Lo que todavía quieren las manos
Mi abuela guardaba una lata azul de crema en el cajón de la mesilla y se la ponía todas las noches, antes de apagar la luz, con una seriedad que yo de niña atribuía a la medicina. Se frotaba los nudillos uno por uno. Tenía las manos llenas de bultos, como raíces que se hubieran salido de la tierra, y yo daba por hecho que esas manos servían para pelar patatas y para darme pellizcos en la mejilla. No se me ocurrió nunca que pudieran querer otra cosa. Tampoco se lo pregunté. Hay preguntas que una no hace porque le parece que la respuesta no existe.
Me acordé de esa lata leyendo «La memoria de la piel», uno de los poemas de Con tres heridas, el libro que Loli G. García publica en Ediciones Rilke con prólogo de Ángela Serna. Unas manos viejas se acercan a otra piel, y el poema las mira sin ninguna piedad y con toda la ternura: «y con las yemas ya casi borradas / rozan la piel». Las yemas borradas. Las huellas dactilares que se van gastando de tanto fregar, de tanto vivir, y que al final ya casi no identifican a nadie. Y sin embargo tocan. La otra persona responde con rubor, como una chica a la que acaban de pillar en falta, y el poema dice que después de tantos años «pervive la urgencia de entonces». Pensé en mi abuela. Luego preferí no pensar.
El libro se ordena en tres heridas que vienen de un poema de Miguel Hernández: la del amor, la de la muerte y la de la vida. Cincuenta y un poemas repartidos en esas tres secciones y un epílogo breve. Cada parte lleva su cita de Hernández delante, como quien deja las llaves en el recibidor. Pero a mí la que me atrapó fue la primera, la del amor, y dentro de ella no tanto el amor como el deseo, que no es exactamente lo mismo aunque a veces comparten piso.
Porque aquí se desea sin pedir permiso. «El Cuaderno» arranca con unos dedos que teclean sin urgencia y enseguida se pone a enumerar lugares de un cuerpo donde quedarse a vivir: las cimas, los valles, el ombligo para abrigarse del frío. Y de repente esto: «Quiero sentarme al atardecer / en la oquedad de tu axila». La axila. Nadie escribe poemas a la axila. La axila huele, suda, es el sitio del cuerpo que escondemos en las fotos. La voz del poema se sienta ahí como quien se sienta en un banco del parque a ver caer la tarde, se emborracha del olor y se olvida de que existe. Después, casi como una firma, los dedos escriben «sobre el cuaderno de tu piel», y el círculo se cierra con menos sorpresa pero sin trampa.
En «Espuma de mar» hay lenguas que surgen desde el centro, oleadas, jadeos, y el poema se organiza con unos versos sueltos —sin prisa, sin pausa, inexorable— que marcan el compás. «Saciada de ti» va más lejos y más raro: una boca que se sacia de unos pétalos blancos y de unos granos que hieren los labios, un sacrificio sagrado, un ara. No sé muy bien qué se está comiendo ahí, si una fruta, una flor o un cuerpo, y sospecho que el poema tampoco quiere que lo sepa. Me gusta esa confusión entre lo que se come y lo que se ama.
«Digo piel» funciona como una letanía. Cada estrofa empieza igual, y la primera es la que se queda: «Digo piel cuando quiero decir patria». Esa frase me parece enorme, y no por grandilocuente sino por lo contrario: porque saca la patria de los himnos y de los desfiles y la mete en un sitio donde se puede nacer y morir en un instante, que es la cama. No conozco una bandera más pequeña ni más honesta.
Lo que más me interesa de esta sección, sin embargo, es la edad de los cuerpos. El deseo aquí no es cosa de veinteañeros. En «No dejes de buscar» una voz le pide al otro que siga explorando, y lo resume en un verso casi doméstico: «No dejes que me acorche». Acorcharse es lo que le pasa a la madera, a la fruta olvidada en el frutero, a la boca cuando el dentista te pone la anestesia. Y está «Solo una vez más», donde alguien pide amar por última vez a quien es a la vez compañero, amigo y amante, romperle la coraza de olvido. El poema deja el hueco y una lo rellena con lo que tenga más a mano, que casi siempre es miedo. Me conmueve que un libro de poesía se atreva a decir que los cuerpos gastados siguen queriendo lo mismo que querían, y que lo diga sin chiste y sin pedir disculpas.
Aunque no todo me funciona igual. Cuando el libro mira el cuerpo de cerca, acierta; cuando levanta la vista al cielo, a veces se le escapa. En «Espuma de mar» las caricias convierten la ansiedad en «polvo de estrellas», y en «Me gustaría regalarte» el primer regalo es una estrella del cielo: imágenes que ya venían puestas de casa y que pesan poco al lado de una axila o de unas yemas borradas. «El baile» también me deja a medias. El vaivén de los cuerpos que se pegan y se despegan está muy bien hecho, pero el cierre se siente obligado a explicar que lo que buscaban era ser uno en dos por un instante, cuando eso ya lo habíamos visto bajo las mantas. Es un libro que a ratos no se fía del todo de sus propias imágenes. Aunque, cuando se fía, se nota.
Y luego está «Hicimos el amor», que cierra la sección y que me dejó rara un día entero. Va dedicado a las personas que arrastró la dana de Valencia. Una pareja hace el amor un domingo y el éxtasis no llega, porque hay una pena asomada a los ojos que lo atropella. Y entonces el poema hace algo que no me esperaba: mete la riada dentro del sexo. «En cada envite una oleada de agua marrón / fluía dentro de mí / y me llevaba, / como a ellas, calle abajo». El deseo, que durante quince poemas había sido refugio, fiesta y patria, no sirve ya para salvarse de nada. El agua marrón entra por donde entraba el placer. Lo fácil habría sido escribir un poema solemne de duelo; la autora, en cambio, pone la catástrofe en el sitio más íntimo que tiene y deja que lo estropee. No hay consuelo al final. Solo la calle, hacia abajo.
Después vienen las otras dos heridas. La de la muerte, con poemas sobre el polvo que vamos dejando en las sábanas y sobre los coetáneos que empiezan a irse, dialoga con Antonio Gamoneda, y ahí a veces se nota demasiado el libro que se está leyendo al lado. La de la vida gira en torno a los partos, las crías, la leche, y también al cuerpo que enferma y se rehace. El prólogo recuerda dos libros anteriores, Como mariposas muertas y De Natura, y el grupo Las Milyuna. El epílogo recoge tres poemas que miran hacia fuera —un pino que crece sobre un hombre desaparecido, una mujer refugiada que recuerda su casa—, dos de ellos con la distinción anotada al pie: una mención de honor en un certamen de Roma y un primer premio en Santander. Son otra cosa. Parecen la puerta de otro libro.
Pero yo me quedo con la piel. Con esa idea, que el libro repite de muchas maneras, de que el cuerpo guarda memoria de lo que ha tocado y de que esa memoria no caduca aunque se borren las huellas de los dedos. Esta noche, antes de apagar la luz, me he puesto crema en las manos. Me he mirado las yemas un rato, a ver cuánto les queda.
— Gema Millán Nieto








