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Melanoma, de Jacqueline Goldberg. Una zarigüeya haciéndose la muerta

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Una zarigüeya haciéndose la muerta

Mi tía no dijo la palabra durante un mes entero. Estaba en todas partes, en las llamadas, en los papeles de la consulta, y a la hora de comer se la rodeaba con el cuidado con que se rodea un vaso a punto de caerse. Aprendí entonces que hay palabras que, una vez dichas, ya no se pueden llamar de otra manera. Pasa con los nombres de los hijos y con los de las enfermedades. Se dicen una vez y se quedan. Por eso me detuvo tanto el arranque de Melanoma, de Jacqueline Goldberg (Pre-Textos, ochenta páginas, diecisiete euros), cuyo extracto empieza pidiendo, con una especie de urgencia seca, que se cambie el título.

Lo cuento tal como lo he leído en el fragmento que la editorial pone a disposición del lector: el poema pide que no se invoque la palabra, que no se le jure nada, que no se le cante. Eso piden, dice, amigas, una psiquiatra, una maestra, una escritora. Y a continuación la voz se desmarca: se declara sorda, impía, no tan poeta. Hay algo en esa enumeración de mujeres sensatas que aconsejan lo prudente que me ha hecho reír, y luego me ha dado vergüenza haber reído.

Después viene la imagen que da título a este artículo. La intuición de la voz, dice el poema, es una zarigüeya. Hace como que se ha muerto, saca la lengua, chilla por chillar. No voy a explicar la metáfora. Quien haya visto una zarigüeya hacerse la muerta sabe lo que es una intuición. Es un animal pequeño, torpe y muy antiguo que prefiere fingir antes que huir.

Aquí tengo que ser honesta con lo que tengo delante. Del libro entero conozco lo que cualquier lector puede conocer antes de comprarlo: la cubierta que aún falta por publicar, el extracto, la ficha. Ochenta páginas son pocas, y un extracto de pocos versos es una fracción de eso. No puedo decir cómo se sostiene el libro de la primera a la última página. Puedo decir lo que hace el arranque, que es mucho. Un poema que empieza discutiendo su propio título es un poema que sabe que va a tener que defenderse.

Me gusta esa conciencia. Me gusta menos, o me inquieta, cierta tentación que los poemarios con un diagnóstico por título tienen de convertirlo todo en metáfora de otra cosa. No sé si Melanoma cae en eso. El extracto sugiere que no: que la palabra está ahí como algo que estorba y que a la vez no se deja quitar. Eso es más difícil que una metáfora. Eso es una molestia.

Todo aquello fue por una mancha en la espalda de mi tía, y la familia entera pasó semanas sin pronunciar el nombre de lo que la mancha podía ser. No fue nada, que conste. Pero aprendí cómo se organiza el silencio alrededor de una palabra. Se le tiene respeto. Se le deja un hueco en la mesa. Lo que hace este poema, creo, es sentarla a cenar y mirarla, con la mala educación de quien no sabe fingir.

Me quedo además con algo que tiene que ver con quién habla. En el extracto, la voz se defiende de las mujeres que le aconsejan, y no las ataca: las enumera, una por una, con su oficio, como quien da una lista de testigos. Eso me parece muy hábil. Le da al poema un coro doméstico y le quita la tentación de ponerse solemne. Y cuando dice que no es tan poeta, que es sorda y es impía, hace lo que hacen los buenos poemas con la humildad: la usa como un arma pequeña. No me fío mucho de la modestia en poesía, y aquí me fío un poco, que ya es bastante. Falta ver si el resto de las ochenta páginas la sostiene.

Quizá sea pronto para sacar conclusiones y por eso no las saco. Lo que me ha pasado con este libro es lo que me pasa con muy pocos: que me ha dado ganas de leer lo que viene después de la página uno, y de no quedarme con el título. Y que me ha dejado la duda de si el poema ganaría o perdería si le hicieran caso a las amigas y le cambiaran el nombre.

Hay libros que se leen con los ojos bien abiertos y otros que se leen como quien camina por un pasillo oscuro con la mano en la pared. Este, al menos por su comienzo, es de los segundos. Y no está mal, que a veces la pared es lo único que uno tiene.

Está ahí, con sus ochenta páginas y su nombre que nadie quiere pronunciar. La zarigüeya, entretanto, sigue haciéndose la muerta. Hay que tener paciencia con ella.

— Gema Millán Nieto

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