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La otra mitad del sueño me pertenece, de Alicia Gallienne. Lo que se hace de noche cuando el cuerpo no ayuda

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Mi abuela guardaba en el cajón de la mesilla un frasco de pastillas para dormir que nunca se tomaba. Estaba al lado de un rosario y de una foto en blanco y negro de mi abuelo joven, con la boina torcida y una sonrisa que a mí siempre me pareció de mentira. Decía que las pastillas eran para cuando de verdad hiciera falta, como si el sueño fuera un privilegio que había que merecer y no algo que simplemente le correspondía a un cuerpo cansado. Yo dormía en su casa los veranos y la oía moverse por el pasillo a las tres, a las cuatro de la madrugada, con un paso raro, de quien no quiere despertar a nadie pero tampoco consigue quedarse quieta. Por la mañana decía que había dormido de un tirón. Yo nunca la desmentí, y ella nunca me preguntó por qué tenía yo también los ojos hinchados.

Pienso en mi abuela y en su frasco intacto al leer la antología de Alicia Gallienne que ahora publica Visor con traducción de Armando del Romero, La otra mitad del sueño me pertenece. Gallienne escribió estos poemas entre los dieciséis y los veinte años, en Francia, mientras luchaba contra una enfermedad de la sangre que acabaría matándola justo cuando terminaba esa edad en la que a la mayoría solo nos preocupa si nos van a dejar salir un sábado. No lo digo para dramatizar de más —bastante dramática es ya la biografía sin que yo añada nada— sino porque el libro entero está atravesado por esa vigilia obligada, por las noches de hospital en las que dormir no es un gusto que se concede sino una guerra que a veces se pierde y a veces, sin mérito propio, se gana un rato más.

Hay algo en la voz de Gallienne que no se parece al tópico de la poeta enferma que escribe contra el reloj. No hay urgencia impostada, ni ese tono de quien ya sabe que va a morir y quiere dejarlo todo bien atado antes de irse. Hay, más bien, una especie de tozudez: el deseo sigue ahí, el cuerpo sigue queriendo cosas —amor, sobre todo, un amor muy físico y muy poco metafórico, con nombres y con manos concretas— aunque el cuerpo mismo esté fallando por dentro. Leí el libro dos noches seguidas, sin poder dormir yo tampoco, aunque por razones bastante más tontas que las suyas: una discusión de esas que se repiten en la cabeza a las dos de la madrugada, agrandadas, deformadas, como todo lo que se piensa de noche y luego, a la luz del día, resulta que pesaba mucho menos.

Lo que más se me ha quedado de esta antología no son los poemas sobre la muerte, que los hay y son buenos, sino los poemas sobre la espera. Ese estado intermedio en el que no se está enferma del todo ni sana del todo, en el que el tiempo no avanza en línea recta sino que se acumula en la habitación como un mueble más, como algo que hay que sortear para llegar a la ventana. Gallienne escribe ese tiempo suspendido con una precisión que no necesita metáfora: basta con contar lo que hay en la habitación, el gotero, la ventana, la persona que no llega todavía. La traducción de Armando del Romero respeta esa sequedad, esa negativa a decorar lo que ya duele bastante sin adornos añadidos.

No sé si este libro se va a leer con la curiosidad un poco morbosa que a veces despiertan las biografías trágicas —esa que convierte a la autora en anécdota antes que en poeta, en personaje antes que en escritora— o si se va a leer, más justamente, como lo que es: la obra de alguien que escribía muy bien y que solo tuvo cuatro años para demostrarlo del todo. Sospecho que van a pasar las dos cosas a la vez, porque así funcionan estos rescates editoriales: primero llega la historia, la compasión, el titular, y luego, si hay suerte, se queda la poesía sola, sin muletas. En este caso creo que hay suerte, y que el libro aguanta perfectamente sin la biografía detrás empujando.

Mi abuela murió con el frasco de pastillas sin abrir. Yo me lo quedé, no sé muy bien por qué, y lo tuve años en un cajón propio hasta que un día, mudándome de piso, lo tiré sin pensarlo demasiado, casi sin mirarlo. A veces me arrepiento, no por las pastillas en sí sino por lo que representaban: esa idea de que el descanso hay que ganárselo, de que hay noches que no se pueden dormir aunque el cuerpo lo pida a gritos y la mañana siguiente exija disimular. Gallienne lo sabía mejor que nadie, y lo escribió sin quejarse demasiado, casi con humor cuando el humor cabía. Eso es lo que queda al cerrar el libro: no tanto la pena por lo corto que fue todo, sino la falta de queja en medio de algo tan largo como una noche que no termina.

— Gema Millán Nieto

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