Coser a punto de cruz lo que se va
Mi abuela tenía un costurero que había sido una lata de galletas danesas, y durante años yo creí que dentro seguía habiendo galletas. Lo abría con esa fe boba de los niños y encontraba carretes, un dedal abollado, alfileres clavados en un tomate de tela roja que perdía serrín por una costura. Cuando ella murió nadie sabía qué hacer con la lata. Tirarla parecía una crueldad; quedársela, una manera rara de no aceptar nada. Acabó en el armario de mi madre, donde sigue. Cada vez que la veo pienso que los muertos se quedan justo ahí: en los objetos que nadie se atreve a cambiar de sitio.
Me acordé de esa lata al llegar a «El cuarto de la costura», el poema que cierra La respuesta (El amor es más que la vida), de Alejandro Lama Prada. Alguien cose «A punto de cruz» y, dice el poema, «no te gusta dejar / hilo suelto». Tuve la sensación de que todo el libro estaba hecho de eso: de alguien que se niega a dejar un hilo suelto, aunque el hilo sea la muerte de su padre y no haya aguja que la remate.
Lama Prada nació en Sevilla en 1978, es licenciado en Derecho y trabaja en la administración de la Universidad de Sevilla. No llega a la escritura de nuevas: contó la aventura de Theia en Cicatrices mojadas (2021) y en Theia y sus géneros (2023), y publicó un libro autobiográfico con un título que no se olvida, Erteado y acovidado: nivelao (2022), donde ya mezclaba el cuento con la poesía. Pero esto es otra cosa. Esto es su primer poemario, y buena parte de él ocurre en una habitación de hospital, con esa luz que no es de día ni de noche.
El libro se abre con un agradecimiento breve a «nuestro ángel» y a una mariposa, y luego se reparte en tres secciones que funcionan casi como un parte de viaje: «Aproximación», «En tránsito» y «Seguimos». La mariposa aparece y desaparece por todas ellas, blanca, pequeña, sin que el libro explique del todo quién es. Me parece bien que no lo explique. Hay presencias que se estropean en cuanto les pones nombre y apellidos.
Lo que más me costó leer —y lo digo como elogio— está en la sección central. «Tu mano» empieza así: «Tu mano estaba fría / y antes de irme / su temperatura cambió». No hay más. No hace falta más. Cualquiera que haya cogido la mano de alguien en una cama articulada sabe lo que es ese cambio de temperatura, y la cuenta absurda que uno hace después. En «La risa que no escuché» el poeta hace una broma junto a la cama, «mi broma sentiste y tu risa / encogió la habitación», y unos versos más abajo aparece el detalle que ningún poema bonito se atrevería a poner: «se desfigura tu cara sin dentadura / y vuelves a reír». Ahí me tuve que levantar a por un vaso de agua. Esa dentadura que falta es lo más verdadero del libro, porque es exactamente lo que uno recuerda y lo que nadie cuenta en los funerales.
«Duelo de amor» es casi una letanía, versos cortísimos, a golpes: «Rosario cantado, / cartón de abanico», y luego «Máquinas avisan, / los médicos corren». Entre medias, repetido tres veces, «Tú sobrevolabas». El poema termina con una avioneta que vuela. No sé exactamente qué es esa avioneta y no quiero que nadie me lo diga; vuelve a sonar en «Mar de nubes», donde se oyen «las hélices / de tu motor no quieto», y con eso me basta. En ese mismo poema, que es el más largo y el más desbordado del libro, hay un momento que lo sostiene todo: la última conciencia de un hombre convertida en «dos palabras tiemblan / en las paredes de mi corazón: / Hola hijo». Dos palabras. Una de ellas es un saludo, que es lo más doméstico del mundo, lo que se dice al entrar en una cocina.
«Recuerdo» funciona como un inventario de los sentidos, y ahí Lama Prada escribe con una precisión que ya quisiera para sí mucha poesía más pulida: «El sabor de una copa / de solera compartida», la colonia por el pasillo, «el humo de tu cigarro / me acompaña a la cama». Los muertos, en este libro, huelen. Huelen a colonia, a tabaco, a leña. En «Restos de vida» el poeta dice, con una tranquilidad que desarma, «No me sorprende / que tus cenizas / huelan a mar». Y en «Maderas», de la última sección, la voz cambia de lado sin avisar y parece hablar el que se ha ido: «Ya no estoy. / Pero sigo en el olor / de la tierra seca recién mojada». Leí ese verso dos veces y luego me quedé un rato mirando por la ventana.
Ahora bien —y esto también hay que decirlo, porque si no esta reseña sería una estampita—, el libro no siempre se fía de sus imágenes. A veces encuentra una figura exacta y, justo después, la traduce. «El reflejo» construye una montaña preciosa, con ríos verdes por la melena y surcos de arena en la ladera, y la remata con «Así nosotros / sin amor», que es como enseñarte una foto y luego leerte el pie. «Fe cierta» acaba en una sentencia, «No es fe, / cuando se siente / certeza es», que suena más a conclusión que a poema. En «Seguimos» el vocabulario se va volviendo abstracto y circular —alma, esencia, infinito, eterno, amor, otra vez amor— y algunos poemas, como «Sempiterno» o «Ya no eres tiempo», se parecen demasiado entre sí, como si el libro quisiera convencerse de lo que el subtítulo ya afirma. «No hay nada más perenne / que amarnos», dice uno de ellos. Puede ser. Pero yo lo creía más cuando hablaba de la dentadura.
Aunque también, y esto me desarmó, el libro sabe cuándo bajar la voz. En «Huellas de amor» aparece una hija que explica lo que son las nubes: «Algodones de azúcar / que a los ángeles / han sobrado hoy». Y el poema, en lugar de ponerse solemne, lo deja estar y añade algo que me apunté en un papel: «Escuchar la muerte / también es vivir». En «Luna de sangre» se cuela, casi de pasada, la expresión «de cicatrices mojadas», que es el título de uno de sus libros anteriores. No sé si es un guiño o una herida que vuelve. Probablemente las dos cosas.
Hay una palabra que se repite y que tardé en ver: espalda. En el primer poema, «El sendero», la pregunta y la respuesta quedan colocadas así: «Sintiendo / mi pregunta, / a tu espalda / la respuesta». En «Desde el tacto» se pide acariciar lo que «a nuestra espalda / se mueve». Y más tarde, en «Maderas» y en «Ya no eres tiempo», las cosas ocurren «a la espalda de la muerte». Me hizo gracia, una gracia triste, que el libro coloque la respuesta justo en el único sitio del cuerpo que no podemos mirarnos sin un espejo. Para ver lo que tienes a la espalda hay que darse la vuelta, y darse la vuelta en el pasillo de un hospital es lo más difícil que existe.
El último poema vuelve al hilo, que ya había aparecido en «El hilo amarillo», y termina con un encargo: «Te confiaré un secreto, / después de morir / te voy a seguir amando», y después, solo, «Bórdalo a tu corazón». No sé si un poema puede bordarse en ningún sitio. Sé que la lata de galletas sigue en el armario de mi madre, con su tomate rojo perdiendo serrín, y que nadie ha vuelto a coser nada con ella. A lo mejor la abro esta tarde. A lo mejor no.
— Gema Millán Nieto








