La radiografía que se quedó en el sobre
Cuando me rompí la muñeca, a los nueve años, el médico sacó la radiografía del sobre y la puso a contraluz. Yo esperaba ver mi mano. Vi una cosa gris y limpia, sin pecas, sin la cicatriz de la rodilla, sin nada de lo que me hacía a mí. Era mi mano y no era de nadie. Me la devolvieron en el sobre y mi madre la guardó, no sé por qué, junto a las facturas de la luz.
Pienso en esa imagen desde que tengo en la mesa Viaje hacia los huesos, de Pelayo Fueyo, que Visor ha publicado en su colección de poesía, la número 1311. Son sesenta y dos páginas. Se leen rápido. Se dejan de leer enseguida, que es otra cosa.
Fueyo nació en Gijón en 1967 y se crió en Luanco, una villa del norte de Asturias, y la editorial dice de él que lleva más de una decena de poemarios dedicados al individuo, a lo que es y a lo que contradice de sí mismo. Eso es lo que sé por la solapa. Lo demás sale de la nota que presenta el libro: la infancia, el amor, la muerte, la poesía. Cuatro palabras enormes, de las que dan miedo en un poemario porque se pueden llenar de cualquier cosa. Aquí la editorial habla de símbolo, de introspección metafísica, de tono elegíaco.
Lo que me interesa es el movimiento del título. Un viaje, dice. Pero la propia presentación aclara que no es un viaje exterior: la ciudad aparece solo como lugar de paso, un escenario circunstancial, y el destino es ese hueso al que se llega desde dentro, desde lo que no se ve en ninguna radiografía. Me gusta que el libro no vaya a ninguna parte. Me gusta menos, y lo digo con cariño, la costumbre de la poesía metafísica de creer que bajar es siempre profundizar. A veces bajar es solo bajar. A veces hay que subir a por pan.
No voy a fingir que conozco cada poema de memoria. Sería mentir y además aburrido. Lo que sí puedo decir es que el libro tiene la voluntad de hacer algo con la muerte que no sea ni espantarla ni abrazarla, y eso se agradece. Hay una frase de Fueyo, que recoge la editorial, en la que dice que considera la poesía una forma de conocimiento imaginario, capaz de trascender la historia por el mito y de realzar el espíritu con la palabra bella. Me detuve en esa frase como en un escalón demasiado alto. Palabra bella. No sé si todavía se puede decir sin sonrojarse. Imagino que él lo dice sin sonrojarse, y que ahí hay una cierta valentía, o una cierta terquedad (aunque en este oficio son parientes).
La elegía tiene un problema, y es que tiene que estar triste con estilo. La gracia de los buenos poemas elegíacos es que se les nota el estilo menos que la tristeza. Dudo, y lo anoto, de que todo en un libro de tono tan sostenido consiga eso. Pero un libro de sesenta y dos páginas puede permitirse alguna página que no llegue. Para eso es corto.
Hay además una pregunta práctica que me hago con los libros muy breves: si lo que cuentan cabe en tan pocas páginas, ¿por qué cuesta tanto terminarlos? Creo que es porque en un libro corto no hay dónde esconderse. En uno largo puedes saltarte una sección sin que pase nada. Aquí cada página es la única que tienes delante, y si una no te dice nada lo notas como se nota una baldosa floja en un pasillo corto. Eso es un riesgo para el poeta y una exigencia para el lector, y creo que Fueyo, con más de diez libros a la espalda, lo sabe de sobra.
Pienso otra vez en mi madre y en el sobre. No sé qué esperaba que hiciera con aquella radiografía. Supongo que lo mismo que se hace con los poemarios: guardarlos, no tirarlos, mirarlos a contraluz de vez en cuando, cuando uno quiere comprobar qué hay debajo de lo que ve. Y quizá encontrar, como pasa con los huesos, que lo que hay debajo se parece muchísimo a todo el mundo y que es precisamente eso lo que consuela.
El libro mide doce centímetros y medio por diecinueve y medio, y cuesta doce euros. Cabe en cualquier bolsillo de abrigo, que es donde se leen las cosas que uno no quiere que vean. Está ahí. Yo, por ahora, lo he dejado junto a las facturas.
— Gema Millán Nieto








