Cuando mi hermano y yo éramos pequeños jugábamos a un juego que consistía en tirar una flecha de juguete, de esas con ventosa en la punta, contra la pared del pasillo, e intentar que cayera exactamente donde había caído la del otro, superpuesta, como si eso demostrara algo sobre nosotros dos que las palabras no podían demostrar. Casi nunca coincidían del todo. Se quedaban cerca, a un par de centímetros, y esa cercanía imperfecta nos parecía, no sé por qué, más satisfactoria que un acierto exacto hubiera sido. Un acierto exacto habría sido aburrido. Lo interesante era la distancia mínima, la prueba de que habíamos apuntado al mismo sitio sin conseguir ocuparlo del todo juntos.
Ese juego me ha vuelto a la cabeza leyendo Flecha de nosotros, el nuevo libro de Mariano Peyrou en Pre-Textos, un poeta con una trayectoria ya larga y reconocida —premio Ciudad de Melilla, finalista del Nacional de Poesía— que aquí trabaja precisamente con esa idea de la puntería compartida y siempre un poco fallida entre dos personas que se quieren. No es un libro de amor en el sentido convencional del término, o no solo eso: es más bien un libro sobre la imposibilidad de que dos trayectorias coincidan del todo, aunque ambas apunten, sinceramente, al mismo blanco.
Peyrou tiene una forma de escribir que a mí personalmente me desarma un poco, porque combina una inteligencia muy evidente, casi exhibida, con una ternura que aparece justo cuando uno menos la espera, colada entre paréntesis o al final de un verso que parecía puramente conceptual. Hay estirpe ahí de cierta poesía reflexiva, pensante, que en otros autores se queda fría y que en él, sin embargo, consigue calor sin perder rigor. Leí el libro un domingo por la tarde, con la casa en silencio porque todos habían salido, y me di cuenta a mitad de la lectura de que llevaba un rato sonriendo sola sin motivo aparente, algo que rara vez me pasa con poesía que se presenta a sí misma como intelectualmente exigente.
Lo que más me interesa de Flecha de nosotros es cómo trata el fracaso, no como derrota sino como condición normal de cualquier intento de coincidir con otra persona. No hay dramatismo en la distancia entre las dos flechas del pasillo de mi infancia, solo constatación, y algo parecido ocurre en este libro: Peyrou no se lamenta de que el otro nunca llegue exactamente al mismo punto, simplemente lo anota, con una precisión casi científica que en manos de otro poeta podría resultar fría y que aquí, extrañamente, resulta casi cariñosa. Es un libro que confía en el lector, que no explica de más, que deja que las distancias hablen solas sin subrayarlas con exclamaciones.
Hay momentos, lo digo con honestidad, en que esa misma inteligencia se vuelve un poco excesiva, en que el poema parece más interesado en su propia arquitectura que en llegar a alguna parte, y entonces se pierde un poco esa ternura que en otros pasajes funciona tan bien. Son los menos, pero están ahí, y prefiero señalarlos antes que fingir que el libro es perfecto de principio a fin, porque tampoco lo es Peyrou como poeta: es alguien que arriesga, y quien arriesga falla alguna vez.
Nunca volví a jugar a las flechas con mi hermano después de que a los dos nos entraran otras obsesiones más adultas y menos verticales. No sé si él se acuerda del juego, ni si le importaría que lo mencione aquí, pero cada vez que leo un libro que habla bien de la distancia entre dos personas que se quieren, vuelvo un poco a ese pasillo, a las dos flechas clavadas cerca pero no encima, a la sensación de que aquello, precisamente por no coincidir del todo, era exacto.
Hablé con mi hermano por teléfono la semana pasada, por otro motivo completamente distinto, algo de una boda familiar que ninguno de los dos tiene muchas ganas de organizar, y en algún momento de la conversación, sin venir mucho a cuento, le pregunté si se acordaba del juego de las flechas. Se rió, dijo que sí, que las guardaba todavía en una caja en casa de nuestros padres, y que siempre ganaba yo porque tiraba con más fuerza aunque apuntara peor. No sé si es verdad ese recuerdo suyo o si cada uno se ha quedado con una versión distinta del mismo pasillo, pero pensé que eso, exactamente eso, es lo que cuenta Peyrou en su libro: que ni siquiera dos personas que estuvieron en la misma habitación al mismo tiempo terminan apuntando, después, al mismo sitio del recuerdo.
— Gema Millán Nieto








