Inicio Reseñas y crítica Si les dejas, te matarán, de Charles Bukowski. Lo que había en...

Si les dejas, te matarán, de Charles Bukowski. Lo que había en el cajón del garaje

7
0

Mi padre tenía un cajón en el garaje, debajo del banco de herramientas, donde guardaba cosas que mi madre no le dejaba tener en la casa: una petaca vacía, un mechero con el nombre de un bar que ya no existe, y dos o tres libros con las tapas gastadas que se leía a escondidas los domingos por la mañana mientras decía que estaba arreglando la bicicleta. Uno de esos libros era de Bukowski. Yo lo descubrí con doce años, buscando un destornillador, y lo abrí por una página cualquiera y leí algo que no entendí del todo pero que me pareció, no sé por qué, exactamente lo contrario de mi vida: la vida de mi padre en el garaje, la vida de un hombre que bebía y escribía sobre beber y no parecía avergonzarse de ninguna de las dos cosas.

Visor sigue publicando a Bukowski con la constancia de quien sabe que tiene un fondo de comercio seguro, y ahora llega Si les dejas, te matarán, edición bilingüe, un título que funciona como advertencia y como resumen de casi toda su obra en una sola frase. No es la primera vez que reseño un Bukowski y probablemente no será la última, porque su poesía tiene esa cualidad rara de no envejecer del todo mal aunque el mundo que describe —bares cutres, apuestas de caballos, mujeres que entran y salen, resacas contadas con precisión de entomólogo— haya cambiado bastante desde que él lo escribía. Lo que no ha cambiado es el mecanismo: la frase corta, el verso que parece prosa hasta que de pronto no lo es, el desprecio por la ornamentación que en su día pareció una novedad brutal y que ahora, después de tantos imitadores, corre el riesgo de leerse como fórmula.

Y sin embargo. Leí este volumen entero una noche que no tenía sueño, sentada en el sofá con la luz de la cocina encendida porque no quería molestar a nadie encendiendo la del salón, y me sorprendió lo bien que sigue funcionando cuando se lee en dosis largas en vez de en el poema suelto que aparece citado en cualquier parte. Bukowski cansa si se lee poco a poco, distraídamente, porque entonces parece solo cinismo con estructura de verso. Leído del tirón, en cambio, empieza a verse el armazón: la ternura escondida detrás del desprecio, la vulnerabilidad que se disfraza de dureza porque mostrarla directamente le hubiera parecido, a él, una forma de trampa.

Pienso en mi padre otra vez, en su cajón secreto que en realidad no era tan secreto porque mi madre sabía perfectamente que estaba ahí y fingía no saberlo, como se finge tantas cosas en las familias para que todo siga funcionando. Bukowski era, para mi padre, una especie de permiso: el permiso de admitir que a veces uno prefiere el garaje a la casa, la petaca a la cena familiar, sin que eso lo convirtiera automáticamente en mal padre o mal marido, solo en alguien con un cajón propio. No sé si esa lectura es justa con el libro o solo es justa con mi padre, y probablemente da igual, porque leer poesía también es eso: encontrar el hueco exacto donde encaja tu propia vida, aunque el poema hable en teoría de otra cosa completamente distinta.

Lo que menos me interesa de esta nueva entrega es, si soy sincera, la parte más previsible del repertorio bukowskiano, esos poemas que ya hemos leído con otras palabras en media docena de libros anteriores y que aquí se repiten casi sin variación, como si la editorial hubiera decidido que el público quiere exactamente más de lo mismo y no se equivocara del todo al pensarlo. Pero incluso en esos momentos de piloto automático hay algún verso que se salva solo, una imagen que no había visto antes en él, y eso basta para justificar la lectura completa.

No sé qué habrá sido del cajón de mi padre, si sigue en el garaje de la casa de mis padres o si alguien lo vació hace tiempo sin decir nada. No he preguntado, y sospecho que prefiero no saberlo. Pero cada vez que abro un Bukowski nuevo, aunque sea uno de estos que reciclan más de lo que inventan, vuelvo un segundo a los doce años y al destornillador que nunca encontré aquella mañana.

— Gema Millán Nieto

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí