Inicio Reseñas y crítica Poesía lírica, de John Milton. Un hombre que veía menos cada año

Poesía lírica, de John Milton. Un hombre que veía menos cada año

4
0

Un hombre que veía menos cada año

En casa de mis padres había un abuelo que se quedaba ciego despacio. Nadie lo decía en voz alta. Un día dejó de leer el periódico y empezó a pedir que se lo leyéramos, y a mí me tocaba el de los deportes, que no me interesaba nada y que él escuchaba con la atención de quien oye un tratado de filosofía. Lo que recuerdo no es su ceguera. Lo que recuerdo es lo bien que escuchaba.

Pensé en él con Poesía lírica, de John Milton, que Visor publica ahora en edición bilingüe al cuidado de Rafael Lobarte Fontecha: ciento sesenta páginas, colección Visor de Poesía, número 1304. Milton (1608-1674) es el autor de El Paraíso perdido, y eso es lo único que sabe de él casi todo el mundo, incluida yo hasta hace poco. Esta antología se propone corregir esa idea: la editorial insiste en que fue también un poeta lírico de primer orden.

Lo que el libro reúne, según la nota de presentación, son sus sonetos, los escritos en inglés y también los escritos en italiano, que es un detalle que me ha hecho gracia, porque pocos autores ingleses de la época se atrevieron a escribirle versos a otro idioma. Están además Lícidas, elegía pastoril, y el díptico de L’Allegro e Il Penseroso, que es una pareja de poemas contrapuestos: uno canta la alegría, otro la melancolía. Dos humores en dos poemas, como quien presenta a los hermanos que no se hablan.

La presentación recuerda algo que me parece lo más útil de todo: Milton vivió la revolución de 1642, participó en los debates sobre la Iglesia reformada con escritos doctrinales, y en sus poemas se notan su pensamiento y los hitos de su biografía. Era, dice, un humanista en pleno Barroco, un entusiasta de la cultura grecolatina y de la poesía italiana, con Virgilio y Tasso al fondo. Es decir, un hombre muy leído y muy convencido, que no es la mejor combinación para escribir versos que respiren. A veces funciona. A veces el poema se pone la toga.

No puedo valorar su inglés. Lo digo sin pudor. Lo que puedo valorar es la decisión de editarlo bilingüe, que obliga a la traducción a dar la cara, y la de presentarlo como lírica y no como épica, que obliga al lector a abandonar la imagen de Milton que traía de casa. Nadie sale igual de leer a un hombre ciego, grandilocuente y pastoril. Salgo con ganas de buscar los sonetos y leerlos en voz alta, a ver cuántos aguantan.

Hay una cosa de las antologías que siempre me ha fascinado, y es que son el único tipo de libro que reconoce, de entrada, que el autor no puede leerse entero. Alguien, aquí Lobarte Fontecha, ha decidido qué parte merece sobrevivir. Esa decisión es crítica literaria en estado puro y casi nunca se comenta. Se comenta el poeta. No quien lo seleccionó.

Hay un detalle del contenido que me parece una pequeña lección de humildad para cualquiera que alguna vez se haya creído su propio currículo. Milton, el del poema épico, el de la gran obra cristiana, aparece aquí en versión corta: soneto tras soneto, un pastor que llora a un amigo, dos poemas que se turnan la alegría y la melancolía. Es como ver a un general en pijama. No le quita autoridad; le da una cercanía que el poema grande no permite. Si alguna vez te ha intimidado Milton, este libro es la puerta de servicio. Entras por la cocina, por así decirlo, y descubres que también allí se hablaba muy bien.

Y una última cosa sobre el formato. Un libro de ciento sesenta páginas con el original enfrente quiere decir, en la práctica, que la mitad del volumen es inglés o italiano y la otra mitad español. Se puede leer solo una de las columnas, claro. Pero la tentación de mirar de reojo la otra, aunque no se sepa inglés, es parte de la gracia: ver cómo se acorta o se alarga una línea, dónde cae la rima, qué ha tenido que ceder el traductor para que el verso respire.

Mi abuelo escuchaba los periódicos como si fueran sonetos. Creo que los habría escuchado muy bien. Este es un libro para leer en voz alta a alguien, para que la otra persona, que no ve el texto, oiga lo que tiene el verso cuando no se mira. No sé si esa es una buena razón para comprar un libro. Es la que tengo.

Sigue en la mesa, a mi lado, abierto por una página que no recuerdo cuál era.

— Gema Millán Nieto

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí