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La poesía es el nuevo punk, de Claudia Masin. Lo que queda del imperdible confiscado

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A los catorce años me compré un imperdible en una tienda de discos y me lo puse en la solapa de la chaqueta del colegio, convencida de que aquello me convertía en alguien peligroso. Duró dos días. La jefa de estudios me lo hizo quitar el martes por la mañana con un argumento que no pude rebatir entonces y que todavía me parece bastante razonable: que un imperdible en una chaqueta de uniforme no es una rebelión, es un accesorio. Yo quería ser punk y era, como mucho, una niña con ganas de que algo cambiara, cualquier cosa, aunque fuera solo la forma en que me miraban los demás en clase de matemáticas.

Me acordé de aquel imperdible leyendo La poesía es el nuevo punk, la antología que Visor publica ahora de la poeta argentina Claudia Masin, con selección y prólogo propios sobre una obra de doce libros, varias antologías y un ensayo escrito a lo largo de más de veinte años. El título es una provocación calculada, de esas que uno agradece porque no se disculpa por serlo, y funciona sobre todo porque el libro no intenta demostrarlo a base de gritar. Masin no escribe punk en el sentido más obvio del término, no hay aquí distorsión ni urgencia ruidosa; lo que hay es una tozudez parecida, una negativa constante a dejar las cosas más cómodas de lo que son.

Leer una antología es siempre un ejercicio raro, porque obliga a leer a la vez la obra y la biografía interna del que ha ido escribiendo esa obra, los cambios de tono, las obsesiones que se repiten con otro nombre en cada libro. En el caso de Masin esa obsesión repetida tiene que ver con el cuerpo, con la enfermedad, con la familia como territorio que hiere y protege al mismo tiempo, casi siempre las dos cosas en la misma frase. Hay un poema sobre una madre que aparece de maneras distintas a lo largo de los años, primero como amenaza, después como herida antigua, y al final casi como reconciliación tardía, sin que en ningún momento el tono se vuelva blando. Eso me interesa especialmente: la posibilidad de escribir sobre la reconciliación sin perder la dentellada.

Pasé una tarde entera con el libro en la cocina, algo que no suelo hacer porque normalmente leo en la cama, pero tenía la casa llena de gente y necesitaba un sitio donde no me interrumpieran, y la cocina, a media tarde, entre comida y comida, resultó ser un sitio extrañamente bueno para leer poesía sobre cuerpos que fallan y cuerpos que insisten. Hay algo doméstico también en Masin, aunque su domesticidad no tiene nada de refugio tranquilo: la casa en sus poemas es un lugar donde pasan cosas graves, no un decorado de fondo.

Lo que menos me convence de esta antología, si tengo que decir algo que no me convenza del todo, es que el orden cronológico a veces pesa más de lo necesario, y que ciertos poemas de los primeros libros funcionan casi como aprendizaje del método más que como piezas que sostengan solas su propio peso. Pero es un reproche menor frente a lo que consigue el conjunto, que es mostrar una voz consistente a lo largo de dos décadas sin que esa consistencia se vuelva repetición cansada. Masin cambia de forma sin cambiar de convicción, que es de las cosas más difíciles de lograr en cualquier trayectoria larga.

No sé si el título va a atraer o a espantar a según qué lectores, esos que esperan literalmente crestas y alfileres y se van a encontrar, en cambio, con una poesía más cercana a la introspección que al ruido. A mí, personalmente, el título me sirvió para acordarme de mi imperdible confiscado y de lo poco que entendía entonces sobre lo que de verdad significa resistirse a algo. Cuarenta años después sigo sin tenerlo del todo claro, pero sospecho, leyendo a Masin, que tiene menos que ver con la ropa que llevas puesta y más con la cantidad de veces que estás dispuesta a volver sobre la misma herida sin anestesiarte antes.

Guardo todavía, en algún cajón que no reviso casi nunca, la chaqueta de aquel uniforme sin el imperdible, porque la chaqueta sí me la dejaron conservar, solo el accesorio fue confiscado. A veces pienso que debería tirarla, que no tiene ningún sentido guardar una prenda de hace cuarenta años que ya ni me entraría, y sin embargo ahí sigue, doblada, como si esperase que algún día volviera a hacer falta un gesto pequeño de resistencia y hubiera que tenerla a mano. Leyendo a Masin he entendido, por fin, que ese impulso de guardar cosas sin sentido aparente es también una forma de poesía, la que se escribe sin palabras, solo con la terquedad de no tirar lo que ya no sirve.

— Gema Millán Nieto

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