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Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández. Las habitaciones que dejaron de servir

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Las habitaciones que dejaron de servir

En una casa en la que viví hace años había una habitación en la que yo no entraba. No por nada. Estaba vacía, tenía una ventana que daba a un patio y en el suelo quedaban las marcas de una cama que se habían llevado los anteriores inquilinos. Yo pasaba por delante todos los días y no entraba. Mis amigos entraban. Yo no. Cuando alguien me preguntaba por qué, decía que porque hacía frío, que era mentira pero se aceptaba bien.

Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández, es un libro sobre una mujer a la que se le van quedando inservibles todas las habitaciones de su casa. Primero el salón. Luego la cocina. Luego el dormitorio, el pasillo, el baño. «si camina hacia la cocina / la envuelves sin compasión». Lo leí por la mañana, con el café al lado, y tuve que levantarme a mitad del poema. No a hacer nada. Solo a levantarme.

El autor nació en Cuba en 1976, vive en Asturias, trabajó de traductor y de profesor de inglés y este es su primer libro. Lo publica Poesía eres tú. Todo eso lo he mirado después, como se miran estas cosas, cuando ya llevaba media hora leyendo y quería saber quién era el que estaba hablándome. No hay premios. No hay antologías. No hay nada de eso que se pone en las solapas para que el lector se sienta autorizado a tomarse el libro en serio. A mí eso siempre me predispone bien, aunque sé que no debería: haber publicado poco no garantiza nada. En este caso resultó que sí.

Y lo que hace es raro. Le habla a la ansiedad. De tú. Durante treinta y seis poemas. Le habla como se le habla a alguien que se ha metido en tu casa y se ha sentado en tu sofá y ya no se levanta: «Te instalaste en sus sentidos / como un huésped clandestino». A la mujer no le habla. De ella habla en tercera persona, y no la nombra nunca. Es su mujer. Lo sabes porque lo dice fuera de los poemas, en la dedicatoria, no dentro.

Eso me tuvo pensando un buen rato. Al principio me pareció una cobardía y luego me pareció lo contrario. Hay gente que protege nombrando y hay gente que protege callando. Él calla. Escribe cosas como «Los niveles dan normal / cuando llega a emergencia», que es la frase que oye cualquiera que haya llevado a alguien a urgencias con el corazón a doscientas y se haya vuelto a casa con un papel que dice que no pasa nada.

Hay un poema en el que la saca a caminar. Al campo, a tocar la naturaleza, a que le dé el aire. Y no funciona: «Pero la cabeza se aprieta». Ese poema es el que más me gusta de todo el libro, porque es donde él admite que no puede hacer nada. No hay muchos libros escritos desde ahí. Casi todos los libros sobre esto están escritos por el que la tiene. Este está escrito por el que está al lado, mirando, con las llaves en la mano.

También hay una madre. Aparece muy tarde y se va enseguida. No voy a decir cómo porque el modo en que aparece es todo el asunto. Solo diré que cuando pasas esa página vuelves hacia atrás sin querer, a mirar otra vez los poemas de antes, porque de pronto pesan distinto.

Me quedé pensando en eso bastante rato. En que hay una forma de contar las cosas que consiste en no contarlas hasta el final, y que no es un truco de suspense sino algo más parecido a cómo funciona la cabeza cuando algo te ha pasado de verdad: lo vas rodeando durante años y un día lo dices en tres frases y ya está dicho. Mi abuela hizo eso una vez, en una comida, con una cosa de su hermana. Lo soltó entre el segundo plato y el postre y luego siguió hablando del tiempo. Nadie preguntó nada. Este libro hace más o menos eso.

El libro mezcla dos formas de escribir que normalmente no se juntan. Unas veces son estrofas con rima, de esas que suenan a canción vieja, a décima, a algo que se aprende de oído en una casa. Otras veces es verso libre y entonces se le mete un vocabulario de hospital, de informe médico, muy seco. La mezcla no siempre me convenció. A ratos me pareció que las estrofas rimadas estaban ahí por costumbre y no por decisión, y hay finales de verso que están puestos porque hacía falta que rimara. Se nota. Es el tipo de cosa que un lector perdona y un poeta no debería.

Y hay otra cosa que me estorbó, y la digo aunque el libro me haya gustado. Explica demasiado. Llega a una imagen buenísima —llama «un divorcio incomprendido» a que la cabeza y el cuerpo dejen de hablarse, dice que en el pecho hay «una sismología íntima»— y luego, en vez de dejarla ahí, la desarrolla tres versos más. No hace falta. La imagen ya estaba hecha. Es como cuando cuentas un chiste bueno y después lo explicas.

Lo que no hace, y eso se lo agradezco, es terminar bien del todo. La última parte es la de la recuperación, ella vuelve a salir a la calle, vuelve el parque, vuelven los colores. Podría haberse quedado ahí, en el final feliz, y habría sido un libro peor. Pero escribe «Quedan dudas, quedan huecos, / quedan sombras por nombrar», y eso es verdad y todo el mundo que ha estado cerca de esto lo sabe.

No sé si este libro va a llegar a mucha gente. Probablemente no. Es un primer libro de un señor que no sale en ningún sitio, publicado por una editorial pequeña, sobre un asunto del que se habla mucho y se lee poco. Pero pienso en la gente que va a abrirlo y va a encontrar ahí su propia casa, con sus habitaciones que ya no sirven, y me parece que eso basta.

Al final del todo, fuera de los poemas, suelta una línea: «Que la luz venza siempre, incluso cuando no se ve». La leí y me acordé otra vez de aquella habitación vacía con las marcas de la cama en el suelo, y de que un día, no sé por qué, entré.

— Gema Millán Nieto

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