Lo que no se dice también pesa
En mi familia hay una frase que se usa mucho y que de pequeña me parecía una tontería: «eso no se habla». Se decía de todo: de un divorcio, de una enfermedad, de una discusión que había terminado mal en una comida de Navidad. Yo daba por hecho que «no hablarlo» significaba que no existía, que se disolvía solo por no nombrarlo. Tardé años en entender que era justo lo contrario: lo que no se habla no desaparece, se queda ahí, cambiando de sitio, ocupando espacio en los gestos de la gente aunque nadie diga una palabra sobre ello.
Con el silencio a cuestas, de Raúl Pizarro, es un título que parece escrito pensando en esa misma idea. Pizarro, nacido en Jerez de la Frontera, ya tiene detrás una trayectoria de premios —el Antonio Machado por Tiempo adverso, el Florentino Pérez Embid por Caída hacia la luz— y este nuevo poemario, publicado en la colección Calle del Aire de Renacimiento, vuelve sobre los temas que parecen perseguirle: la pérdida, la memoria, el paso del tiempo, y sobre todo eso, el silencio, tratado no como ausencia de palabra sino como un peso concreto que se carga literalmente, como una mochila.
Lo que distingue a este libro de otros poemarios sobre el duelo y la memoria —un territorio, hay que decirlo, muy transitado y con riesgo alto de sonar a repetición— es que Pizarro no convierte el silencio en un adorno melancólico. Lo trata como un material de trabajo: algo que se puede escuchar si uno se para lo suficiente, algo que tiene su propia gramática. El poeta escribe en algún momento sobre la escritura misma como una forma de conservar lo que desaparece, y esa idea, que podría sonar a tópico, se sostiene aquí porque el libro no se limita a declararla: la ejecuta poema a poema.
Hay un equilibrio que me ha interesado especialmente entre la fragilidad y la dignidad, dos palabras que aparecen mucho en las notas de prensa sobre el libro y que, para variar, no son publicidad vacía: los poemas hablan de cuerpos que fallan, de gente que se va, sin la autocompasión que tantas veces acompaña a este tipo de escritura. Hay dolor, pero no hay derrota; hay pérdida, pero el libro no se regodea en ella más de lo necesario.
La palabra que vuelve una y otra vez, de formas distintas, es «escuchar». No solo escuchar el silencio propio, sino el de los otros: Pizarro presenta la palabra como un espacio para mirar hacia dentro, sí, pero también, y esto es lo que más me ha gustado, para entender y escuchar a los demás. Es un gesto poco frecuente en la poesía del yo contemporánea, tan centrada a veces en la propia introspección que se olvida de que el silencio también es, casi siempre, un silencio compartido con alguien más.
Formalmente el libro es austero, casi seco en algunos tramos, con una puntuación que deja mucho aire entre los versos —aire que, leído en voz alta, se convierte literalmente en las pausas de las que habla el propio título. No es un libro que se lea rápido ni que quiera serlo.
Sigo sin saber si mi familia tenía razón al no hablar de las cosas, o si simplemente eligió la manera más incómoda de llevarlas. Este libro tampoco lo resuelve. Se limita, como el buen silencio, a quedarse ahí, cargado, esperando a que alguien decida qué hacer con él.
— Gema Millán Nieto








