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La Estirpe de la Bandera Negra, de Eusebio Navarro. Un abordaje con la espalda delicada

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Un abordaje con la espalda delicada

Un conocido mío, jubilado desde hace seis años, tiene colgada encima del televisor una espada de atrezo que compró en un mercadillo. No ha cortado nada con ella jamás. Su mujer dice que es una horterada; él dice que es un recuerdo, sin aclarar nunca de qué. Pensé bastante en esa espada mientras leía La Estirpe de la Bandera Negra, y al cerrarlo descubrí que el libro había pensado en ella antes que yo, y con bastante más gracia.

Lo firma Eusebio Navarro, y lo que entrega son veintinueve poemas repartidos en cinco secciones con rótulos de carta náutica: el susurro de los mares, el filo del viento, las ardientes mareas, la sombra de la bandera negra, la mar en calma. Delante va un prólogo suyo donde se retrata con una franqueza que no me esperaba. No se presenta como un obseso de la escritura ni como alguien capaz de embellecerlo todo, sino como un hombre con «vanidad y avaricia de acumular tesoros en ese baúl», y avisa de que los poemas llegan cuando les da la gana porque «Ningún pirata encuentra tesoros con regularidad». Es un prólogo que se adelanta a sus propias objeciones, cosa que puede ser prudencia y puede ser coartada. Sospecho que es un poco las dos.

Lo mejor del libro, en todo caso, no ocurre en alta mar. Ocurre en tierra, con el pirata sentado y sin nada que abordar. El volumen arranca con una avería: «Mis manos hace mucho que no paren un sentimiento,». El poema se titula «La tinta seca» y es una carta de reproche a algo que nunca se nombra del todo —la inspiración, una mujer, el propio impulso de escribir—, con un encogimiento de hombros que ya quisieran muchos libros mejor escritos: «total, qué más da una eternidad más o menos.» Cuarenta páginas después, casi al final, hay un poema de cinco versos, «Las letras odiadas», que pone por escrito lo que casi ningún poeta se atreve a firmar: «Incluso leo mis poemas antiguos, y los odio.» Ese verso vale por media sección.

Esa veta, la del hombre que se busca y no se encuentra, es la que sostiene el volumen. El texto más largo y más extraño, «Los silencios opacos», escrito en una prosa que se desborda y se atropella, repite varias veces un estribillo —«Cuántas veces quiero hablar conmigo mismo y no me encuentro.»— y llega a una imagen que me parece la mejor de todo el libro, porque es exacta y humilde a la vez: «soy aún un dandi con chaqueta del revés, apenas un precoz aprendiz de mí mismo.» Un hombre de edad que se declara aprendiz precoz de sí mismo ha entendido algo que no se enseña.

Y luego está el pirata, que es lo que anuncia la cubierta. «Sin patente de corso» es el poema que justifica el título del libro, y lo justifica por la vía menos previsible, que es la del chiste a costa propia. Tres estrofas de fantasía de abordaje, cada una rematada con un «¡Al abordaje!» cada vez más de taberna, y entonces la caída: «Pero no nací un par de siglos antes,», «afortunadamente para mi espalda,», porque con su torpeza «sé que habría muerto fácilmente en el primer asalto.» Ahí está la espada de atrezo de mi conocido, colgada sobre el televisor y perfectamente consciente de serlo. Cuando Navarro hace eso, levantar el mito y desinflarlo él mismo, el libro respira.

El problema es que no lo hace suficientes veces. La bandera negra funciona mejor como marca que como arquitectura: de veintinueve poemas, los que de verdad traen bodegas, botines y patente de corso son tres o cuatro, y el resto son poemas de amor, de memoria y de duelo perfectamente honrados a los que se ha puesto encima un rótulo náutico que no siempre les pertenece. Uno acaba con la sensación de que las secciones se decidieron después, como quien reparte fotos sueltas en álbumes de títulos bonitos. El prólogo lo admite sin conflicto, y admitirlo tiene su elegancia, pero no deja de ser cierto.

Algo parecido ocurre con los epígrafes. Cada sección se abre con Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mistral, Sylvia Plath, Rimbaud y Yeats, los tres últimos sin traducir, y uno entiende el gesto: son las cartas de navegación del autor, sus lecturas, el linaje que reclama. Pero encabezar una sección de poemas eróticos con «Lady Lazarus» es una decisión que no sé si el poema de Plath perdona. Los epígrafes fijan una altura que los versos de debajo no siempre alcanzan, y en un libro que se defiende mucho mejor cuando se rebaja a sí mismo, esa es la única vanidad que no llega a pagar sus facturas.

Hay además un tic que se repite y que conviene decirle a un autor que sabe escribir, porque a quien no sabe no se le dice nada: la tendencia a informar al lector de que lo que está leyendo es grandioso, en vez de conseguir que lo parezca. El horizonte «en cada parpadeo se vuelve más soberbio, majestuoso.»; lo que se busca «va más allá de la mirada, y es soberbio.»; una mañana de tormenta es «único, solemne, casi sagrado.». Tres adjetivos en superlativo hacen menos trabajo que un buen sustantivo, y este libro tiene sustantivos excelentes. «Propósito de año viejo» cae en la versión extrema del mismo vicio: una lista de participios encadenados, un inventario que suena a maquinaria y que solo se salva en la línea final, cuando por fin aparece alguien a quien hablarle.

El reparo más incómodo es «La dama desnuda». Es un poema construido sobre una mujer a la que se ordena desnudarse, a la que se le recuerda que ha sido «de muchos más» y a la que se sustituye sin drama, y solo en el verso final se nos aclara que la dama era la musa: «aún puedo pagar por otra maldita musa.» El truco es viejísimo y, sobre todo, llega tarde. Durante casi todo el poema el lector ha estado leyendo otra cosa, y la revelación no la corrige: la envuelve. Un libro que en otras páginas mira a las mujeres con una ternura bastante poco frecuente no necesitaba esa demostración de oficio.

Porque la ternura es lo que queda. Queda «Arquitectura de la ausencia», una enumeración de cosas perdidas que sí funciona, porque va de lo grande a lo pequeño y termina donde terminan de verdad las ausencias: «ese libro que nunca firmé,», «esas rimas que nunca escribiré,», «ese inconfundible aroma a café.» Queda «Café con ella», donde la muerte es una señora puntual a la que hay que recibir con ropa propia y no con un traje prestado, y a la que el autor le dice sin ninguna solemnidad: «aunque aún no te he visto la cara, siento tu presencia,». Y queda un verso suelto, en «El camino», que es lo más parecido a una divisa que tiene el volumen: «El polvo aún no ha pronunciado mi nombre entero.»

No es un libro parejo ni pretende serlo; el prólogo lo avisa y el índice lo confirma. Es un cofre, con lo que eso implica: monedas buenas mezcladas con quincalla, y el dueño mirándolas todas con el mismo cariño injusto. A mí lo que me convenció no fue el abordaje. Fue el hombre que reconoce que no habría aguantado ni el primer asalto y que aun así se compra la espada, la cuelga en el salón y escribe veintinueve veces por qué.

— Gema Millán Nieto

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