Mi tío fumaba en la terraza incluso cuando ya el médico le había dicho que como mucho le quedaban un par de años si seguía así. Bajaba en pijama, se encendía el cigarro apoyado en la barandilla y se quedaba mirando el patio de luces como si allí abajo hubiera algo interesante, que no lo había, solo cubos de basura y la ropa tendida de los vecinos. Mi madre le decía que iba a matarse y él contestaba siempre lo mismo, con esa media sonrisa que ponía cuando sabía que tenía razón y no le apetecía discutir: que ya se había fumado la vida entera, que un cigarro más o menos no cambiaba nada del resultado final. Murió con setenta y pocos, más tarde de lo que el médico había pronosticado y bastante antes de lo que a nosotros nos hubiera gustado.
Pensé en mi tío nada más leer el título del libro que reúne ahora Visor con prólogo y notas de Luis Gracia Gaspar: Me he fumado la vida, la antología de Ángel Guinda, el poeta zaragozano que murió en Madrid en 2022 después de medio siglo escribiendo desde ese lugar raro que ocupaba entre los Novísimos sin ser exactamente uno de ellos, más cercano a la intemperie que a la vitrina. La frase que da título al libro la escribió Guinda más de treinta años antes de morir, y por lo visto poco antes del final dijo que aquello que había profetizado entonces —que el tiempo se lo había fumado a él igual que él se había fumado el tiempo— se había cumplido exactamente como lo había escrito. Hay algo incómodo en leer una antología que se cierra sabiendo que el poeta acertó su propia muerte con treinta años de antelación, y el libro no rehúye esa incomodidad, la sostiene.
Lo que más me sorprende de Guinda, leyéndolo de corrido en esta selección de cincuenta años de trabajo, es lo poco solemne que resulta incluso cuando habla de morirse. Hay una energía casi física en los poemas, algo que tiene más que ver con el pulso que con la reflexión, y que probablemente sea lo que lo separó siempre un poco de sus compañeros de generación: mientras otros pulían el verso hasta dejarlo frío, Guinda parece escribir con el cigarro todavía en la mano, dejando que la ceniza caiga donde caiga. No es un poeta cómodo. Tampoco es un poeta que busque la comodidad del lector, y eso, en una época en la que casi todo se escribe para no incomodar a nadie, se agradece más de lo que debería.
Leí el libro en tres tardes, fumando yo también, aunque llevo años sin hacerlo de verdad y solo me permito el cigarro simbólico de vez en cuando, ese que no cuenta porque uno se dice a sí misma que no cuenta. Con cada poema pensaba menos en mi tío y más en esa idea general que atraviesa el libro: que la vida se gasta, literalmente, como se gasta un cigarro, con una brasa que avanza sin que nadie pueda pararla del todo, y que la única decisión real que se puede tomar es cómo se fuma, no si se fuma. Luis Gracia Gaspar acompaña la antología con notas que ayudan a situar cada etapa sin caer en la erudición pesada, cosa que se agradece en un libro que necesita respirar y no ser diseccionado poema a poema.
Hay un riesgo evidente en publicar una antología así, cincuenta años reunidos, y es el de convertir al poeta en monumento antes que en voz viva. Este libro no cae del todo en esa trampa, aunque a veces roza el peligro de la reverencia. Prefiero, con todo, que se peque de reverencia a que se peque de olvido, que es lo que suele pasarle a los poetas que no encajan del todo en ninguna corriente reconocible, como fue el caso de Guinda durante buena parte de su carrera. Esta reedición llega tarde para él, claro, pero llega a tiempo para quien no lo había leído todavía.
No sé qué haría mi tío con este libro. Probablemente lo dejaría en la mesa del salón sin abrir durante meses, como hacía con casi todo lo que le regalábamos, y luego, una tarde cualquiera, lo leería entero de un tirón y no diría nada al respecto, solo se quedaría un rato más callado de lo normal en la terraza. Así queda uno después de leer a Guinda: un poco más callado, con el cigarro simbólico consumiéndose despacio, sin ninguna prisa por apagarlo.
— Gema Millán Nieto








