Una silla esperando
En casa de mi abuela había una silla que nadie usaba. Estaba en el pasillo, al lado del teléfono de rueda, y tenía un cojín de ganchillo que mi abuela cambiaba según la estación, aunque nadie se sentaba nunca. Cuando murió mi abuelo, la silla siguió allí. Mi abuela la limpiaba los sábados. Yo pensaba que era una silla triste. Ahora creo que no, que era una silla esperando.
Me acordé de esa silla al principio de El arte de decirnos existí, de Cristian Avecillas Sigüenza, porque el primer epígrafe del libro, de una tal Mar Marco a la que no conozco, dice: «Mi silla está feliz hoy porque has vuelto.» Y debajo, Anne Sexton: «El poeta es alguien que de unos muebles hace un árbol.» Y yo pensé: vale. Este libro va de muebles. De muebles que se vuelven árbol. De sillas que esperan.
No va solo de eso, claro. Va de muchas cosas, demasiadas quizá. Va de la escritura, de Dios, de la guerra, de los algoritmos, del amor, de un país que se nombra poco y se nota mucho. Pero yo lo leí así, sentada, pensando en sillas, y no me arrepiento.
Hay un poema, «La salvación», que es una lista de sitios a los que fuimos a pedir ayuda. Al paisaje, a la noche, a los dioses, a terapia, a las plantas, a las cartas. Lo leí y me reí un poco, porque yo también he ido a casi todos. Empieza así: «Fuimos al paisaje para pedir socorro / y el paisaje nos pidió socorro». Eso me pareció muy verdad. La última vez que fui al campo a ponerme bien volví con picaduras y con la sensación de que el campo estaba peor que yo. El poema termina diciendo que solo en el poema se recupera todo. Yo no lo tengo tan claro. Pero me gustó que lo dijera tan convencido.
Avecillas escribe con fórmulas. Lo digo sin maldad. Repite estructuras como quien repite un gesto para no perderse: el qué, sino; el no es que, es que; el echamos a perder. A veces eso me cansaba. Me pasaba como cuando alguien te cuenta un sueño y te lo cuenta bien, pero te lo cuenta tres veces. Aunque luego, de pronto, una de esas fórmulas suelta algo que no esperaba y tengo que dejar el libro boca abajo encima de la mesa. Como esto: «No es que los artistas tengan más valiente el corazón, / es que para quienes no se atreven a la poesía, / el corazón no es más que un trozo de carne asustada.»
Un trozo de carne asustada. Lo he dicho en voz alta varias veces desde entonces. En el supermercado, delante del mostrador de la carnicería, me salió solo. La señora de delante se giró. No le expliqué nada.
Hay también, en la segunda parte, unos poemas que se llaman a sí mismos alaridos. «Anécdota alarido», «Estética alarido», cosas así. Al principio me dieron un poco de vergüenza ajena, como cuando alguien grita en un sitio donde no se grita. Luego entendí que el grito era la palabra sálvate, que aparece una y otra vez, dicha por la niebla, por la luna, por la tierra, por la boca. Y que el poema no es el grito sino lo que pasa justo después. Por ejemplo: «todavía eres un cuerpo, / todavía tienes algo que salvar.» Eso no es un alarido. Eso es alguien que te pone la mano en el hombro.
La tercera parte está escrita casi toda en prosa, y ahí fue donde más me quedé. Hay una pieza que se llama «Decir soy» y que empieza con dos frases de toda la vida —«Somos lo que comemos», «Comemos con los ojos»— y luego las tuerce: «Sin embargo, levantamos nuestro gesto de sorpresa cuando nos sentimos saboreados.» Saboreados. Me hizo gracia y también me dio un poco de miedo, porque es verdad que a veces una se siente así, saboreada por algo que no ve. Por el viento, dice él. Yo habría dicho otra cosa. Pero no voy a decirla.
También hay mucho tú. Antes de la parte final, que es otra cosa, hay un capítulo que se llama «Dejarse decir», y ahí el tú lo invade todo. Una persona dice somos y la otra dice tú. Me puse a contar cuántas veces aparecía la palabra en esas páginas y lo dejé enseguida, porque contar es una manera de no leer. Lo que sí apunté fue esto: «Y aunque no se salve nadie, / en el poema queda escrito tú.» Me pareció lo más parecido a la silla de mi abuela que he leído en mucho tiempo. Un sitio que se queda puesto para alguien.
La parte final es rara. Son trece parejas de citas, sin un solo verso del autor. Nombres que no conozco, con apellidos que suenan a pueblo, a cuadrilla, a bar de los jueves, y al lado Machado, Woolf, Rumí, Dostoyevski. No sé muy bien qué hacer con ella. Por un lado me parece bonita, como una mesa larga donde cada uno trae algo. Por otro, me deja con hambre. Llevaba cien páginas escuchando a alguien y de repente ese alguien se calla y pone la música de otros. Entiendo por qué. No sé si me gusta.
Una de esas citas, la de Karmele San Germán Troncoso, dice: «En la arena hay un beso que la ola dejó para mí.» Y al lado, Joseba Sarrionandia: «Yo te ofrezco un cuenco de barro, / eres tú quien ha de llenarlo.» Creo que el libro entero está entre esas dos frases. Entre lo que alguien te deja sin pedírtelo y lo que te toca a ti poner.
No sé si El arte de decirnos existí va a llegar a mucha gente. Es un libro que pide tiempo y que a ratos se pone solemne, y eso, ahora, no se lleva. Pero está ahí, editado por Ediciones Rilke, con su dedicatoria a unos amigos de una mesa y a una tal Irene que está «tan ahora como aquí». Lo he dejado en el pasillo, encima de una silla. No sé muy bien por qué.
— Gema Millán Nieto








