Hablaba sola en el salón mientras en la cocina se freían cosas. Así me enteré de casi todo lo que me enteré de pequeña: de lejos, con el volumen medio, con el olor de la cebolla pegado a las imágenes. No sé si hay una forma peor o mejor de enterarse del mundo. Es la que tuve.

La pura superficie, de Guido Mazzoni, publicado por Pre-Textos (ciento cincuenta páginas, diecisiete euros), en traducción de Fabrizio Cossalter, parece escrito en esa cocina. La nota de presentación lo describe como un poemario de arquitectura muy estudiada, con tres planos. En el primero está una persona cualquiera de las ciudades occidentales, alguien que siente vacío, soledad y extrañeza hacia sí mismo y hacia los demás. En el segundo, los otros: gente con la que ese yo se cruza o a la que mira de lejos, y que a veces toma la palabra. En el tercero, lo grande, los destinos generales, que llegan, dice la nota, como experiencia directa o, más a menudo, como espectáculo.

Y los ejemplos que da la editorial me han dejado un rato quieta. Los conflictos de los años setenta evocados en una conversación. El G8 de Génova. El 11 de septiembre visto por televisión. Los vídeos del ISIS. No son cuatro cosas que tengan nada en común, salvo que todas han pasado por una pantalla antes de llegar a quien las cuenta, y que quien las cuenta ya no sabe del todo si las vivió o las vio. Esa es la pura superficie. Esa es mi cocina.

Hay en el texto de Cossalter que recoge la editorial una idea que me gustaría haber escrito yo: que el poeta, para poder escribir, tiene que volver a aprender a mirar el mundo y a escuchar sus voces, que no siempre son bienintencionadas. La cuento con mis palabras. Pero la idea se me ha quedado: la poesía como un ejercicio de aprender a mirar de nuevo lo que ya viste demasiadas veces.

Yo, que reseño lo que me llega, no puedo decir cómo suena este libro en italiano ni hasta qué punto la traducción lo respeta. Doy fe de lo que se puede dar fe: que la estructura es ambiciosa y que la editorial la defiende con convicción. Y que ambición y convicción juntas son, en poesía, motivo de sospecha. Los libros con arquitectura corren el riesgo de que se vea la obra y no la casa. A veces los planos se ven demasiado; a veces el poema se pone a demostrar la tesis. No sé si pasa aquí. Habrá que leer despacio.

Lo que sí me parece valioso es el tema, que no es nuevo y sin embargo sigue siendo incómodo: la sospecha de que la ficción se ha comido la realidad y de que la realidad, para defenderse, se ha convertido a su vez en un relato fundacional. Dicho así suena a seminario. Dicho en la cocina es más sencillo: ya no sé si me acuerdo de aquello o lo vi en la tele.

No tengo respuesta. Tampoco creo que el libro la tenga, y se lo agradezco por adelantado. Una poesía que llegara a una conclusión sobre la pantalla sería una pantalla más.

Y un último apunte, porque me lo pregunto desde que empecé. ¿Cómo se escribe un poema sobre un acontecimiento que ya has visto cien veces en imagen? La tentación es describirlo otra vez, y entonces el poema compite con la pantalla y pierde. La otra salida es hablar de lo que queda alrededor: la conversación, la sala, quién estaba. La nota de la editorial sugiere que el libro va por ahí, por esa segunda vía, la de las voces que toman la palabra a su alrededor y hacen visible, dice, la complejidad de los destinos personales. Me parece la única salida honesta. El resto sería hacer televisión con rima.

Mis padres siguen teniendo la tele encendida. A veces, cuando voy a verlos, me quedo un rato en el pasillo escuchando cómo habla sola, y pienso que alguien debería escribir eso, el ruido de una habitación donde pasa el mundo y nadie lo mira. Imagino que ese alguien, al menos en parte, ya lo ha escrito. El libro está ahí.

— Gema Millán Nieto

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