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Un derramarse de pájaros, de Antoni Tàpies Barba. Lo que no se ve desde el patio

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Lo que no se ve desde el patio

En casa de mi abuela había una jaula sin pájaro. Colgaba de un clavo en el patio, con la puertecita abierta y un cascabel dentro que sonaba cuando pasaba el aire. Nadie dijo nunca de quién había sido ni adónde se había ido el que la ocupaba. Yo, de pequeña, creía que el pájaro seguía allí y que lo que pasaba es que yo no sabía verlo.

Me acordé de la jaula con Un derramarse de pájaros, de Antoni Tàpies Barba, y no sé si por el título o por la frase de Jordi Llavina que acompaña al libro en la ficha de Pre-Textos. Dice Llavina que la poesía de Tàpies Barba suele tratar de revelar aquello que permanece oculto. Lo que no se percibe con los sentidos del cuerpo, añade la editorial al glosarlo. Una jaula sin pájaro es más o menos eso: un sitio donde hay algo que no se ve.

Voy a decir lo que sé, que es poco y es verificable. El libro es de 2026, poesía, sesenta y cuatro páginas, rústica con solapas, dieciocho euros. Lo publica Pre-Textos, que en su catálogo lo presenta con un texto breve en verso sobre renacer en los días más luminosos, sobre la luz, sobre el amor, sobre una naturaleza llena de pájaros. No consta ningún premio asociado al libro. No hay, que yo haya podido encontrar, ninguna reseña publicada de esta edición. Es probable que el autor ya tenga obra a sus espaldas, porque Llavina habla de su poesía en general y en presente, como de algo que se lleva haciendo un tiempo. Y poco más.

Lo demás son preguntas. Qué hace un poeta con una palabra tan usada como pájaros. Cómo se escribe la luz sin que se convierta en postal. Si ese derramarse del título es lo que parece, un desbordamiento, algo que se sale del recipiente, o si es más bien un gesto pequeño, el de quien vuelca sin querer un vaso y se queda mirando lo que corre por la mesa. Aunque con sesenta y cuatro páginas el recipiente no puede ser muy grande. Aunque tampoco hace falta que lo sea.

Me gusta que un libro de poemas sea corto. Me gusta que no pretenda ser una obra, que quepa en el bolsillo de un abrigo y que se pueda leer de pie en el autobús, sin sentarse. Dieciocho euros me parecen caros para lo que pesa en la mano, pero eso se dice siempre de la poesía y casi nunca se dice de otras cosas que cuestan lo mismo y duran menos. También me gusta, ya que estoy confesando, que la editorial haya escogido como presentación un poema y no un párrafo de solapa. Es una forma de decir que no hace falta explicar. Aunque yo, que no sé hacer otra cosa, explico.

Hay un riesgo evidente en todo esto. Un libro que habla de pájaros, de luz y de amor tiene que ser muy bueno o muy callado para no sonar a fórmula. No sé en cuál de las dos categorías cae este. La frase de Llavina apunta a la segunda, a la poesía que busca lo escondido, y eso es otra manera de no mostrar nada con demasiada insistencia. La poesía que revela lo oculto tiene la obligación contraria a la de la publicidad: no puede enseñar de más. Tendría que dejarte con la sensación de haber visto un bulto en la penumbra y no estar segura de si era un pájaro o la sombra de la jaula.

Hay una costumbre mía, mala, que es juzgar los libros por lo que hacen con la palabra más gastada de su título. Pájaros es una palabra gastada. Lo que importa es si el poeta la usa o si la deja posarse, si se la apropia o la espera. Con una ficha no se averigua, y no pienso fingir que sí.

Mi abuela quitó la jaula del clavo cuando vendió la casa. La metió en una bolsa de plástico con otras cosas, sin cascabel, que se perdió en la mudanza. No me acuerdo de haberle preguntado por el pájaro. Un derramarse de pájaros está en las librerías, en rústica, con solapas, con sus sesenta y cuatro páginas. No sé qué hay dentro. Sé que el título suena a algo que se va sin avisar, y que a mí, con eso, ya me han dado ganas de abrir la puerta del patio.

— Gema Millán Nieto

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