Diecinueve años y todo el verano por delante
Mi abuela decía de los chicos que presumían demasiado que ya se les pasaría. Lo decía sin maldad, doblando la ropa, con la seguridad de quien ha visto pasar a muchos. A veces añadía que lo malo no era que presumieran, sino que no se les pasara. Me acordé de ella al abrir Canto nuevo, de Gabriele D’Annunzio, que Visor publica en edición bilingüe, con traducción de Francisco Miguel Vera Cervera, en su colección de poesía (número 1315, doscientas treinta y ocho páginas).
Lo primero que hay que saber es la edad. D’Annunzio escribió este libro a los diecinueve años: era, según la presentación de Visor, su segundo poemario. Diecinueve. Yo a esa edad no sabía ni hacer una tortilla. Él ya estaba juntando el soneto, la oda, la elegía y la canción, a la vez, en un mismo libro, como quien prueba todos los trajes de la tienda para ver cuál le queda mejor.
Y luego está el hombre, que es un problema. La propia editorial no lo esconde: poeta, militar y aventurero, il vate, el héroe de guerra que sobrevoló Viena, el referente del nacionalismo italiano tras la ocupación de Fiume. Esa es la biografía que llega después. Leer Canto nuevo con todo eso encima es como mirar la foto de un niño sabiendo en qué se va a convertir. Uno intenta no hacerlo. No se puede.
La nota que acompaña la edición ayuda a ponerlo en su sitio. Habla de una poesía que mezcla la tradición florentina del Trescientos con una sintaxis compleja, de inspiración latina, y que exalta dos cosas: la experiencia amorosa del joven poeta y una tierra natal mitificada, donde los mitos y las deidades antiguas renacen. Hay un nombre para eso en los manuales, y no lo voy a escribir, porque yo no escribo para los manuales. Lo que veo es a un chico muy joven con una cultura enorme, escribiendo como si el mundo fuera a ordenarse alrededor de su verso.
Aquí es donde me falta lo que tendría quien lea italiano de verdad: no puedo juzgar la música del original. Para eso está el bilingüe, que se agradece, porque deja al lector comparar sin pedir permiso. Pero también deja sin excusa a quien traduce, y creo que Vera Cervera lo sabe. Una edición bilingüe es una confesión pública.
Tampoco quiero decir que todo funcione. Los libros escritos a los diecinueve años tienen siempre un exceso de todo, de adjetivos, de dioses, de verano. Y los escritos por D’Annunzio, que fue después el hombre que fue, tienen además una grandilocuencia que a mí, personalmente, me cansa antes de la página cincuenta. No es un defecto del libro: es un defecto mío con los poetas que no dudan. Pero dejo constancia.
Lo que sí me interesa, mucho, es la pregunta que el libro plantea sin querer. ¿Se puede leer un libro de juventud de alguien cuya vida adulta no nos gusta? ¿O al revés: se puede leerlo precisamente porque aún no ha ocurrido nada? Supongo que la respuesta está en la edición. Una edición cuidada, con las dos lenguas enfrente, le permite al lector ser a la vez benévolo y desconfiado, que es lo único serio que se puede ser con casi cualquier poeta.
Una cosa más, ya que hablo de ropa. Los libros de juventud de los poetas grandes se leen casi siempre con la mala conciencia del arqueólogo: se busca en ellos lo que vendrá después, el germen, la señal. Es una manera injusta de leer, porque trata al joven como un borrador del adulto. Me gustaría leer este Canto nuevo como lo que fue en su momento, un libro escrito por alguien que todavía no sabía quién iba a ser, y que por eso podía permitirse ser todo a la vez: enamorado, pagano, florentino, latino. Es difícil. Quizá lo más honesto sea leerlo dos veces, una con el hombre que vino después y otra sin él.
Mi abuela tenía razón en lo de que se les pasa. A D’Annunzio, desde luego, no se le pasó. Pero este libro es de antes, de cuando aún podía pasársele. Eso le da una cosa difícil de explicar, una especie de inocencia involuntaria, de ropa recién planchada. Está ahí, en la colección de la solapa negra, esperando.
— Gema Millán Nieto








